Hacia una igualdad real.

Este texto tiene como finalidad ofrecer argumentos basados en la evidencia para refutar argumentos típicos del feminismo radical que discriminan y estigmatizan a los hombres, y que se viralizan cada vez más en internet, especialmente entre mujeres jóvenes muy expuestas a la dinámica de las relaciones sociales. No busca negar las injusticias que sufren las mujeres ni enfrentar un sexismo con otro, sino promover una mirada igualitaria y humanista que rechace cualquier forma de discriminación. 

Señalar a todo un género como opresor, peligroso o moralmente inferior es tan injusto como dañino: alimenta la polarización, el resentimiento y el odio entre mujeres y hombres. Por lo tanto, este texto reúne evidencia psicológica, sociológica y estadística para desmontar estas ideas y favorecer una comprensión más equilibrada y justa de las problemáticas de género, reconociendo aquellas que afectan a ambos sexos. Sólo una mirada humanista e integral puede lograr una sociedad más justa, inclusiva y solidaria, libre de extremismos que fomentan la división.

Demonizar a todos los hombres es intelectualmente inconsistente, emocionalmente destructivo y empíricamente falso.

1) ”Los hombres son los opresores, por definición, y las mujeres son las oprimidas”. “Vivimos en un patriarcado donde los hombres son privilegiados”. “La vida de los hombres es más fácil que la de las mujeres”.

Sesgo de sobregeneralización y pensamiento dicotómico. Falacia esencialista de género sin base científica sólida.

Los hombres cuentan con ventajas en algunos planos pero, del mismo modo, enfrentan desigualdades estructurales en otros. Por ejemplo, riesgos vitales más elevados: representan el 75-80% de los suicidios mundiales (OMS, 2024), el 93% de las muertes laborales en EE.UU. (OIT), el 97% de los muertos en combate, y el 90% de las víctimas de homicidio (UNODC). Además, tienen una expectativa de vida promedio inferior y mayor riesgo de vivir en la calle. Por otra parte, también sufren elevadas presiones sociales: se espera que el hombre sea proveedor y económicamente exitoso (en un contexto socioeconómico cada vez más desigual), que sea fuerte y protector y que no demuestre vulnerabilidad emocional; esta carga psicológica impacta negativamente en la salud mental masculina.

Sociológicamente, el privilegio es interseccional y está atravesado por múltiples factores (clase social, origen étnico, etc). Definir a los hombres como opresores invisibiliza la diversidad de experiencias masculinas, y la teoría del patriarcado es incapaz de explicar estas desigualdades bidireccionales. Esto no quiere decir que se deban ignorar las

problemáticas que sufren las mujeres: hay que abord r los perjuicios que sufren ambos géneros.

Decir que “todos los hombres son opresores” equivale a decir que “todos los inmigrantes son delincuentes”. Es una generalización moralmente inaceptable, que atribuye características morales a grupos enteros sin considerar la variabilidad individual.

2) “Los hombres son violentos por naturaleza”. “Los hombres son potenciales delincuentes y violadores”. “Cualquier varón desconocido es una amenaza para las mujeres”.

Error por inferencia ecológica y sobregeneralización basada en un heurístico de disponibilidad (enfocarse excesivamente en casos mediáticos). Es falso científica y estadísticamente; es una expresión de odio misándrico. 

Los datos demuestran que la inmensa mayoría de los hombres nunca cometerá delitos violentos. Por otra parte, la evidencia también indica que la violencia doméstica es perpetrada en proporciones similares entre ambos géneros (en estudios de prevalencia comunitaria [no judiciales], incluyendo metaanálisis de Fiebert [2004] y estudios CTS2, se observa violencia bidireccional relativamente simétrica) (Straus y Ramirez, 2007), a pesar de que las normativas desalientan las denuncias en casos de víctimas masculinas. En el plano psicológico, la violencia no es innata al género; en cambio, se correlaciona con trastornos de personalidad, traumas infantiles, marginalidad y abuso de sustancias de acuerdo a los datos (Moffitt et al., 2002).

Se trata de discursos que fomentan la paranoia, generan una desconfianza injustificada, dificultan la incorporación de hombres a roles como docencia inicial y cuidado porque se los percibe como un “riesgo potencial” y promueve que los hombres inocentes sean tratados como amenazas sólo por existir (Frosh et al., 2002; King, 2008; Allan et al., 2019).

Nadie niega que existan más casos de violencia sexual y letal perpetrados por hombres, pero es ilógico criminalizar injustamente a una abrumadora mayoría de hombres pacíficos e inocentes por ello y, al mismo tiempo, desproteger a hombres víctimas de violencia doméstica (física y psicológica) ya que, a pesar de su menor letalidad, igualmente sufren un impacto traumático y emocionalmente destructivo.

Que la mayoría de ciertos delitos sean cometidos por hombres no implica que la mayoría de los hombres cometa delitos. Confundir prevalencia delictiva con distribución poblacional es un error lógico.

Es un prejuicio tan estigmatizante como plantear que “los negros son todos delincuentes” porque hay más negros que blancos en las cárceles.

3) “Los hombres son inmaduros, egoístas, emocionalmente tóxicos y no tienen empatía”. “Siempre van a terminar haciéndole daño a una mujer”.

Estereotipo negativo. Sexismo.

Esto reduce a la población masculina a una etiqueta glo al estigmatizante y, luego, el sesgo de confirmación hace que confirmen esta teoría porque sólo prestan atención a los hombres que encajan con ese estereotipo. Las investigaciones sobre afectividad demuestran que los varones muestran una empatía similar a las mujeres cuando se les permite expresarla sin estigmas. Por otra parte, las diferencias de inteligencia emocional intergéneros son menores según meta-análisis (d=0.24) (Josephs et al., 2017), mientras que las intragénero son muchísimo mayores.

La evidencia anecdótica tampoco constituye una prueba científica generalizable: que algunas mujeres hayan tenido experiencias negativas con sus parejas no convierte un fenómeno particular en universal, ya que no evidencia un patrón estructural. Ídem en el caso de los hombres.

Decir que los hombres son emocionalmente tóxicos por naturaleza es como decir que las mujeres son histéricas o manipuladoras por naturaleza. Son, lisa y llanamente, prejuicios.

  • “Los hombres no escuchan a las mujeres, interrumpen y creen que siempre tienen la razón” (mansplaining).

Sesgo de atribución hostil (toda conducta masculina escondería una mala intención).

La noción de “mansplaining” es un neologismo estigmatizante no respaldado por evidencia científica robusta, y las interrupciones no son un fenómeno exclusivo de los hombres. Estudios en comunicación (Zimmerman y West, 1975; Tannen, 1990; Cameron, 2007) muestran interrupciones bidireccionales en conversaciones mixtas, influenciadas por poder dinámico; es decir que las interrupciones varían según el estatus, contexto laboral y jerarquía, no según género exclusivamente. En contextos femeninos, los hombres reportan ser interrumpidos con mayor frecuencia, y viceversa en contextos masculinos.

Recurrir a etiquetas prefabricadas como “mansplaining” para juzgar a los hombres hace imposible cualquier diálogo razonable y simétrico. Funciona como una herramienta de silenciamiento, en lugar de perseguir la igualdad.

  • “A las mujeres se nos exigen estándares de belleza inalcanzables, mientras que los hombres no tienen que hacer nada”.

Esta afirmación ignora que, históricamente, han existido mayores exigencias sociales para los hombres en otras áreas (se les exige tener más dinero, poder, nivel educativo; ser fuertes, proveedores, exitosos; tomar la iniciativa, ocultar su vulnerabilidad, etc).

En la actualidad, las presiones estéticas sobre el género masculino aumentaron muchísimo, correlacionando con un aumento en los trastornos de la imagen corporal (dismorfia corporal, vigorexia, etc) e inseguridades (altura, músculos, tamaño genital, etc) (Griffiths et al., 2015). Estudios recientes revelan que entre un 30-40% de los hombres reportan ansiedad por su peso y un 85% de ellos están insatisfechos con su musculatura (Pope et al., 2000). Por otra parte, los análisis en aplicaciones de citas, donde el aspecto físico actúa como filtro inicial, demuestran que los hombres sufren una mayor probabilidad de rechazo (según estudios de Tinder, por cada 10 matches que recibe una mujer un hombre recibe uno; y según estudios de Bruch & Lutz [2022], los perfiles masculinos re iben entre 5 a 10 veces menos interacción que los femeninos). Esto conduce a una mayor inseguridad, ansiedad y baja autoestima.

  • “Los hombres viejos pueden salir con mujeres jóvenes y bellas, mientras que las mujeres viejas no pueden hacer lo inverso”.

Exageración. 

Las estadísticas muestran que en EEUU la asimetría promedio de edad es de 2.2 años, siendo los hombres de mayor edad, por lo que la expresión resulta una exageración insostenible (U.S. Census Bureau, 2023). Es destacable que los casos de mujeres mayores que salen con hombres jóvenes no reciben la misma cobertura mediática. 

Además, se obvian las preferencias culturales bidireccionales y las preferencias evolutivas.

Creer que todos los hombres tienen la posibilidad de salir con mujeres más jóvenes y bellas es simplemente falso; sólo tienen esta posibilidad un sector minoritario y privilegiado de hombres mayores que cuentan con recursos económicos, poder y estatus social elevado.

La presión sobre el hombre para ser exitoso, lejos de ser una «fantasía de poder masculina», es un requisito del mercado sexual. La evidencia soporta la noción de hipergamia: las mujeres muestran preferencias por parejas de mayor o igual estatus socioeconómico. Es decir que las presiones son bidireccionales, incluso en sociedades igualitarias (Buss, 1989; Betzig, 2012; Walter, 2020).

7) “El patriarcado premia a los hombres mediocres y castiga a las mujeres exitosas”.

“Las mujeres deben esforzarse el doble”.

Esta es una sobregeneralización. 

Si bien existen sesgos de género, la meritocracia es interseccional y está atravesada por múltiples variables (clase social, contactos, origen étnico, educación, etc) más allá del género. Existen contextos donde se privilegia a los hombres, así como otros donde se prioriza a mujeres mediocres por encima de hombres competentes (ej: en casos de cuotas de género). 

Además, la afirmación sobre el esfuerzo desconoce que la mayor parte de los trabajos que demandan mayor esfuerzo físico son realizados por hombres (como minería, construcción, carga, metalurgia, agricultura, etc) y que el 93% de las muertes laborales (OIT) se dan en hombres.

Generalizar borra la realidad de millones de varones: el mundo también está lleno de hombres pobres, explotados, precarizados e ignorados. Las chances de ser un CEO, ejecutivo o millonario son ínfimas.

  • “Los hombres ganan más que las mujeres por hacer el mismo trabajo”. “Todos los puestos de poder son ocupados por hombres, solo por ser hombres”.

Es cierto empíricamente que existe una brecha salarial de género. El problema es atribuirla a la discriminación sexista, ya que la mayor parte de la brecha salarial se explica por variables no discriminatorias: cuando estas diferencias se ajustan por elección ocupacional, horas trabajadas, antigüedad, experiencia laboral y riesgo laboral la brecha se reduce drásticamente, llegando al 5-7% (Blau y Kahn, 2017; OCDE, 2023). Esta brecha no implica necesariamente discriminación sino variables no capturadas, como preferencias.

También es relevante destacar la Paradoja Escandinava, ampliamente estudiada (Schmitt, 2015; Falk et al., 2017; Stoet y Geary, 2018), que demuestra que en las sociedades más igualitarias y libres las diferencias de elecciones de carrera entre hombres y mujeres se maximizan; es decir, prefieren elegir carreras orientadas al cuidado, como enfermería, en lugar de carreras más lucrativas, como ingeniería. Esto sugiere que, a mayor libertad, mayores diferencias promedio de preferencias, lo cual contradice directamente el supuesto de que las mujeres eligen determinadas carreras debido a la opresión patriarcal.

  • “Los hombres heterosexuales son una basura”. “No se merecen a las mujeres”.

Esto es misandría explícita, un discurso de odio incompatible con el respeto básico por los derechos humanos (Declaración Universal de Derechos Humanos, 1948, art. 2). 

Psicológicamente, puede interpretarse como un etiquetado global y una deshumanización, que favorece la polarización e impide el diálogo. Si una persona dijera esto mismo sobre las mujeres, minorías étnicas o sexuales, enseguida sería catalogado como discurso de odio y condenado socialmente; esto revela con claridad el doble estándar que existe en nuestra sociedad y cómo se naturalizan los discursos de odio contra los hombres. Esta generalización ignora que infinidad de hombres heterosexuales han realizado contribuciones invaluables a la humanidad y que son excelentes parejas.

Como todo conjunto, existen individuos buenos y malos. No hay evidencia para sostener que las mujeres tengan inherentemente mayor valor moral que los hombres; este prejuicio representa una negación de la responsabilidad individual.

  1. “Las mujeres dan todo en las relaciones y los hombres no aportan nada”.

Sobregeneralización y sesgo de recuerdo selectivo. 

La mayoría de las relaciones fallan por dinámicas de pareja y personalidad individual, no por cuestiones inherentes al género. Del mismo modo, existen casos de mujeres que se desentienden, manipulan, explotan emocionalmente o violentan a sus parejas. 

En relación a los aportes, además de trabajar, la contribución de los hombres a las tareas domésticas ha aumentado sustancialmente con las décadas, entre 60-80% desde 1960 (Hook, 2017; BLS, 2023), con la creciente inclusión de las mujeres en el mercado de trabajo. Existen hombres que brindan apoyo financiero, emocional, sacrificio laboral, compromiso paternal, estabilidad, afecto y protección.

La evidencia anecdótica tampoco constituye una prueba científica generalizable: que algunas mujeres hayan tenido experiencias negativas con sus parejas no convierte un fenómeno particular en universal, ya que no evidencia un patrón estructural. Ídem en el caso de los hombres. La realidad es que existen millones de relaciones heterosexuales estables y satisfactorias, que muestran contribuciones recíprocas.

Siguiendo esta línea argumental, existen mujeres que manipulan, engañan, abandonan y maltratan, y a nadie se le ocurriría afirmar alegremente en los medios de comunicación que “todas las mujeres son iguales”, ¿por qué la sociedad acepta estigmatizar a los hombres con tanta liviandad?

  1. “Los hombres son el cáncer de este planeta”. “El mundo estaría mejor si no existieran los hombres”.

Estas expresiones misándricas que se reproducen en las redes sociales carecen del menor fundamento científico y son fácilmente refutables por la historia (innumerables contribuciones a la humanidad, avances científicos y sociales realizados por hombres). 

Este discurso constituye un ejemplo más de deshumanización de un grupo, que se ha usado históricamente para justificar la violencia contra otros colectivos y el genocidio; por ejemplo, la retórica nazi que afirmaba que los judíos “son el cáncer de este planeta” o que son “una plaga” (Goldhagen, 1996; Bandura, 1999; Haslam, 2006). A nivel lógico, esta fantasía de aniquilación de la mitad de la humanidad, que son hombres, es un sinsentido que ignora la interdependencia histórica intergéneros. 

Por supuesto, estos discursos generan consecuencias negativas para la sociedad: aumentan el resentimiento, la polarización social, el aislamiento, invalidan el sufrimiento masculino, refuerzan traumas, deshumanizan a millones de inocentes y degradan los vínculos con personas del género opuesto.

  1. Las feministas (actuales o de la tercera ola) sólo buscan la igualdad de género. Los hombres las critican porque odian a las mujeres, son misóginos, incels y buscan sostener sus privilegios.

Es una reducción simplista.

Descalificar a todos los hombres críticos del feminismo etiquetándolos de misóginos e incels supone una falacia ad hominem, que es un recurso utilizado para rechazar cualquier crítica sin evaluar la validez de los argumentos. Si el movimiento feminista contemporáneo fuese realmente igualitario y honesto, sería capaz de respetar la libre expresión y tolerar la crítica bien fundamentada. Silenciar críticas masculinas sólo por su género contradice la propia noción de igualdad que dicen promover.

La mayor parte de los hombres que cuestionan al feminismo no dirigen sus críticas a la igualdad de género, sino a las vertientes cada vez más radicalizadas del feminismo contemporáneo (tercera ola y feminismo radical). Muchos hombres y mujeres perciben que el feminismo contemporáneo presenta crecientes rasgos de misandría, sectarismo y sexismo inverso. Incluso varias intelectuales feministas han formulado críticas filosóficas, científicas, políticas y sociológicas ante la creciente radicalización del feminismo (ej: Paglia, 1990; Sommers, 1994; Hakim, 2010; Fraser, 2013). Si los hombres se sienten demonizados, discriminados y rechazados por las feministas, es una consecuencia lógica que terminen oponiéndose al movimiento; esto no los convierte en misóginos contrarios a la igualdad de género.

La única alternativa superadora es una mirada humanista, igualitaria, que aborde problemáticas de ambos géneros y que entienda que el sufrimiento humano no es patrimonio de un solo género. 

Demonizar a todos los hombres es intelectualmente inconsistente, emocionalmente destructivo y empíricamente falso.

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