Por Julián I. Muntané

Estamos en un punto de inflexión y desinfección geopolítica.
No es una guerra aislada ni una operación quirúrgica en el extranjero. Es más bien, un despliegue de poder estratégico que altera la estructura del sistema internacional.

Hace apenas semanas, vimos lo que parecía imposible: la captura de Nicolás Maduro por fuerzas de Donald Trump. Una operación relámpago, ejecutada el 3 de enero de 2026, denominada Operation Absolute Resolve, que no solo sacó de escena al dictador que había dominado Venezuela durante casi una década, sino que también marcó una ruptura histórica en la política hemisférica.

Maduro fue llevado a los Estados Unidos, acusado de narco-terrorismo y conspiración para inundar los mercados globales con cocaína. Su caída fue una declaración de guerra al poder transnacional de los grandes narcos latinoamericanos, que durante años habían convertido la política en un brazo del crimen organizado y la geografía en su mercado.

La captura de Maduro desarticuló vínculos estratégicos entre gobiernos, carteles y milicias, debilitando redes que conectaban Sudamérica con rutas de tráfico global y con estados tolerantes.

Pero si esto fue disruptivo en el Caribe, lo que acaba de ocurrir en Irán cambia el tablero mundial.

El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron una operación conjunta sin precedentes contra la República Islámica de Irán, conocida en los cuarteles como Operation Epic Fury. Ataques masivos a instalaciones militares y nucleares, con más de 500 objetivos alcanzados, destruyendo barcos navales, bases y nodos estratégicos. Y, sobre todo, con la muerte del líder supremo iraní, Ali Khamenei, confirmado tras los bombardeos.

¿Por qué es esto más que un titular bélico?

Porque Irán no es un país como otro cualquiera. Desde 1979, su régimen ha sido el eje de una red de influencia que abarca el Líbano, Siria, Irak, Yemen y milicias en todo el Oriente Medio. Hoy, el régimen está en su punto más débil desde ese año.

Sus estrategias, desde la financiación de Hezbollah hasta armas para los hutíes, lo convirtieron en la columna vertebral de lo que Irán definía como “resistencia”.

La respuesta iraní fue inmediata: misiles y drones contra bases aliadas y territorios aliados en el Golfo; ataques a infraestructuras energéticas; represalias en Irak, Kuwait, Emiratos y Bahréin.

La región del ‘Estrecho de Ormuz’ es clave para el 30 % del petróleo mundial, y ahora entró en alarma. La zona por donde pasa casi todo el petróleo que mueve la economía global, fue afectada. Por eso, el precio del petróleo (WTI) subió más de 10% durante la noche del domingo.  

Tras matar al guía supremo, tras diezmar la cúpula, tras bombardear decenas de ciudades iraníes, no hay un plan claro para qué viene después. En Teherán, una dirección colectiva temporal intenta mantener la estructura del Estado.

Esto es el corazón de lo que analistas llaman la nueva forma de hacer la guerra:
No es la Doctrina Powell (que se basaba en un objetivo claro, fuerza abrumadora, salida definida) sino una guerra definida por ambigüedad, flexibilidad y sorpresa.

El ejemplo más característico de una invasión “powelliana” sería la invasión estadounidense a Panamá en 1989. A diferencia de esto, hoy se ataca mientras se negocia. Se bombardea mientras las negociaciones están en curso.
Se deja al adversario sin su máximo líder… sin saber qué estructura política surgirá después.

Y así llegamos a la pregunta que nos hacemos todos ¿Qué viene después?

En Irán, hay tres grandes posibilidades operativas que están circulando entre estrategas estadounidenses:

  1. Presión militar sostenida hasta rendición parcial y negociación,
  2. Rendición y transición con líderes interinos apoyados por potencias occidentales,
  3. Colapso del régimen y vacío de poder que precipite una guerra civil o dominación por milicias más extremistas.

Y todas tienen un impacto directo en los mercados globales.

Mientras tanto, en América Latina, la caída de Maduro deja un hueco donde antes operaban federaciones enteras de crimen y política corrupta: los carteles ahora verán redefinidas sus rutas y relaciones. La presión sobre Colombia, México y Centroamérica se intensificará. Y si bien no hay soluciones mágicas, lo que fue arrancado de raíz trae la oportunidad de reconfigurar mercados energéticos y de seguridad de forma más estable.

Conclusión

Estamos viviendo un momento definitorio:

  • el final de un poder autoritario en América del Sur,
  • el colapso de un régimen teocrático
  • y la reconfiguración de toda una arquitectura de seguridad global.