Por Mäuss

Gustavo Cerati fue un acto de alquimia contemporánea. No trabajó con metales ni con símbolos antiguos, trabajó con electricidad, deseo y lenguaje sonoro. Tomó la ansiedad de la ciudad moderna, su velocidad y su fragmentación emocional, y la hizo pasar por un proceso de transmutación. Donde había ruido dejó vibración. Donde había tensión dejó sensibilidad despierta.

No cantaba para agradar ni para representar una generación. Cantaba para provocar un desplazamiento interior. Cada canción operaba como un gesto psicomágico, una escena sonora capaz de mover algo que estaba fijo en el oyente. No explicaba lo que sentía porque entendía que la explicación tranquiliza al ego pero no transforma. Prefería abrir estados, crear climas donde la mente se afloja y el cuerpo empieza a escuchar.

Sabía que la música es una forma de hipnosis sutil. No de control, sino de apertura. Bajaba las defensas del pensamiento racional y permitía que la emoción circulara sin censura. Por eso sus letras no son discursos, son puertas. Uno entra sin saber exactamente a dónde va y sale distinto. Más permeable. Menos rígido.

En su obra el amor no es una promesa ni un refugio. Es una fuerza que desarma. Amar es perder la forma conocida, exponerse a otra frecuencia, aceptar el riesgo de dejar de ser el mismo. No hay amor sin mutación ni encuentro sin la posibilidad de transformarse. Eso lo comprendió con claridad y lo convirtió en música.

La tecnología fue su herramienta sagrada. Usó máquinas como otros usaron tambores rituales. Cables, pedales y sintetizadores como extensiones de su sensibilidad, siempre al servicio de una búsqueda interior. Hizo del sonido un cuerpo vivo capaz de afectar la conciencia.

Su recorrido no fue lineal porque la vida no lo es. Cambió porque escuchaba. Mutó porque estaba atento a lo que se movía dentro. Permanecer igual habría sido una forma elegante de morir.

Su obra no se apagó con su cuerpo. Pertenece a un campo sensible que sigue activo. Escucharlo hoy no es entender más, es sentir mejor. Una frecuencia disponible que todavía nos afina por dentro.