Por Mäuss
Visionario, gestor excepcional, polemista incómodo, diplomático cultural, liberal coherente hasta el final. Darío Lopérfido fue todo eso y más. Este artículo no busca simplemente repasar su trayectoria, sino rendirle homenaje. Homenaje a su inteligencia, a su coraje intelectual, a su capacidad de conectar a la Argentina con el mundo y, sobre todo, a su decisión de sostener la libertad como principio rector aun cuando el precio fuera alto.
El 27 de febrero de 2026 murió en Madrid, a los 61 años, tras enfrentar una esclerosis lateral amiotrófica que avanzó con crueldad pero nunca logró doblegar su claridad ni su carácter. Con su partida, la Argentina perdió a uno de los gestores culturales más importantes de su historia democrática y, sin exagerar, al mejor secretario de Cultura que tuvo el país en las últimas décadas.
La historia cultural argentina deberá hacer justicia con su figura. Nunca la conducción cultural combinó con tanta decisión apertura internacional, modernización institucional, criterio profesional y valentía intelectual.
Su paso por el Centro Cultural Ricardo Rojas marcó una renovación estética decisiva en los años noventa. Impulsó luego el BAFICI, consolidándolo como plataforma internacional del cine independiente argentino. Más tarde dirigió el Festival Internacional de Buenos Aires, posicionando a la ciudad como un polo de vanguardia teatral respetado por programadores y artistas de todo el mundo.
No fue un artista en el sentido tradicional. Fue algo más estratégico y menos visible, un constructor de puentes. Supo insertar a la Argentina en los principales circuitos culturales internacionales, especialmente en España y Alemania. Trabajó como consultor del Grupo PRISA, propietario del diario El País, lo que le permitió tejer vínculos en la elite cultural europea. Fue además Representante Especial para la Promoción de la Cultura Argentina en Alemania, reflejando su rol como verdadero embajador cultural.
Su gestión al frente del Teatro Colón sintetiza su impronta. Modernizó el teatro, amplió su alcance, profesionalizó áreas sensibles y reforzó su perfil internacional. Trajo figuras de primer nivel, incorporó tecnología y defendió la excelencia sin concesiones. No administró la cultura como botín político ni como herramienta de propaganda. La entendió como patrimonio vivo que debía dialogar con el presente y competir en el mundo.
Pero su grandeza no radicó solo en la gestión, sino en su coherencia. En un país donde la cultura fue durante décadas territorio hegemonizado por una sola mirada, se animó a discutir relatos instalados. Lo hizo con argumentos y con convicción liberal, entendiendo que el debate histórico no puede clausurarse por decreto moral.
Esa decisión tuvo consecuencias. No fue despedido formalmente por Propuesta Republicana, espacio al que pertenecía, sino que presentó su renuncia en medio de fuertes presiones. El PRO de entonces priorizaba una estrategia de consenso y moderación. Sostenerlo implicaba dar una batalla cultural que no estaba dispuesto a asumir. Se eligió la prudencia táctica. Lopérfido eligió la coherencia.
Con el tiempo, el escenario político cambió y dirigentes como Javier Milei encararon de manera más frontal esa disputa cultural. Lopérfido había anticipado esa discusión cuando todavía resultaba incómoda incluso dentro de su propio espacio.
Su liberalismo no fue retórico. En sus últimos años, ya en España, defendió la autonomía individual incluso frente al dolor extremo que le imponía la enfermedad. Para él la libertad era indivisible.
Hoy, cuando la Argentina discute con mayor claridad la batalla cultural y el peso de los relatos oficiales, su figura adquiere otra dimensión. Entendió antes que muchos que la cultura es el corazón del poder simbólico y que si la libertad no se defiende allí, se termina perdiendo en todas partes.
Este artículo es, entonces, un reconocimiento. A su gestión, a su visión internacional, a su valentía intelectual y a su coherencia personal. Darío Lopérfido no pidió permiso para pensar ni para decir lo que pensaba. En un país habituado al cálculo y a la especulación, esa integridad es, quizás, su mayor legado.


