Por Joaquín Lenzina
Durante décadas el peronismo construyó en Concordia un modelo de dominación basado en la ignorancia la dependencia y el miedo. El empleo público fue la herramienta. El trabajador vulnerable el rehén. Hoy cuando ese sistema empieza a romperse gritan persecución los mismos que lo diseñaron.
No se trata de despidos ni de un ajuste contra el trabajador. Se trata de desarmar una fábrica de pobres que operó en el país en la provincia y en Concordia. Una estructura política que primero rompe las piernas y después vende muletas con la plata del propio ciudadano exigiendo gratitud y obediencia.
Muchos de los contratados cuyos vínculos no fueron renovados son víctimas de un sistema que durante años los mantuvo en la ignorancia funcional. No es una metáfora ni una exageración moral. Es literal. Personas vulnerables al punto de no saber escribir un mensaje que se entienda en WhatsApp sin noción alguna de qué es un contrato qué implica qué derechos otorga y cuáles no.
Firmaban sin leer porque así funcionó siempre. La renovación era automática. Pasaban por liquidaciones, entraban a una oficina, no se sentaban, no preguntaban, no les explicaban nada. Les señalaban dónde firmar y salían. Año tras año. Ese fue el método. Ese fue el sistema. Ese fue el peronismo gobernando.
Hay también acomodados vivos. Avivados profesionales del Estado que saben perfectamente qué firmaron y por qué hoy no se les renueva. Esos entienden el juego, lo jugaron y ahora lloran porque se terminó. Pero no son todos.
Quienes barren la ciudad, hacen pozos, cortan ramas, limpian baños y trabajan con el cuerpo todos los días, son en su enorme mayoría, ajenos a la verdad jurídica y política de la situación que viven. No porque sean tontos sino porque el sistema los quiso así. Ignorantes, dependientes, callados. Rehenes.
Los secretarios generales de los gremios, inflados de poder, asado, falopa y cinismo justifican las cuotas que cobran sacándolos a la calle a pedir explicaciones que ellos ya conocen. Saben perfectamente lo que significa un contrato rescindido. Saben que no hay sorpresa. Saben que no hay ilegalidad. Y aun así los empujan al conflicto porque viven de eso. El peronismo siempre necesitó intermediarios para no ensuciarse las manos.
Incluso cabe dudar de que muchos delegados sindicales comprendan del todo lo que defienden. La mayoría son personas en la misma situación de vulnerabilidad que el resto, con la diferencia de que les alcanzó la cabeza para meterse en el gremio y así trabajar menos, ganar un poco más y acumular licencias justificadas. No son líderes. Son engranajes de una maquinaria vieja y oxidada.
Pero los verdaderos hijos de puta son otros. Son los universitarios que usan a esta gente como carne de cañón político. Ex funcionarios peronistas, concejales peronistas, abogados peronistas, operadores del peronismo. Personas con formación académica que mienten con cálculo y frialdad. Que le dicen a trabajadores ignorantes de las leyes argentinas y de la burocracia estatal que sus derechos están siendo vulnerados, que merecen respuestas, que son víctimas de persecución.
Mienten con liviandad criminal. Siembran falsas esperanzas y prolongan la esclavitud que ellos mismos construyeron durante años. No los defienden. Los necesitan así. Dependientes, confundidos, asustados.
También están los funcionarios mediocres, con una cuota mínima de poder, que hablan de persecución política mientras persiguen a otros empleados en los pasillos del Concejo Deliberante. Inventan, difaman, operan. Son mentirosos, manipuladores y maltratadores. Se aprovecharon desde el primer día de un sistema municipal sin controles reales.
Cajonearon pases a planta. Contrataron y dejaron de renovar según simpatías personales. Convirtieron al empleo público en un sistema carcelario donde el preso agradece el plato de comida. Mantuvieron a Concordia sin inversión privada y obligaron a quien quería poner comida en su mesa a militar campañas por un plan social, un monotributo trucho o un contrato basura.
Hipócritas, ladrones, violentos. Se guardaron ropa, mercadería, materiales de construcción y hasta terrenos. Levantaron la bandera de la justicia social mientras la única contención real fue para sus propios bolsillos. Bolsillos que nunca recibieron un peso de trabajo genuino.
Universitarios incapaces de ejercer su profesión o ex trabajadores vulnerados con sed de venganza y egos descomunales. Personas que no pueden administrar ni sus horarios de trabajo pero se creen con derecho a administrar una ciudad y a hablar en nombre de los pobres que ellos mismos fabricaron.
Esto no es un ajuste contra los trabajadores. Es el primer golpe serio contra el peronismo como sistema de dominación. Un sistema que funciona como una secta. Que rompe al individuo, lo deja sin herramientas y luego le exige agradecimiento. Un síndrome de Estocolmo político donde el rehén defiende a quien lo torturó.
Como un perro golpeado toda su vida que ya no sabe distinguir quién lo lastima y quién intenta rescatarlo. El peronismo convirtió a generaciones enteras en ciudadanos que solo saben morder. Y los usa para atacar a cualquiera que intente cortar la cadena.
La responsabilidad de la gestión actual no termina en ordenar contratos y sanear cuentas. Empieza ahí. Pero debe ir más lejos.
Educar al trabajador y al ciudadano es parte de gobernar. Explicar qué se firma, qué implica un contrato, cuáles son los derechos reales y cuáles fueron siempre una mentira. Decir con claridad que ni Milei ni Azcué son el cuco. El cuco fue el peronismo gobernando el país, la provincia y Concordia durante décadas.
Pensar en el otro no es mentirle para que no se enoje. Pensar en el otro es decirle la verdad aunque duela. Sacarlo de la jaula aunque al principio tiemble. Romper el hechizo aunque patalee.
La batalla cultural es esto. Desarmar la fábrica de pobres. Quitarle el negocio a quienes vivieron de la miseria ajena. Devolverle al ciudadano algo que el peronismo nunca quiso que tenga, autonomía.
Y eso recién empieza.


