Por Julián Ignacio Muntané

En tiempos de carnaval, es menester analizar cómo el impulso erótico empuja al hombre a crear, producir y acumular riqueza.
La palabra “erótico” viene del Dios griego “eros”, asociado a la sensualidad, seducción y deseo. Justamente, en la época de Carnaval, predominan los deseos carnales y las pasiones. Al mismo tiempo, podemos decir que la economía no se mueve sólo por necesidades básicas ni maximización de beneficios sino por deseo, por reconocimiento, por seducción, por estatus. El erotismo termina siendo una de esas energías productivas que empuja a los hombres a salir del estado de quietud y lanzarse a la acción.
De alguna forma, se podría decir que los denominados viejos verdes terminan moviendo los engranajes de la economía a través de la compra de joyas, ropa, gastos en restaurantes y hoteles con el objeto de alcanzar un cénit sexual y mostrarle al mundo con quién están emparejados. Al mismo tiempo, en muchos jóvenes, el deseo erótico impulsa a que hagan carrera, tengan trayectoria y avancen en la escalera del progreso para poder entablar relaciones con personas que representen esos deseos. Digamoslo así: A ser una especie de Jay Gatsby moderno.

El hombre acumula porque quiere ser visto, porque quiere ser elegido, porque quiere dejar de ser uno más. Por eso creo que el capital es, antes que nada, una forma de seducción diferida. El problema, es cuando se pierde el centro y eje propio por otra persona, y terminás tirando tu vida por la borda.
En esos casos, corresponde ser inteligente y atarse al mástil para resistir al canto de las sirenas. Lo que jamás debe negociarse, es la autonomía emocional y el rumbo propio que te lleva al camino de la luz.
Jay Gatsby no amontonó riqueza por amor a los números, sino por una mujer. El dinero fue el lenguaje que creyó necesario para volver a ser deseable. Las mansiones, autos, y las fiestas no llenaron un vacío sino todo lo contrario, fue un tendido para intentar conseguir el cumplimiento del deseo de conquistar a Daisy.
En este caso, la base por la cual construimos nuestra riqueza no tiene que ser para conquistar a otra persona o cierto grupo de personas, sino más bien, para el cumplimiento de un fin y de una causa noble, que esté alineada a nuestro propósito de vida.
El erotismo es una energía productiva. Empuja a trabajar más, a arriesgar más, a consumir y crear más. Allí donde el deseo se apaga, la economía se estanca. Allí donde arde, florecen los mercados. Pero cuidado, porque los deseos insatisfechos y los desamores, terminan traduciéndose en depresión psíquica, ergo económica.
Por eso, como economista sugiero que aprendan a mirar las cosas y evaluar a las personas como buen inversor; si yo invierto dinero y esfuerzo en algo, me tiene que generar un retorno, sino es pésimo negocio. Lo mismo en las amistades y en el amor. Sin retorno, el resultado es negativo; con retorno y “VAN” positivo, el resultado es dichoso y provechoso.
Tal vez el error de la macro moderna sea ignorar que, detrás de cada decisión económica relevante, hay una pulsión que no entra en los modelos… pero mueve el mundo.


