Por Mäuss
La historia política suele escribirse desde el vértice del poder, pero las verdaderas transformaciones se gestan en los márgenes. En los cafés donde se discute, en las charlas sin micrófonos, en las ideas que buscan encarnarse antes de que los partidos se animen a pronunciar su nombre. Así comenzó en Concordia, Entre Ríos, un proceso que hoy, a la distancia, se revela como el germen de la convergencia liberal-conservadora que allanó el terreno para la victoria nacional de las ideas de la libertad.
Si bien el triunfo electoral de Javier Milei en noviembre de 2021 pareció surgir como una ola espontánea, en ciudades periféricas como la nuestra ese impulso ya había encontrado su cauce antes de la euforia mediática. Lo que se gestó aquí fue una arquitectura de unidad. Una convergencia entre lo liberal, lo libertario y el ala más lúcida del PRO, que entendió que la verdadera revolución de ideas no debía venir del enfrentamiento, sino del encuentro. Y ese encuentro tuvo una fecha precisa: el 23 de septiembre de 2021.
El camino hasta ese día no fue improvisado. Desde 2015 yo venía explorando las raíces del pensamiento liberal, no como una moda política, sino como una convicción vital. Entendía que la libertad no debía quedar confinada a la teoría económica o a los foros digitales, sino que debía materializarse en una praxis local: en la ciudad, en la comunidad, en el territorio. En 2020, cuando la Argentina entera atravesaba el desconcierto de la pandemia y el avance del intervencionismo estatal, las conversaciones con un grupo de amigos y compañeros de ideas se volvieron más persistentes. Coincidíamos en un diagnóstico: el país estaba asfixiado por el exceso del Estado y por la falta de responsabilidad individual. Era urgente crear una alternativa que uniera a quienes creíamos en el mérito, el trabajo y la libertad como motores de progreso.
No fue una conspiración, fue una conversación. Un club de ideas sin nombre, donde el entusiasmo era mayor que la estructura. La pregunta que nos desvelaba era cómo traducir ese impulso en acción política concreta, sin caer en los vicios de la vieja política, pero sin renunciar al poder transformador de las instituciones. Y fue allí cuando apareció un factor determinante: la apertura de Felipe Sastre.
Sastre, concejal del PRO en ese momento, supo leer lo que estaba naciendo. No sólo comprendió la necesidad de tender puentes entre el liberalismo emergente y la estructura partidaria existente, sino que tuvo la generosidad de abrir las puertas del espacio para que esas ideas encontraran un cauce. En su figura se unieron la visión política y la sensibilidad histórica: entendió que la verdadera renovación no viene de reemplazar, sino de integrar.
Así, el 23 de septiembre de 2021 se concretó lo que hasta entonces había sido solo una intención. La reunión, que fue registrada por el diario El Entre Ríos con el título “Surge un espacio que reúne a jóvenes del PRO y del liberalismo”, fue el primer hito formal de una integración que, en perspectiva, anticipó la estrategia ganadora que hoy domina el escenario nacional. Aquella tarde, jóvenes del PRO y liberales independientes coincidimos en que no bastaba con tener razón en las ideas: había que organizarse.
De ese encuentro nació algo más que un espacio político. Nació una manera de pensar la unidad liberal. No como un partido cerrado ni como una etiqueta, sino como un territorio compartido donde el respeto, la amplitud y la convicción se convirtieron en los cimientos de una nueva etapa. Porque en política, los símbolos importan. Y que en una ciudad del interior, históricamente asociada a modelos opuestos a la libertad, se gestara una alianza entre liberales y el PRO fue un signo de los tiempos: la periferia marcando el rumbo del centro.
Desde aquel día, las reuniones se multiplicaron. Nos movimos por distintos puntos de Concordia llevando el mensaje, charlando con comerciantes, emprendedores, estudiantes, con quienes intuían que el país debía cambiar, pero aún no sabían cómo llamarlo. No éramos un comité, éramos una red viva. Y esa red, a su modo, fue la antesala de lo que el país viviría meses después, cuando Milei irrumpiera como la voz de una generación que no pide permiso para ser libre.
La historia de ese germen es también la historia de una decisión personal. Creer en la unidad liberal no fue una estrategia electoral, fue una posición moral. Entender que no se trata de competir entre quienes pensamos parecido, sino de complementarnos para transformar lo que está roto. Esa fue la visión que defendí entonces, y que sigo sosteniendo. Porque la libertad no necesita caudillos, necesita arquitectos que sepan construir puentes.
No me interesa reclamar propiedad sobre un movimiento que hoy es nacional, pero sí dejar constancia de un hecho: el punto de partida existió, y tuvo protagonistas. En ese inicio, mi aporte fue insistir en la necesidad de articular el pensamiento liberal con la acción política concreta; de transformar las ideas en fuerza cívica. El de Sastre fue ofrecer el espacio y la estructura. Y de esa confluencia nació el modelo de unidad que hoy triunfa.
Concordia fue, sin buscarlo, un laboratorio. Un lugar donde la teoría se volvió práctica, donde los discursos de libertad encontraron forma, voz y territorio. Y fue también el ejemplo de cómo se gana hoy: no enfrentando a quienes piensan similar, sino caminando juntos. En tiempos en que la política se fragmenta, la unidad es el acto más revolucionario.
Por eso, cuando hoy muchos celebran la victoria de las ideas liberales y libertarias, conviene recordar que toda ola tiene un punto de origen. En este caso, ese punto fue una ciudad del litoral, una fecha precisa, y un grupo de personas convencidas de que la historia no se escribe esperando el permiso del centro. La historia se escribe actuando.
Esa tarde de septiembre de 2021 no cambió solo una agenda local. Cambió una manera de entender la política. Y ese es el legado que quiero dejar claro, con humildad pero con firmeza. Lo que hoy parece una corriente inevitable fue, en sus comienzos, un gesto de audacia. Y ese gesto surgió aquí, en Concordia, cuando aún pocos se atrevían a imaginar que la libertad volvería a ser bandera de gobierno.
La victoria de hoy es hija de esa siembra silenciosa. Y si algo puedo reivindicar con orgullo, es haber estado entre quienes la sembraron cuando nadie hablaba de cosecha.


