Por Bautista Müller Williman

Está claro que quizás uno de los puntos más mencionados en la discusión sobre la intervención estatal en la economía es la asistencia social. Pues no es secreto para nadie que una gran parte de la población considera que el Estado debe aparecer para brindar auxilio a quienes, de otra forma, se verían en la más absoluta miseria. Sin embargo, considero que esta postura se encuentra errada, no porque la ayuda no sea deseable, sino por una causa mucho más profunda que explicaré en este artículo y que refleja cómo la misma, cuando es dada por el Estado, termina siendo más perjudicial que otra cosa.

1- Las ayudas sociales como incentivos contra la movilidad social

Primero debemos entender que los individuos funcionan a base de incentivos. Este principio, a su vez, es lo que da pie a que existan instituciones tales como el derecho, las fuerzas de seguridad, o inclusive los derechos naturales. Estos incentivos pueden ser a fin de fomentar actividades, como lo puede ser una presión tributaria baja, como también para desalentar otras; por ejemplo, los derechos naturales existen para que quienes los violentan sean penados y, en consecuencia, no deseen hacerlo. Ahora bien, estos incentivos existen en casi todos los aspectos de la vida cotidiana, no sólo en aquellos que buscan crearlos. Y es aquí donde surge el primer problema de las ayudas estatales.

Cuando los individuos perciben ayudas sociales por encontrarse en una situación crítica, tienden, en consecuencia, a buscar mantener ese beneficio. Este pensamiento es sumamente lógico, más si tenemos en cuenta el escaso nivel educativo que suelen tener estos sectores dada su situación económica. Quizá una persona que posee un determinado nivel de educación podría ver la ayuda estatal como algo que buscaría eliminar, ya que esto le representaría un ascenso social. Sin embargo, los individuos menos escolarizados no ven esto; por el contrario, perciben que en el estado en el que se encuentran reciben beneficios. Es decir, son incentivados a mantener ese nivel de vida.

Sumémosle a lo antes desarrollado que estos grupos no son culpables de su situación; más bien, todo lo contrario, son los rehenes, pues ellos solo responden a los incentivos que les envía el Estado.

Agreguemos también que estos sectores, que dependen de la ayuda social, además condicionan al resto de la sociedad. Procedo a explicar: como estas asistencias dependen de un criterio para ser entregadas, en la mayoría de los casos los beneficiarios buscarán mantener estas condiciones. Ahora bien, muchas veces como criterio se establece la falta de trabajo; sin embargo, el empleo en condiciones de clandestinidad no es contemplado dentro de este recuento por evidentes razones. En consecuencia, los individuos beneficiarios de este tipo de ayudas buscarán trabajos bajo estas condiciones.

Es muy probable que un lector diga ahora algo similar a que, en dicho caso, el perjudicado es el empleado, pues trabajará por menores beneficios y además no contabilizará como experiencia laboral; pues este no vendría siendo el caso. Es verídico que el trabajo comúnmente llamado “en negro” tiene peores condiciones para el trabajador, pero el empleador tampoco se ve beneficiado, pues podrá pagar menores sueldos e impuestos por empleado hasta que él mismo decida denunciarlo por explotación, situación frente a la cual el empresario sólo puede resignarse a pagar la indemnización solicitada.

Habrá quienes dirán que es tan simple como no tomar empleados bajo condiciones de clandestinidad, pero en un sistema con cargas tributarias asfixiantes, donde tener un empleado llega a ser una complicación, la discusión pega un giro. Más aún en países donde un gran porcentaje de la población recibe estas ayudas, pues el empresario deberá ceder ante los reclamos de los aspirantes a puestos de trabajo si desea que su empresa tenga empleados.

Pero esto no es todo. El mayor punto a considerar, y el por qué sostengo que las ayudas sociales son en realidad una herramienta de control social que limita la libertad de la sociedad, es otro. Como es sabido, todos los gobiernos, sobre todo los democráticos, requieren, en mayor o menor medida, del apoyo popular para poder mantenerse. Y es aquí donde entra el punto que busco exponer. Una población que recibe constantemente beneficios económicos por parte de un gobierno buscará de forma indefectible que el mismo permanezca a fin de conservarlos. Esto convierte a las ayudas sociales en herramientas de propaganda sumamente efectivas, que dotan al gobernante de un núcleo duro de partidarios sumamente fuerte. Esto hace que el poder
de quien se encuentre en el Estado crezca de forma desproporcionada, brindándole la capacidad de implementar políticas más agresivas que limitan las libertades individuales.

2- Los populismos como ejemplos de lo desarrollado

Ejemplos claros de esto son los gobiernos populistas latinoamericanos. Estos llenan de asistencia social a los sectores vulnerables de la sociedad, los vuelven dependientes y, a continuación, inician una ola de políticas heterodoxas que terminan hundiendo a los países en situaciones sumamente indeseables.

Más específicamente, veamos el caso argentino. En 2003 llega al gobierno Néstor Kirchner. Este contaba con superávit fiscal y comercial (superávits gemelos), algo inédito en la historia argentina y que se logró gracias a la licuación del gasto público ocurrida tras el gobierno de Duhalde y el abandono de la convertibilidad. Kirchner, y posteriormente su esposa Cristina Fernández, se encargaron de bombear pesos a la ayuda social y otros programas que buscaban, en la teoría, beneficiar a los sectores más vulnerables. Esto dio como resultado un déficit fiscal inmenso que se cubrió con emisión monetaria y, en consecuencia, una inflación galopante. A su vez, surgió una población dependiente de estas medidas que conformó un núcleo duro de votantes.

Esto último se ve demostrado en los resultados electorales, donde en cinco elecciones tras el primer mandato de Kirchner solo perdieron dos, siendo las mismas en la instancia de ballotage. Cosa muy llamativa si vemos los numerosos escándalos que tuvieron los gobiernos kirchneristas, como el caso de la Resolución 125, las múltiples causas de corrupción, entre muchas otras. Es decir, en palabras más simples, que las ayudas sociales concedidas por los gobiernos kirchneristas los han dotado de un núcleo duro que continúa votándolos pese a sus múltiples polémicas, permitiéndoles así maniobrar de formas que de otra manera les sería imposible.

Es de esta manera como el kirchnerismo ha implementado políticas inflacionarias que destruyeron el ahorro de la sociedad y la estabilidad en el largo plazo, condicionando así las preferencias de los individuos, que debieron optar por bienes de consumo inmediato frente a durables, el ahorro en divisas extranjeras —como dólares—, entre otras cuestiones más.

3- Conclusión

Para resumir, la asistencia social no solo es negativa para sus beneficiarios, que la ven como un incentivo para mantener su situación social, sino que la misma afecta a la sociedad en su conjunto al dotar de poder a sectores partidarios de políticas económicas degenerativas que condicionan la vida de los individuos y, en consecuencia, su libertad individual. Es por esto que el asistencialismo no solo es económicamente ineficiente, sino un atentado contra la libertad.