Por Mäuss
Hay gestiones que hablan de la gente y otras que empiezan a aparecer en la vida cotidiana sin necesidad de discurso épico. En Concordia, el gobierno de Francisco Azcué eligió ese segundo camino y lo hizo por una vía que durante años fue casi tabú en la política local ordenar el Estado para que la plata deje de evaporarse y empiece a transformarse en obras.
Cuando desde el municipio se habla de un Estado más eficiente no se trata de una consigna tecnocrática ni de una abstracción liberal para especialistas. Se habla de algo bastante más concreto barro que deja de ser barro, calles que dejan de ser intransitables, agua potable donde antes había promesas y cloacas donde durante décadas hubo abandono. Infraestructura básica, de esa que no da likes pero cambia la vida diaria.
La decisión de fondo es política y cultural. En una ciudad acostumbrada a que el presupuesto municipal funcione como una caja de contención partidaria, la actual gestión puso el foco en invertir. No en sostener estructuras. No en multiplicar contratos. No en administrar la pobreza. Invertir. En 2026, el municipio destinará el 20 por ciento de su presupuesto a obras con fondos propios. Sin épica prestada. Sin cheques ajenos. Sin relatos inflados.
El dato no es menor. Habla de un cambio de prioridades que rompe con décadas de inercia. Y va más allá. El objetivo declarado es avanzar progresivamente hasta alcanzar el 35 por ciento del presupuesto destinado a inversión, un estándar que no pertenece al folklore local sino a ciudades que lograron salir del estancamiento gracias a una regla simple gastar menos en política y más en infraestructura.
Ese es el nervio del proyecto. Un municipio ordenado que deja de pensarse como un fin en sí mismo y vuelve a cumplir su función básica mejorar la vida de los vecinos. No con anuncios grandilocuentes sino con hechos medibles. Servicios básicos que llegan. Barrios que se integran. Obras que quedan.
El contraste con el pasado es inevitable. Durante años se naturalizó que Concordia fuera una ciudad pobre administrada por un Estado caro, ineficiente y opaco. Mucho gasto. Poca inversión. Mucho discurso. Pocos resultados. Ese modelo agotó no solo las cuentas públicas sino también la paciencia social.
La gestión de Azcué propone otra lógica. No promete soluciones mágicas ni salvaciones instantáneas. Propone algo más incómodo para la vieja política responsabilidad fiscal, planificación y una idea que incomoda a quienes vivieron del desorden que cada peso mal gastado es una obra que no se hace.
En tiempos donde la palabra ajuste se usa para asustar y la palabra inversión se vacía de contenido, Concordia empieza a mostrar que ordenar no es quitar sino redirigir. Que eficiencia no es frialdad sino sentido común. Y que un Estado municipal puede dejar de ser un problema para empezar a ser una herramienta.
Tal vez por eso el ruido. Tal vez por eso la resistencia. Porque cuando el presupuesto empieza a verse en la calle, el relato empieza a perder fuerza. Y en Concordia, por primera vez en mucho tiempo, el cambio no se declama se construye.


