Guillermo Michel desembarcó en Concordia para hacer lo que mejor sabe hacer el peronismo cuando huele reformas: reunirse con militantes propios, cerrar la puerta, bajar la persiana y advertir que cualquier cambio es una catástrofe inminente. Esta vez, el enemigo fue la reforma laboral. El escenario, la sede del Partido Justicialista. El público kirchnerista, convencido de antemano. El resultado, previsible.

Michel habló de precarización, de conflictividad y de que la reforma “no va a generar un solo puesto de trabajo”. Una afirmación fuerte, dicha con tono grave, como si viniera de alguien que hubiera logrado, en los últimos quince años, crear empleo formal en la Argentina. Spoiler: no ocurrió. Pero en el universo peronista, la realidad es un detalle menor frente a la épica del micrófono.

El diputado explicó que el problema del país no son las reglas laborales arcaicas, ni la informalidad obscena, ni el sistema que empuja a millones a trabajar sin derechos. El problema, según este razonamiento, es intentar cambiar algo. Porque nada genera más tranquilidad que un mercado laboral donde la mitad de los trabajadores está en negro y los sindicatos funcionan como aduanas medievales.

El encuentro tuvo algo de ritual terapéutico. Michel habló, los militantes asentían, todos coincidían en que el modelo actual es malo pero cualquier alternativa es peor. Una especie de círculo de autoayuda política donde se repite el mantra histórico del peronismo: si funciona mal, no lo toques; si no funciona, menos todavía.

También hubo tiempo para criticar a la gestión municipal de Concordia por la baja de contratos. Michel habló de decisiones “políticas”, como si durante años esos contratos hubieran sido fruto de concursos transparentes y no de la lógica clásica del empleo como herramienta de militancia. El peronismo indignado porque alguien dejó de usar el Estado como bolsa de trabajo es un clásico que nunca envejece.

Lo interesante es que Michel alertó sobre el aumento de la conflictividad laboral. Lo dijo sin ironía, representando a un espacio que construyó poder precisamente a través del conflicto permanente, el paro como lenguaje y la amenaza como método de negociación. Que ahora se preocupen por la paz social suena casi entrañable.

La reforma laboral, en la visión de Michel, no da derechos. Curioso, porque hoy hay millones de argentinos sin vacaciones, sin aguinaldo, sin cobertura médica y sin futuro previsional. Pero para el peronismo clásico, esos trabajadores no existen. No votan en asambleas, no cortan calles y no llenan actos. Son daños colaterales de un sistema que se dice protector mientras los deja afuera.

En Concordia, una de las ciudades más pobres del país tras décadas de gobiernos peronistas, Michel vino a advertir sobre los peligros del cambio. No sobre los peligros del estancamiento. No sobre el fracaso de un modelo que convirtió la pobreza en paisaje. No sobre el sindicalismo convertido en estructura de poder antes que en defensa del trabajador.

La escena fue clara: el peronismo hablando de trabajo sin hablar de empleo, hablando de derechos sin hablar de informalidad, hablando de justicia social sin hacerse cargo del desastre que dejó. Todo envuelto en un discurso solemne, como si repetirlo muchas veces pudiera borrar la evidencia.

Michel se fue dejando tranquilidad en su tribu. Afuera, mientras tanto, hay millones de argentinos que ya entendieron algo simple: el modelo que defienden los que se oponen a la reforma es el mismo que los dejó sin trabajo formal. Y esa cuenta, por más relato que le pongan, ya no cierra.