Por Leandro Cuellar

“La conquista cultural precede a la conquista política.”
Antonio Gramsci
“La libertad no es simplemente un privilegio particular; es la condición esencial de toda moralidad.”
Ludwig von Mises


La historia comienza con un miembro de la STASI (Pablo Rago) que opera para Alemania Oriental y contrata a la cuidadora Emma para su temible madre.

La obra de contextualiza en la Alemania stalinista frente a la capitalista. El estalinista del personaje de Rago contrata a una mujer que cuide de su madre castradora. Ella actúa fuera de escena como el ruido que uno puede escuchar que emerge de sótano. Pudiera ser una voz del mismísimo inconsciente; es decir, de aquel sótano que guardamos dentro.

Más aún si pensamos en aquella madre castradora freudiana, no estaríamos en lo incorrecto. No precisa presentarse no ser un personaje del elenco; sabemos que el rol que ocupa no pertenece más que a la psiqué.

Acá hay un eco fuerte en Hitchcock y Psycho. Norman Bates no se disfraza de su madre; es una continuidad traumática que el cine hitchcockiano representa visualmente. Eso prueba que tanto el cine como el teatro intentan visibilizar lo invisible. Es tarea del espectador y la espectadora crear sentido.
¿Por qué hoy en Argentina se presenta una obra que configura un dispositivo de comprensión de dinámicas de inteligencia del nazismo? ¿Qué correspondencia o no tendría hoy con nuestro presente? Al fin y al cabo, el espectador es argentino.

Emma (Fernanda Metilli) también es una infiltrada. Lo hace para escapar con su tonto marido. La idea de libertad de Emma se reitera en varias oportunidades en relación a la Alemania Occidental: “¡Somos libres!”. En el caso de Goodbye Lenin esto aparece. Una suerte de esperanza frente a lo novedoso y acabar con un régimen tradicionalista sin capacidad de integrar nuevos mercados.

A diferencia de las películas mencionadas, Berlín Berlín de Corina Fiorillo y presentada ayer en estreno con gran repercusión mediática y famosos e invitados; el autoritarismo aparece cargado fuertemente. ¿El humor oculta o construye ideología?

Se desea subrayar la gran actuación de Fernanda Metilli. Por momentos recuerda a Paulette Goddard, la actriz que acompaña a Charles Chaplin en Modern Times. Una actriz argentina que entiende de gestualidades.
Por supuesto que es incorrecto pensar que el teatro es neutral.
Por ende, la grieta no es alemana. La división no es la Alemania Oriental y la Alemania Occidental. Está cerca.

La obra usa el sarcasmo para mostrar la propaganda de la Alemania Oriental. El estalinista del personaje de Rago dice como puede haber gente que quiere abandonar este “paraíso democrático”.

Ya Austin lo decía. Se hace cosas con palabras. Aún así siempre y cuando se adapten al contexto. El hablante acá pierde legitimidad y el público es cómplice. Si yo pronuncio “los declaro marido y mujer” en un cine, no tiene la frase el valor que tendría si la pronunciara un cura en una iglesia.
El discurso del personaje de Rago se desacredita sarcásticamente con el espectador y la espectadora.

Por momentos, se suman situaciones disparatadas que hace que la narrativa pueda dispersarse. Aún así él humor de esas escenas lo compensan. Es interesante como los actores argentinos imitan alemanes. Por supuesto se utilizan palabras alemanas estereotipadas con argentinismos. La mezcolanza no genera ruido al ser una obra de comedia.

Está claro que el humor permite jugar en lo político sin inconveniente moral. Ya lo sabía Molière.

El final es interesante: el capitalismo permite felicidad, el homosexual no se oculta en fachadas. Ahora puede ser afeminado, alocado, gritón y maricon con más soltura.

No hay análisis que interese más que la siguiente máxima:
El teatro argentino está más vivo que nunca.


Leandro Cuellar
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