Por Mäuss
Rupert Sheldrake es una figura incómoda para el pensamiento científico moderno. Formado en Cambridge, biólogo y autor del influyente libro Una nueva ciencia de la vida, puso en cuestión uno de los pilares más firmes de la ciencia contemporánea: la idea de que la naturaleza es una maquinaria sin propósito, regida únicamente por leyes fijas e impersonales. Su propuesta, la teoría de los campos mórficos, sostiene que los sistemas naturales, desde los cristales hasta los organismos y las sociedades, se ven influenciados por patrones de memoria colectiva que trascienden el tiempo y el espacio.
Según Sheldrake, la naturaleza aprende. Cada vez que algo ocurre, deja una huella que facilita su repetición futura. De este modo, los comportamientos biológicos o incluso los hábitos culturales podrían ser producto de una resonancia mórfica entre seres y eventos similares. Una idea radical, casi herética, frente al paradigma mecanicista que domina las universidades y los laboratorios.
Lo interesante no es solo la audacia de su pensamiento, sino la reacción que provocó. En 1981, la revista Nature calificó su obra como «un libro para quemar», una respuesta que revela la resistencia del establishment científico ante toda tentativa de renovación metafísica. Sheldrake no niega la ciencia; la expande. Propone una visión orgánica, participativa y espiritual del cosmos, donde la conciencia no es un accidente, sino una fuerza estructurante del universo.
En tiempos donde la ciencia se presenta como una nueva religión de certezas, figuras como Sheldrake recuerdan que el verdadero espíritu científico nace de la duda y del asombro. Su pensamiento invita a reconciliar razón y trascendencia, demostrando que la búsqueda de la verdad no puede limitarse al laboratorio: también exige filosofía, imaginación y coraje.


