Por Mäuss

Max Weber decía que “toda dominación busca perpetuarse generando legitimidad en las mentes y corazones de los dominados”. Eso es exactamente lo que pasó en la Argentina: décadas de un Estado convertido en botín político, armado para sostener militantes rentados, cargos a dedo, curros, cajas y organismos que nadie necesitaba pero que servían para mantener poder.

Hoy, la sociedad pide otra cosa. Quiere recortar de raíz el gasto inútil, eliminar privilegios y derribar la cultura parasitaria de la vieja política. La motosierra no es un capricho de Javier Milei: es el símbolo de una cirugía mayor para sacar la metástasis de un Estado enfermo. Como dijo Ludwig von Mises, “no se puede evitar el colapso de un sistema que gasta más de lo que produce; la única opción es elegir si la crisis será ahora o será catastrófica después”.

Pero aquí está la gran contradicción: el mismo argentino que exige cambio se escandaliza cuando la tijera toca presupuestos que, aunque suenen nobles (hospitales, jubilaciones, universidades), fueron inflados o manipulados para romper el equilibrio fiscal. Queremos modernidad, pero sin soltar los beneficios heredados, incluso cuando esos beneficios se sostienen con deuda y emisión. Es, como decía Zygmunt Bauman, “el deseo de tener la seguridad del pasado y la libertad del futuro, al mismo tiempo”.

El peronismo y la izquierda gritan como nunca. No porque les duelan los pobres, sino porque les duele perder el control del relato y las cajas que lo sostienen. Vivieron de administrar la pobreza, de crear dependientes, de convencer a la gente de que sin ellos no hay dignidad posible. Hoy, ese modelo está siendo desmantelado. Y como decía Friedrich Hayek, “el mayor peligro para la libertad es creer que alguien puede dirigir tu vida mejor que vos mismo”.

La motosierra no es destrucción: es reconstrucción. Es quitarle a la política lo que nunca le debió pertenecer. Es el símbolo de un cambio de época en el que dejamos de ser súbditos para ser ciudadanos. El ajuste no es un fin, es un medio: el puente que nos lleva de la Argentina del privilegio a la Argentina productiva.

Y acá está el punto final: no hay medias tintas. O seguimos sosteniendo un Estado elefantiásico que reparte lo que no tiene, o asumimos la madurez de vivir con lo que producimos. La vieja política quiere que el miedo nos paralice. El cambio real exige que entendamos que no hay justicia social posible si no hay primero justicia fiscal.

La motosierra es solo el comienzo. Lo que viene después es más grande: la libertad.