Concordia amaneció otra vez con bombos, pecheras y micros llenos de gente que no sabe muy bien por qué está ahí pero igual aplaude cuando alguien levanta la voz. La escena es conocida. Cuando el peronismo no gobierna, los gremios hacen paro. Cuando no hay festival de contratos, hay marcha. Cuando se termina el curro, aparece la épica.
Esta vez la excusa fueron los 130 contratos que el municipio decidió no renovar. Contratos políticos. Precarios. Vencidos. Parte de un sistema que convirtió al Estado municipal en una agencia de empleo militante y a Concordia en la capital nacional de la pobreza. Pero para la liturgia sindical eso no importa. El libreto exige indignación, victimización y una plaza ocupada aunque sea a fuerza de acarreo.
Los gremios municipales desplegaron su coreografía habitual. Hablaron de ajuste, de crueldad, de falta de diálogo. Lo mismo que dijeron durante décadas mientras avalaban un modelo que fundió la ciudad, multiplicó la pobreza y dejó servicios públicos en estado terminal. Nunca un paro por los barrios sin cloacas. Nunca una marcha por la falta de inversión. Nunca una protesta contra los intendentes que llenaron el municipio de contratos para pagar favores políticos.
Ahora que hay un gobierno liberal que decidió ordenar el Estado y cortar con el uso político del empleo público, la reacción es inmediata. Paro. Marcha. Presión. La vieja política defendiendo sus últimos restos con las herramientas de siempre. Apriete sindical, relato épico y una masa movilizada como ganado para la foto.
La postal es casi tierna. Dirigentes gremiales hablando de sensibilidad social mientras defienden un sistema que expulsó a miles de concordienses al asistencialismo permanente. Referentes sindicales denunciando terror social después de haber sido socios silenciosos del terror económico que vivió la ciudad durante años. Militantes reclamando derechos adquiridos que en realidad fueron privilegios concedidos por afinidad política.
El gobierno de Francisco Azcué hizo lo que ningún gobierno anterior se animó a hacer. Ponerle un límite al festival de contratos. Decir basta al empleo público usado como caja y como herramienta de disciplinamiento electoral. Empezar a devolverle el municipio a los vecinos que pagan impuestos y nunca fueron convocados a ninguna marcha.
Por eso la bronca. Por eso el ruido. Por eso la necesidad de dramatizar. Porque cuando se termina el negocio, la mafia grita. Y cuando no manda el peronismo, los gremios descubren de golpe la lucha.
No es una protesta laboral. Es una reacción política. No es defensa del trabajador. Es defensa del sistema que llevó a Concordia a donde está. Y no es casual que los mismos que hoy cortan calles sean los que ayer aplaudían contratos, inflación de plantas permanentes y un Estado obeso que nunca resolvió nada.
La marcha no fue contra 130 no renovaciones. Fue contra el fin de un modelo. Y eso explica todo.


