Por Bautista Müller Williman
En los últimos días se ha escuchado al gobernador de La Rioja, el afamado Ricardo Quintela, referirse al gobierno de Javier Milei en términos claramente negativos, haciendo alusión a cuestiones tales como que el mismo no debería llegar a cumplir su período completo y que es necesario sacarlo, inclusive si ello llegara a requerir pérdida de vidas. Evidentemente, para quienes han seguido los dichos de la oposición desde el inicio del gobierno, tales afirmaciones no resultan sorprendentes. No obstante, considero que recalcarlas, por más repetitivo que pueda parecer, es útil para dejar en evidencia lo reaccionario de quienes se jactan de defender al pueblo.
Los dichos fueron enunciados por el gobernador en Radio 10, durante el ciclo radial Mañana Sylvestre. Textualmente, Quintela afirmó: “Este gobierno no puede llegar hasta el 10 de diciembre de 2027; si llegamos así, llegamos con un país totalmente destruido, entregado”. Además, agregó: “En el año 2001 tomamos decisiones y avanzamos en la reconstrucción de un país que estaba destruido, con el ‘que se vayan todos’. Sí, tuvimos 39 compañeros muertos, es cierto, 39 compañeros muertos, ciudadanos argentinos muertos, es cierto, es cierto, pero hay sacrificios que valen la pena, porque si no vamos a tener un genocidio social enorme, como lo estamos teniendo”. Estos enunciados trajeron consigo una denuncia del fiscal federal Carlos Stornelli contra el mandatario riojano por incitación a la violencia.
A partir de esta situación, quienes discutieron el tema en redes sociales se dividieron entre aquellos que escudaron los dichos del gobernador, inclusive arengando por posturas radicales, y quienes cuestionaron tales palabras, tachándolas de reaccionarias. Sin embargo, la situación demuestra algo más profundo: el autoritarismo latente de quienes defienden la democracia en sus discursos.
Desde 1983, tanto radicales como peronistas y otras ramas del colectivismo izquierdista se han jactado de ser abanderados del gobierno del pueblo y de las masas. Sin embargo, al primer momento en que sus intereses no son respaldados, se ubican en las primeras filas para sabotear, atacar o amenazar a quien se encuentre sentado en el sillón de Rivadavia. Esto ya le sucedió a Mauricio Macri durante sus años de presidencia, quien, a pesar de mantener un rumbo moderado en sus decisiones económicas, se vio duramente presionado por los grupos adversarios a su espacio, cediendo finalmente ante tales agravios y modificando el rumbo económico el 18 de diciembre de 2017.
Milei, por su parte, ha optado por el shock y un rumbo más directo en su accionar, cuestión que resulta beneficiosa en términos económicos dada la situación argentina y la evidencia empírica, donde los planes de shock superan en resultados a los gradualismos. No obstante, los beneficios no son visibles para quienes se niegan a reconocerlos, por lo cual era lógico que los agravios contra el presidente no solo existieran, sino que fueran aún mayores. A esto debe sumarse que, a los ataques provenientes del PJ, se agregan los de sectores radicales que, bajo el escudo del afamado “padre de la democracia”, lo denominan dictador.
Tales declaraciones y sucesos demuestran que la oposición no cuestiona únicamente resultados o planes, sino que ataca a todo aquel que no sea su aliado. Cabe aclarar que tal situación no debe ser repudiada solo por quienes la ejecutan en este caso, pues, si LLA o cualquier otro miembro del espectro político incurriera en un comportamiento similar, correspondería denunciarlo del mismo modo. Lo repudiable es la naturaleza del acto, no su ejecutor.
La democracia posee una enorme virtud, así como un gran vicio. La primera se corresponde con la posibilidad de una rápida y pacífica reestructuración del rumbo en caso de existir malos resultados. El segundo radica en la apertura a la aparición de partidos o movimientos de ideas indeseables, tanto en términos objetivos como subjetivos, y la consiguiente discusión que tal situación acarrea.
Afortunadamente, en una sociedad educada es la virtud la que permite eclipsar al vicio. No obstante, en un entorno como el argentino, donde el fanatismo es moneda corriente y el pensamiento ajeno es negado por quien no lo comparte, tal situación se vuelve difícil en el corto plazo. Esto no implica que el sistema sea negativo en comparación con otros regímenes, pero sí que existen quienes parecen considerar que la posibilidad de variación habilita el golpismo como una característica de una democracia participativa y de una sociedad políticamente activa.
Quintela es un simple ejemplo de esta situación. No es la excepción, sino un caso que ilustra una regla más amplia. La población de nuestro país debe no solo educarse e informarse, sino también comprender que vive en un sistema regido por reglas e instituciones. Estas, por más que nos disgusten, deben cumplirse estrictamente y modificarse únicamente por la vía legal. Si violamos este principio básico, abriremos la puerta al despotismo, la tiranía, la injusticia o incluso al terrorismo de Estado. Quienes argumentan en favor de golpes bajo la premisa de un bien mayor deben recordar que esa misma justificación fue esgrimida por quienes los llevaron adelante en la Argentina del siglo XX y por movimientos autoritarios en otras latitudes. Si con terquedad se mantienen tales ideas y estas eventualmente triunfan, no deberían sorprenderse por las consecuencias finales de las mismas.


