Por Mäuss
Hay un tipo de periodismo que convierte cualquier intento de orden en una historia de terror moral. Donde alguien habla de números aparecen fantasmas. Donde alguien menciona eficiencia surge la palabra crueldad. Y donde se propone terminar con el desorden estructural se invoca la épica del sufrimiento administrado. Así funciona cierta narrativa que no describe la realidad sino que la dramatiza para que nada cambie.
La discusión sobre el presupuesto municipal de Concordia fue presentada como si se tratara de una pulseada entre un intendente frío y una ciudadanía indefensa. Pero esa lectura no es ingenua. Es interesada. Porque detrás del enojo no hay preocupación social sino nostalgia por un Estado municipal convertido durante años en agencia de empleo político incapaz de resolver los problemas básicos de la ciudad.
Gobernar no es escribir manifiestos sensibles. Gobernar es decidir prioridades. Y cuando una ciudad arrastra décadas de atraso calles destruidas barrios sin servicios y una estructura estatal hipertrofiada la prioridad no puede ser sostener lo que no funciona. La prioridad tiene que ser cambiarlo.
El presupuesto no es un poema. Es una herramienta. Y lo que plantea la actual gestión es algo elemental pero incómodo para muchos cada peso que no se diluye en burocracia improductiva puede convertirse en obra servicios y presencia real del Estado donde hace falta. Eso no es crueldad. Es responsabilidad.
Durante años Concordia tuvo un Estado municipal grande pero ineficaz. Un municipio que crecía en cantidad de empleados pero no en calidad de servicios. Calles rotas cloacas ausentes barrios anegados luminarias deficientes. Nadie hablaba de crueldad cuando el presupuesto se consumía en sostener una estructura que no devolvía soluciones. La crueldad aparece recién ahora cuando se empieza a hacer lo que nunca se hizo.
Uno de los datos más distorsionados es el del empleo municipal. Al inicio de la gestión actual la Municipalidad de Concordia tenía alrededor de 3100 empleados entre personal de planta y contratados con y sin aportes. Hoy ese número se redujo a 2385. Y el objetivo declarado es llegar a 2000.
Dicho en términos claros un empleado municipal cada cien habitantes. El uno por ciento de la población total. Un número razonable incluso prudente para cualquier administración moderna. Lo que se hizo no fue un ajuste salvaje sino una corrección. Una poda necesaria de un árbol que llevaba años creciendo torcido.
Durante décadas se naturalizó que el municipio absorbiera contratos vínculos precarios y nombramientos sin planificación ni evaluación de impacto. Eso no era sensibilidad social. Era desidia administrativa. Pan para hoy miseria para mañana. Cada peso destinado a sostener esa estructura era un peso menos para obras servicios e infraestructura básica.
Hoy con menos empleados el municipio invierte más. Y eso es lo que verdaderamente molesta.
Por primera vez en la historia de Concordia se destina un porcentaje significativo del presupuesto a inversión real. Obras con fondos propios. Asfalto cordón cuneta agua cloacas alumbrado. Calles donde antes había barro barrios que durante años solo aparecían en campaña ahora entran en la planificación. Eso no encaja en el discurso de quienes necesitan un Estado grande pero inútil un Estado que gaste pero no transforme.
La acusación recurrente es que hablar de eficiencia equivale a despreciar derechos. Pero el mayor desprecio a los derechos es un Estado que promete y no cumple que recauda y no devuelve que emplea pero no resuelve. De qué derecho hablamos cuando una familia no tiene agua potable cuando una calle es intransitable o cuando un barrio queda aislado cada vez que llueve.
La gestión municipal decidió invertir fuerte en infraestructura con recursos propios priorizando obras concretas. Eso implica ordenar gastos revisar contratos achicar estructuras innecesarias y terminar con la lógica del municipio como refugio de militancia permanente. No es un ajuste ideológico. Es una corrección de rumbo después de años de desorden.
Reducir contratos irregulares no es atacar al trabajador. Es terminar con un sistema que precarizó a miles en nombre de una falsa inclusión. Porque el empleo público sin función clara no dignifica. Anestesia. Y cuando el Estado se convierte en el principal generador de trabajos sin productividad bloquea el desarrollo genuino.
También se repite la idea de que gobernar con números es gobernar sin humanidad. Falso. Gobernar sin números es gobernar con cinismo. No hay nada más inhumano que un Estado quebrado que promete lo que no puede cumplir y administra la pobreza como si fuera un logro.
Resulta llamativo que quienes durante décadas convivieron sin escándalo con una pobreza estructural ahora descubran la sensibilidad social justo cuando se intenta ordenar el Estado. La pobreza no empezó con esta gestión. La desigualdad no nació con este presupuesto. Lo que sí empezó ahora es el intento de romper con la lógica del parche eterno.
A nivel nacional ocurre lo mismo. El gobierno de Javier Milei puso sobre la mesa una verdad incómoda no hay derechos sin trabajo formal no hay inclusión con informalidad no hay progreso con déficit crónico. Defender el equilibrio fiscal la baja de impuestos y la modernización del Estado no es una obsesión ideológica. Es una condición mínima para salir del estancamiento.
Se habla de crueldad como método para evitar hablar de corrupción como sistema de clientelismo como práctica y de improvisación como norma. Porque el verdadero miedo no es a la eficiencia sino a perder el control de un Estado que durante años fue usado como caja refugio y herramienta política.
La eficiencia no es una ideología importada ni una moda libertaria. Es una condición mínima para que el Estado funcione. Y si eso incomoda a quienes construyeron poder desde el desorden no es un problema del intendente ni del presupuesto. Es el síntoma de un modelo agotado.
Concordia no necesita más épica declamada ni más relatos lastimeros. Necesita calles servicios obras y reglas claras. Necesita un Estado que deje de mirarse el ombligo y empiece a mirar el territorio. Eso es lo que se está intentando hacer.
La eficiencia no es crueldad.
La crueldad fue acostumbrar a una ciudad a vivir mal y llamarlo justicia social.
Y eso por más columnas indignadas que se escriban ya no alcanza para frenar el cambio.


