Por Mäuss
El siglo XX terminó con el estruendoso fracaso de la utopía colectivista. El marxismo clásico, esa quimera totalitaria que prometía redención social a través de la dictadura del proletariado, fue desmantelado no por la fuerza militar, sino por la realidad económica y la miseria moral. La implosión de la Unión Soviética expuso al mundo la verdad irrefutable: la planificación centralizada es incapaz de generar prosperidad, condenando a sus ciudadanos al atraso tecnológico, la escasez crónica y una estratificación social tan férrea como la que se proponía abolir. La sociedad moderna no se dividió en burgueses y proletarios antagónicos, y el obrero fabril, lejos de ser un revolucionario, se convirtió en un consumidor cuyo nivel de vida mejoraba sostenidamente gracias al dinamismo del capitalismo de libre mercado.
Ante esta bancarrota ideológica y la inoperancia de sus vaticinios, la izquierda radical se vio obligada a una metamorfosis estratégica. El shock de la caída del Muro de Berlín dejó a sus cuadros intelectuales huérfanos de referentes y de un sujeto revolucionario viable. Ya no podían sostener la lucha de clases económica, pues el pueblo, lejos de querer destruir el sistema, aspiraba a participar plenamente en él. Por ello, redirigieron su vocación de combate desde la fábrica hacia la cultura, la moral y las instituciones occidentales. La vieja lucha por el control de los medios de producción se sustituyó por una nueva y sofisticada guerra por el control de los medios de pensamiento.
Esta nueva encarnación ideológica, que se auto-denomina «progresismo» o «justicia social», no es más que un neocomunismo cultural o globalismo. Su esencia colectivista permanece intacta, aunque disfrazada bajo un manto de defensa de «minorías». La estrategia consiste en desmantelar la sociedad fragmentándola en una miríada de grupos victimizados, enfrentando a estos colectivos privilegiados por la narrativa contra el ciudadano productor y la cultura que sustenta la libertad individual.

El hilo conductor de toda la agenda progresista es la ampliación ilimitada del poder estatal. Todas las «soluciones» que proponen, desde la sanidad hasta la vida familiar, invariablemente recurren a la coerción, la prohibición y la invasión de la esfera privada. El Estado, esa entidad esencialmente compulsiva financiada por la expropiación fiscal, se convierte en el árbitro supremo de la moral, la economía y hasta la identidad personal, asfixiando la autonomía individual y el orden espontáneo de la sociedad civil.
En este frente cultural, los ataques más virulentos se concentran en la institución familiar y en la biología. El feminismo, que degeneró de la búsqueda de igualdad de oportunidades a la promoción de la misandria, exige cuotas artificiales que desvalorizan el mérito y siembran la discordia entre hombres y mujeres. Peor aún es la imposición de la ideología de género, que ha llegado al extremo de promocionar la mutilación y las intervenciones médicas irreversibles en menores, utilizando la educación y la salud como herramientas para desdibujar la realidad biológica y vulnerar la potestad de los padres.
A esto se suma la instrumentalización del ecologismo, cuyo alarmismo apocalíptico sirve de coartada perfecta para imponer regulaciones asfixiantes que atacan la propiedad privada y restringen la libertad económica, elevando costos y obstaculizando el desarrollo en nombre de un futuro incierto. De igual forma, el combate contra el racismo se ha pervertido en un neorracismo de Estado, donde las cuotas y las «acciones afirmativas» priorizan la pertenencia a un grupo sobre el talento, la capacidad o el esfuerzo individual, instaurando la discriminación como política oficial. Esta ofensiva coordinada, globalista en su alcance y profundamente intolerante en su método, atenta brutalmente contra los valores fundacionales de la civilización occidental: la razón, el mérito, la propiedad y, sobre todo, la libertad. Es imperativo que los defensores del liberalismo clásico, el libertarianismo y el libre mercado respondan con firmeza intelectual y política a esta nueva amenaza hegemónica.


