Por Mäuss

En un acontecimiento de alcance histórico para América Latina y el escenario geopolítico mundial, el presidente de los Estados Unidos Donald Trump confirmó que su gobierno ejecutó una intervención militar directa en Venezuela que culminó con la captura del dictador Nicolás Maduro, poniendo fin a uno de los regímenes más autoritarios, corruptos y destructivos del continente.

La operación, planificada durante meses por el Pentágono y autorizada de manera directa por Trump, tuvo como objetivo central desarticular la estructura de poder del chavismo, señalada desde hace años como un engranaje clave del narcotráfico internacional, el terrorismo regional y el crimen organizado. Según la información difundida por la Casa Blanca, fuerzas especiales estadounidenses actuaron con precisión quirúrgica sobre instalaciones estratégicas del régimen, neutralizando centros de mando, logística y financiamiento ilegal.

En ese contexto, una unidad de elite logró capturar al dictador Maduro en Caracas, quien fue inmediatamente trasladado fuera del país para quedar a disposición de la justicia estadounidense. Para Washington, Maduro no era un jefe de Estado sino el líder de una organización criminal que secuestró al pueblo venezolano, destruyó la economía, persiguió a la oposición y forzó a millones de personas al exilio.

Trump fue categórico al explicar los motivos de la intervención. Señaló que Venezuela se había convertido en un Estado narco socialista, protegido por una dictadura que utilizó el discurso ideológico para encubrir delitos masivos, corrupción estructural y alianzas con enemigos de Occidente. En ese sentido, remarcó que Estados Unidos no podía permanecer pasivo frente a una amenaza directa a la seguridad regional y a los valores fundamentales de la libertad.

Las primeras horas posteriores a la captura del dictador Maduro estuvieron marcadas por un fuerte impacto interno en Venezuela. El aparato del chavismo quedó desarticulado, con mandos militares sin conducción clara, comunicaciones interrumpidas y una evidente pérdida de control territorial. Mientras tanto, amplios sectores de la población venezolana siguieron los acontecimientos con expectativa, viendo por primera vez en años la posibilidad real de un cambio profundo.

La reacción internacional fue inmediata y reveladora. Mientras gobiernos alineados al socialismo intentaron denunciar una supuesta violación de soberanía, desde el mundo libre se interpretó el hecho como el colapso de una dictadura que ya no se sostenía ni política ni moralmente. La caída del dictador Maduro expuso, además, el fracaso del relato progresista latinoamericano que durante décadas justificó el autoritarismo en nombre de una falsa justicia social.

En Argentina, el respaldo desde el arco político de la derecha fue contundente. El presidente Javier Milei celebró públicamente la acción de Estados Unidos y la definió como un triunfo de la libertad sobre la tiranía, reafirmando su alineamiento estratégico con Occidente y su rechazo frontal a los regímenes socialistas de la región. Milei destacó que el caso venezolano es una advertencia clara sobre las consecuencias del estatismo extremo, el populismo y la concentración de poder.

En la misma línea, el PRO, el partido fundado por Mauricio Macri, expresó su apoyo a lo sucedido en Venezuela y celebró el fin de la impunidad del dictador Maduro. Desde ese espacio señalaron que la caída del régimen chavista representa una oportunidad histórica para que el pueblo venezolano recupere la democracia, el Estado de derecho y la posibilidad de reconstruir un país devastado por años de saqueo y mala gestión.

Dirigentes del PRO remarcaron que el socialismo del siglo XXI dejó como saldo pobreza, exilio, censura y represión, y subrayaron que la salida del dictador Maduro confirma que ningún régimen autoritario es eterno cuando se enfrenta a la decisión política y al liderazgo firme. También destacaron la importancia de que América Latina vuelva a alinearse con las democracias liberales y abandone definitivamente los experimentos ideológicos que solo generaron atraso.

La captura del dictador Maduro marca un antes y un después para la región. No solo por el impacto inmediato en Venezuela, sino porque envía un mensaje claro a otros regímenes autoritarios: el mundo libre ya no está dispuesto a tolerar dictaduras disfrazadas de gobiernos populares. Con esta acción, Donald Trump consolida su perfil como líder decidido frente al socialismo autoritario y redefine el rol de Estados Unidos en el hemisferio occidental.

Mientras el futuro político de Venezuela comienza a escribirse sin el chavismo en el poder, la intervención estadounidense deja una señal inequívoca. La libertad puede demorarse, pero cuando avanza, lo hace con fuerza y sin pedir permiso a las dictaduras.