La escena fue breve, húmeda y bastante incómoda. Pasadas las siete de la mañana un puñado de personas se reunió frente a la Municipalidad de Concordia para lo que iba a ser una protesta sindical. Iba a ser. Porque antes de las nueve y media ya no quedaba nadie. Ni épica. Ni bronca. Ni gente. Solo el recuerdo de algo que intentó parecer una marcha y terminó siendo una espera bajo la lluvia.
No hubo corte de calle. No hizo falta. Tampoco había multitudes que justificarán semejante despliegue. Fue una concentración estática, tímida, de esas que se arman más por obligación que por convicción. Una reunión corta frente al municipio que duró lo que dura la paciencia cuando no hay incentivo gastronómico.
La convocatoria fue tan baja que el relleno se notó desde la vereda de enfrente. Más gremialistas que manifestantes. Más dirigentes que bases. Camioneros, ATE, Centro de Empleados de Comercio y todo sindicato que tuviera gente disponible a esa hora. Una feria gremial de usados donde cada uno aportó lo que pudo para disimular que no había convocatoria real.
ATE directamente decidió no discriminar. Para engordar la foto llevó gente de otras reparticiones que no tienen absolutamente nada que ver con el reclamo municipal. Había personas de organismos provinciales, nacionales y hasta del PAMI que miraban el edificio municipal como quien entra por error a una reunión equivocada. La consigna no era reclamar algo concreto sino sumar cuerpos para que pareciera que había alguien. Un rejunte prolijo de gremialistas, militantes y personal vinculado al poder caduco de otras épocas, convocados no por una causa sino por la costumbre.
La lluvia hizo su trabajo. Sin choripán no hay mística. Sin mística no hay aguante. Y sin aguante la protesta se convierte en una charla incómoda mirando el reloj. A las nueve y media el operativo retirada ya estaba en marcha. Cada uno para su casa. Cada dirigente con su discurso guardado para otra ocasión. La plaza vacía. El municipio funcionando como cualquier otro día.
El reclamo fue el de siempre. Defender contratos políticos vencidos presentados como si fueran derechos sagrados. La escenografía también fue la de siempre. Gente acarreada. Espacios prestados. Indignación de utilería. Todo muy solemne para tan poca gente.
El resultado fue claro. La marcha fue un fracaso. Empezó pasada las siete, terminó antes de las nueve y media y no convocó a nadie. No hubo vecinos. No hubo trabajadores espontáneos. No hubo calle. Hubo sindicatos llenando espacio porque ya no llenan plazas.
Mientras tanto la ciudad siguió su rutina. Los vecinos fueron a trabajar. El municipio abrió sus puertas. Y la vieja política sindical volvió a demostrar que sin caja, sin contratos y sin choripán, lo único que puede organizar es una despedida anticipada bajo la lluvia.


