Por Araceli Durantini
El espectáculo que se vive en el Congreso es una muestra obscena de la decadencia kirchnerista: diputados que deberían representar a la Nación levantan las banderas de Palestina, exhibiendo con orgullo una causa extranjera mientras son responsables del vaciamiento y saqueo que sufrió la Argentina durante sus años de gobierno.
No hay gesto más hipócrita que ver a supuestos “progresistas” defendiendo a rajatabla un sistema político y cultural que choca de frente con las banderas que dicen enarbolar en casa:
Aborto: En Palestina, el aborto está prohibido en la mayoría de los casos. El kirchnerismo en Argentina lo impulsó como “derecho fundamental”, pero ahora milita por una causa que criminaliza a las mujeres que lo practican.
Homosexualidad: En gran parte de los territorios palestinos, la homosexualidad no solo es condenada socialmente, sino perseguida legalmente, con castigos que pueden incluir prisión o violencia física. Sin embargo, los mismos kirchneristas que aquí marchan con la bandera del orgullo, allá callarían ante la represión.
Liberación de la mujer: Mientras en Argentina el discurso kirchnerista habla de “feminismo popular” y “empoderamiento”, en Palestina rigen leyes y costumbres profundamente machistas que limitan derechos básicos de las mujeres en matrimonio, herencia y vida pública.
Libertad religiosa: El peronismo histórico respetaba la diversidad religiosa bajo el marco del Estado soberano; en cambio, el sistema palestino está atravesado por normas islámicas que condicionan la vida civil y política.
El kirchnerismo, heredero degradado del peronismo, alimentó durante años las llamadas “luchas sociales” del aborto, el feminismo y la diversidad de género, no por convicción, sino porque entendieron que eran una herramienta para atraer a los desvalidos a sus filas. Pero mientras tejían ese negocio político, se olvidaron de los trabajadores, los productores y los empresarios que mantenían viva la economía y que hicieron de la Argentina una potencia en el pasado.
Convirtieron lo que alguna vez fue un movimiento de unidad nacional en un refugio para minorías ruidosas que nada aportan al crecimiento real del país. Bajo la bandera de “defender a los desfavorecidos”, dilapidaron millones en ministerios que nunca sirvieron para nada, que jamás solucionaron la vida de nadie y que solo beneficiaron a un pequeño grupo de revoltosos que se cansaron de pintar la Catedral y destrozar el espacio público mientras cobraban sueldos del Estado.
Para colmo, muchos de los funcionarios que se llenan la boca defendiendo la ideología de género o el aborto no viven ni piensan así en su intimidad. Venden un personaje público para la tribuna, pero en privado se comportan con valores opuestos. Los seguidores del kirchnerismo compran ese paquete sin cuestionar, creyendo que votan a defensores de las minorías, cuando en realidad la única minoría que estos políticos defienden con uñas y dientes es la que llevan en su propio bolsillo.
En lugar de levantar banderas extranjeras, esos supuestos defensores de la “soberanía nacional” deberían haber trabajado para que la pobreza no creciera, para que el desfinanciamiento del Estado no existiera y para que las empresas argentinas dejaran de ser ahogadas por la burocracia y los impuestos excesivos. La coherencia de sus relatos es incompatible con la nueva Argentina que queremos: un país que crezca a partir del trabajo, que libere a su producción de las cadenas del estatismo y que deje de regalarle el esfuerzo del pueblo a una casta política que vive de privilegios.
El verdadero peronismo defendía la soberanía y el trabajo. El verdadero nacionalismo cuida a su gente, protege a quienes producen y premia al que se esfuerza. El resto es relato para incautos. Y ya es hora de que la Argentina vuelva a poner la bandera celeste y blanca en el mástil más alto, sin pedir permiso a nadie y sin inclinarse ante causas que no son las nuestras. Porque un país no se levanta agitando pancartas ajenas, se levanta trabajando, produciendo y defendiendo lo que es suyo.


