Concordia amaneció otra vez tomada no por trabajadores defendiendo derechos reales sino por una estructura sindical que hace décadas funciona como fuerza de ocupación interna. Camiones municipales bloqueados de madrugada, empleados presionados para no trabajar, amenazas veladas y explícitas, asambleas eternas usadas como herramienta de disciplinamiento y una narrativa de victimización que ya no convence a casi nadie fuera del microclima gremial.

El relato que intentan instalar los jefes sindicales habla de despidos, persecución y aprietes. La escena real es otra. Lo que se vio en el Corralón Municipal fue a dirigentes sindicales decidiendo quién trabaja y quién no, quién puede salir a cumplir su tarea y quién debe quedarse quieto para engrosar una foto que simule fuerza. Una postal vieja, gastada, conocida. La misma que durante años convirtió al municipio en un feudo y a los empleados en rehenes.

Desde el lunes los vehículos del parque automotor municipal no salen a la calle porque un grupo reducido decidió que la ciudad no funcione. No porque falten choferes capacitados ni porque el servicio sea imposible de prestar, sino porque la lógica sindical necesita mostrar músculo aunque el cuerpo social ya esté cansado de cargarlo. Mientras tanto, ambulancias y servicios esenciales siguen funcionando, demostrando que cuando hay voluntad el trabajo se hace y cuando hay apriete el trabajo se frena.

Los jefes gremiales hablan de adhesión total pero la realidad se filtra por las grietas. Hay áreas que siguen trabajando. Hay empleados que decidieron no sumarse a la medida. Hay sectores que entienden que defender el trabajo no es bloquear la ciudad sino sostenerla. Eso explica el enojo interno contra los recolectores que siguieron saliendo. En el manual sindical, el que trabaja es un traidor.

El discurso de los gremios intenta presentar al Ejecutivo como un villano que manda a la Policía de madrugada. La realidad es bastante más simple y más incómoda para ellos. El municipio intentó garantizar que los bienes públicos sigan cumpliendo su función. Los camiones no son propiedad del sindicato. Son de los vecinos. Y los vecinos no votaron para que una minoría organizada decida cuándo se levanta la basura y cuándo no.

La narrativa del hostigamiento también se cae sola. Funcionarios presentes, policías actuando sin violencia, actas firmadas, cámaras funcionando. Todo lo contrario al caos que describen los comunicados sindicales. Lo que sí aparece con claridad es el mecanismo de siempre presión interna, miedo al descuento, amenaza de aislamiento, advertencias a quienes se animan a romper la fila.

La acusación contra cooperativas y trabajadores suplentes es otro clásico del repertorio. Cuando el Estado intenta seguir funcionando, el sindicato grita ilegalidad. Cuando el Estado se paraliza, el sindicato grita abandono. Nunca hay una solución posible si no es volver al sistema anterior contratos eternos, empleo como moneda política y dirigentes gremiales decidiendo más que cualquier funcionario electo.

En redes sociales, donde ya no manda el aparato sino el termómetro social, el respaldo a estas medidas es mínimo. La gente no aplaude los bloqueos. No defiende que una ciudad pobre quede aún más paralizada. No compra el discurso de quienes callaron durante años mientras Concordia se convertía en la capital nacional de la pobreza. Durante décadas de gestión peronista y sindicalizada no hubo paros por la miseria estructural, ni asambleas por la falta de inversión privada, ni camiones bloqueados por la expulsión de jóvenes al desempleo. Ahí no dijeron nada.

El peronismo sindical murió políticamente aunque todavía patalee. Ya no enamora, no convoca y no representa. Solo aprieta. Y cuando el apriete deja de funcionar aparece la violencia simbólica y real, el encierro, el castigo al que piensa distinto. Como toda secta en retirada, redobla el control sobre los suyos.

Lo que está en juego no es solo una discusión administrativa. Es el fin de un modelo. El de la miseria como sistema. El de la ignorancia como herramienta de poder. El de empleados usados como escudo humano por dirigentes que no barren calles, no levantan bolsas y no rinden cuentas.

La nueva era no es perfecta ni indolora, pero va en una dirección clara trabajo, orden y Estado al servicio del vecino y no del gremio. Por eso el conflicto es tan feroz. Porque cuando se termina el negocio, la mafia grita. Y esta vez, por primera vez en mucho tiempo, la ciudad ya no les cree.