Por Mäuss

Juan Bautista Alberdi, el padre intelectual de la Constitución de 1853, emerge en el debate sociológico actual como la antítesis del consenso estatista, ofreciendo un análisis fundacional que el liberalismo de derecha esgrime contra las narrativas intervencionistas. Lejos de ser un mero prócer histórico, su pensamiento se reactiva como el diagnóstico crucial sobre la parálisis del progreso nacional.

Para esta corriente ideológica, la sociología de Alberdi se centra en una premisa materialista y de estricta eficiencia: la prosperidad de una nación reside en la atracción de capital y la libertad individual, no en la ingeniería social dirigida por el Estado.

Su máxima, «Gobernar es poblar», es reinterpretada hoy como una ley sociológica que privilegia al individuo emprendedor, al inmigrante que trae consigo la cultura del trabajo y la mentalidad de progreso. Desde esta óptica, el crecimiento argentino se detuvo cuando las estructuras políticas y económicas comenzaron a asfixiar esta energía individual en favor de la burocracia y la redistribución forzosa.

El Imperativo Constitucional que propone Alberdi no es de justicia social en términos de igualdad de resultados, sino de garantía de medios. Su sistema exige un Estado que sea mínimo en su intervención económica, pero fuerte e inquebrantable en su rol de guardián de la ley y la propiedad. La propiedad privada, bajo esta lectura, no es un mero derecho, sino el pilar sociológico que sostiene toda la estructura de libertad y civilización.

El liberalismo alberdiano se erige así en un cuestionamiento directo al paternalismo. Sostiene que la dependencia generada por el Estado asistencialista desvirtúa la moral pública, reemplazando la figura del ciudadano autónomo por la del individuo tutelado. Las intervenciones que buscan un «bien mayor» o un «progreso ideológico» son vistas como las nuevas formas de autoritarismo que anulan la responsabilidad personal y la iniciativa privada.

Alberdi, según este enfoque, exige a la sociedad que desconfíe de las soluciones mágicas y de los líderes que prometen bienestar a cambio de la autonomía. Su llamado es al coraje cívico de la razón práctica, donde la verdadera libertad es la que se ejerce dentro de un marco legal inamovible, siendo este el único camino para asegurar la estabilidad social y la generación de riqueza. El progreso, en esta lectura, es un acto de mérito individual en un contexto de reglas claras.