La largada del Maratón de Reyes en Concordia dejó algo más que atletas en movimiento. Un cruce público entre el intendente Francisco Azcué y la concejal justicialista Claudia Villalba condensó en pocos minutos el choque entre una gestión que intenta ordenar el municipio y un peronismo local que reacciona con escándalo cada vez que se le corta la canilla del empleo político.

En medio de la polémica por la baja de contratos municipales, el intendente respondió sin rodeos a una escena montada para las cámaras y volvió a poner en discusión el verdadero origen del desastre financiero de la ciudad.

Lo que se vivió en Concordia durante la largada del tradicional Maratón de Reyes fue una postal perfecta del clima político actual. Un evento deportivo popular, familias, corredores, vecinos y de fondo una escena de tensión protagonizada por la concejal kirchnerista y crestista Claudia Villalba y el intendente Francisco Azcué, en el marco del conflicto generado por la caída de contratos municipales heredados de la gestión anterior.

El tema venía cargando tensión desde hacía días. No era un secreto que la discusión por los contratos iba a intentar colarse en cada acto público. Y así ocurrió. Un grupo de manifestantes se hizo presente en la zona de largada y debió ser retirado por la Policía para que la competencia pudiera desarrollarse con normalidad. El primer mensaje fue claro el espacio público no es propiedad de ninguna facción política.

El momento de mayor tensión llegó minutos después. Cuando Azcué se retiraba por avenida San Lorenzo junto a su equipo rumbo al Corsódromo fue interceptado por Villalba y personas de su entorno. La escena fue registrada por celulares desde el inicio con una clara intención de exposición y provocación. Incluso se escuchó a una de las acompañantes anunciar que iban a filmar la situación, dejando en evidencia que el objetivo no era el diálogo sino el espectáculo.

En ese contexto el intendente pidió que no lo tocaran mientras intentaba continuar su recorrido. La concejal argumentó que quería solicitar una reunión por personas que habían quedado fuera del esquema de contratos. La respuesta de Azcué fue directa y sin maquillaje político. Señaló que el problema no era la decisión actual sino lo ocurrido en 2023 cuando se incorporaron cerca de 900 personas mediante actas administrativas, vaciando de recursos al municipio y comprometiendo cualquier posibilidad de obra y gestión futura.

El intercambio subió de tono cuando Villalba negó esas cifras y acusó a la actual administración de ineficiencia, incluso mencionando supuestos fondos disponibles en dólares mientras se avanzaba en la baja de contratos. La discusión escaló para transformarse luego en forcejeos con personas del entorno del intendente.

Particularmente, en el video grabado por la propia edil y trasmitido en vivo por Facebook se puede ver como agredió fisicamente a una trabajadora de seguridad. Pese a eso Villalba vociferaba con absoluto descaro que recurriría a la Justicia alegando violencia de género.

Más allá del ruido, el episodio dejó varias cosas claras. Primero, que el peronismo local sigue apostando a la victimización y al conflicto como método de supervivencia política. Segundo, que la actual gestión no está dispuesta a seguir naturalizando un modelo de municipio convertido en agencia de empleo partidario. Y tercero, que cuando se corta el circuito del privilegio aparecen los gritos, las cámaras y las denuncias.

Azcué no esquivó el conflicto ni se escondió detrás de comunicados tibios. Dio la cara, habló con dureza y puso nombre y apellido a los responsables del desorden estructural del Estado local. El peronismo en Concordia, en la provincia y en el país. El mismo que durante años infló planteles, dilapidó recursos y construyó una ciudad dependiente, pobre y sin futuro, mientras vendía relato y culpaba siempre a otro.

Hay algo más profundo en esta escena. Cada vez que se intenta ordenar, educar y poner límites aparece una reacción casi automática de sectores que necesitan mantener a la gente cautiva de la mentira. Ex funcionarios peronistas, concejales peronistas y operadores que se presentan como defensores de los débiles mientras los usan como rehenes políticos. Una fábrica de pobres que primero rompe las piernas y después vende las muletas con los impuestos de todos.

Ese mecanismo perverso genera ciudadanos enojados, desconfiados y a la defensiva. Como un perro golpeado durante años que termina mordiendo a cualquiera, incluso a quien intenta sacarlo del pozo. Eso no es conciencia social, es síndrome de Estocolmo político. Y romperlo implica bancarse el costo del conflicto.

La escena del Maratón de Reyes no fue un exabrupto aislado. Fue una radiografía. De un lado, una gestión que intenta recuperar el sentido común y el orden básico del Estado. Del otro, un peronismo que sin caja, sin contratos y sin relato entra en pánico y recurre al escrache.

La batalla no es solo administrativa. Es cultural. Y se da en la calle, a la vista de todos.

Hay, además, una ironía que no pasa desapercibida. Claudia Villalba suele erigirse como abanderada de los derechos de la mujer y defensora entusiasta de la llamada Casa de la Mujer, un dispositivo que durante años funcionó más como consigna y caja política que como solución real para quienes la necesitan. Sin embargo, en la advertencia escena del Maratón terminó envuelta en un forcejeo con una mujer trabajadora del entorno del intendente. No una funcionaria profesional del conflicto, no una militante rentada, sino una mujer que trabaja. El contraste es brutal. Mientras algunos hablan de género desde el atril y el sueldo asegurado, otros ponen el cuerpo. Defender derechos no es gritar consignas ni victimizarse frente a una cámara. Mucho menos usar causas nobles como escudo político mientras se vive de cobrar todos los meses sin haber gestionado jamás una solución concreta. La hipocresía también deja marcas. Y esta vez quedó expuesta, a plena luz del día, delante de toda la ciudad.