Por Julián Ignacio Muntané
Cómo la sucesión en Irán puede redefinir la geopolítica energética hasta 2035

Las revoluciones suelen proclamarse como rupturas absolutas con el pasado. Sin embargo, con el paso del tiempo muchas terminan restaurando —bajo nuevas formas— aquello que prometieron abolir. Justamente, “revolución” es “dar la vuelta” o sea, volver al punto de partida.
La posible sucesión de Ali Khamenei por su hijo Mojtaba Khamenei sugiere precisamente ese retorno de la historia. La República Islámica nació en 1979 proclamando el fin de la monarquía persa; pero medio siglo después, el poder parece volver a transmitirse por la vía más antigua de la política: la herencia.
El análisis reciente de Akbar Ganji (gran referente en los asuntos relacionados con Irán) sostiene que la elección de Mojtaba emergió menos de un proceso doctrinal que de una lógica de supervivencia del régimen tras la muerte del líder supremo y el golpe sufrido por parte de la élite militar y clerical durante la guerra. Ante un sistema golpeado, la continuidad se buscó en el símbolo más evidente: el linaje. La revolución que había reemplazado la legitimidad dinástica por la autoridad religiosa del jurista terminó recurriendo a un mecanismo que recuerda más a la monarquía que al “ideal revolucionario”.
Si esta dinámica se consolida, la República Islámica podría evolucionar hacia una forma peculiar de monarquía revolucionaria: un régimen que conserva la retórica antiimperial, la legitimidad religiosa y la narrativa de resistencia, pero cuya continuidad política descansa en una alianza entre familia, aparato militar y aparato ideológico. En ese sistema, la autoridad clerical pierde centralidad frente al peso creciente de la Guardia Revolucionaria, la institución que en la práctica se ha convertido en el verdadero pilar del poder iraní.
Desde la perspectiva institucional (acá les comparto un enfoque particularmente cercano a la tradición austríaca de análisis) este cambio implica una alteración profunda en los incentivos del régimen. Cuando la legitimidad del liderazgo depende de la autoridad religiosa, el sistema tiende a reproducir jerarquías doctrinales. Pero cuando el poder se transmite por linaje, el nuevo gobernante necesita reforzar su autoridad a través de la fuerza y unificación del control del aparato coercitivo.
Impacto en el petróleo y energía
Las implicancias de este giro se proyectan directamente sobre el sistema energético global. Irán se ubica en el corazón de uno de los puntos neurálgicos de la economía mundial: El Estrecho de Ormuz, el corredor marítimo por el que transita aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de petróleo. Ningún otro cuello de botella energético concentra un volumen comparable de hidrocarburos.
En consecuencia, cualquier transformación en la naturaleza del régimen iraní tiene efectos inmediatos sobre los mercados energéticos. Un Irán estructurado como monarquía revolucionaria probablemente no se incline hacia la conciliación estratégica con Occidente. Por el contrario, la lógica de supervivencia de un régimen dinástico en un entorno hostil puede empujar hacia una política exterior más asertiva. Incluso sin cerrar el estrecho de Ormuz, bastan amenazas creíbles, ataques limitados o tensiones regionales para introducir una prima geopolítica persistente en el precio del petróleo.
La economía del petróleo ha demostrado repetidamente que los precios no responden solo a la oferta y la demanda física, sino también a las percepciones de riesgo. Un régimen iraní más personalista, más militarizado y más dependiente de la narrativa de resistencia podría transformar la volatilidad energética en una característica estructural del mercado durante la próxima década.
Como podemos ver en el siguiente gráfico, con la cotización del precio del petróleo hora a hora

Evolución del precio del barril WTI. Fuente: Finviz. Elaboración propia
Este fenómeno se produce, además, en un momento en que la energía verde avanza, pero no reemplaza la centralidad de los hidrocarburos, es decir, proceso de adición energética y no transición. Aunque la electrificación crece y las energías renovables expanden su participación en la matriz global, el sistema industrial continúa dependiendo de petróleo y gas para transporte, petroquímica y seguridad energética. En ese contexto, el Golfo Pérsico sigue siendo uno de los epicentros del poder económico mundial.
Para los mercados financieros, el resultado es claro: la geopolítica vuelve a convertirse en una variable dominante en la formación de precios energéticos. Cuando el petróleo se vuelve incierto, los activos vinculados a recursos naturales, seguridad energética e infraestructura estratégica adquieren mayor relevancia. La volatilidad geopolítica, lejos de ser un fenómeno episódico, pasa a formar parte del cálculo estructural de los inversores.
La paradoja final es que la revolución iraní, que había nacido para destruir la lógica dinástica del poder, podría terminar reintroduciéndola en el corazón mismo de la geopolítica del siglo XXI. Si esa transición se consolida, el mundo podría enfrentarse a un escenario en el que una dinastía revolucionaria asentada sobre uno de los principales nodos energéticos del planeta se convierta en una fuente permanente de riesgo estratégico.
En política internacional, como en economía, la historia rara vez avanza en línea recta. A veces describe círculos inesperados. Y en el caso de Irán, ese círculo podría estar cerrándose justo en el punto donde se cruzan tres fuerzas decisivas del orden global: poder político, energía y legitimidad histórica.


