Por Mäuss

Concordia atraviesa un momento decisivo. La victoria reciente no sólo representa un cambio político, sino la oportunidad histórica de transformar la ciudad bajo un paradigma distinto. El rumbo debe orientarse hacia la libertad, la responsabilidad individual y la creación de riqueza genuina. Si queremos una Concordia próspera, debemos abrazar una verdad simple: la prosperidad nace de la asociación libre de las personas. A mayor libertad, mayor prosperidad. Cuando el Estado se retira de los espacios que no le corresponden, florecen la innovación, el trabajo y el mérito.

La clave está en dejar atrás la lógica del control y la intervención. Ningún burócrata sabe mejor que el propio emprendedor cómo producir, qué vender o a quién ofrecer su servicio. La experiencia, la creatividad y el riesgo personal son los motores del progreso. El municipio debe convertirse en un facilitador, no en un obstáculo. Liberar a los productores, comerciantes y artistas de trámites innecesarios, tasas absurdas y controles improductivos es el primer paso para dinamizar la economía local. Cada vez que un ciudadano decide emprender, la ciudad entera se beneficia.

Un Estado verdaderamente moderno es aquel que se dedica a sus funciones esenciales: proteger la vida, la libertad y la propiedad de sus habitantes. Todo lo que exceda esa misión erosiona la eficiencia y multiplica la corrupción. Concordia necesita un gobierno local que concentre su energía en garantizar seguridad, justicia, limpieza urbana, infraestructura y reglas claras. El ciudadano debe sentir que su esfuerzo está protegido y que nadie le arrebatará lo que con trabajo construyó. La confianza en las instituciones surge cuando el Estado cumple su tarea con sobriedad y precisión, no cuando invade todas las áreas de la vida social.

La pobreza no se combate con asistencialismo permanente. Se combate con educación, con capitalismo productivo, con libre mercado y con la creación continua de oportunidades. Es hora de dejar de medir la sensibilidad de un gobierno por la cantidad de planes que reparte, y empezar a hacerlo por la cantidad de empleos que genera. La verdadera justicia social nace cuando cada persona puede valerse por sí misma y progresar a partir de su talento y su esfuerzo. Concordia tiene recursos humanos y naturales de sobra para construir ese camino si el Estado deja de asfixiar y empieza a acompañar.

La competencia leal y el mérito son los motores de la excelencia humana. Debemos recuperar el orgullo del trabajo bien hecho, la admiración por quien se supera, la cultura del esfuerzo y la ética del mérito. Una sociedad que premia la mediocridad se condena al estancamiento. Una que celebra el mérito florece en todos los órdenes. Que Concordia reconozca a sus trabajadores, productores, comerciantes, artistas y profesionales como ejemplos de superación es parte de ese cambio cultural que necesita la Argentina entera. El mérito no divide, eleva.

La victoria electoral fue sólo el primer paso. Lo que sigue es mucho más complejo: construir una nueva mentalidad, una ciudad donde el Estado sirva y no subordine, donde la libertad económica no sea una promesa sino una práctica cotidiana. Debemos dejar atrás la dependencia del subsidio, el paternalismo político y la resignación. Hay que animarse a confiar en la capacidad creadora de las personas. Si Concordia asume estos principios como guía, puede convertirse en ejemplo nacional.

El desafío es grande, pero también lo es la recompensa. Un Estado limitado, ciudadanos libres y una cultura del mérito son los tres pilares de una Concordia nueva. Es momento de elevar la mirada, de dejar atrás las excusas, de volver a creer en la fuerza individual y colectiva de una sociedad que quiere vivir de su trabajo y de su ingenio. La libertad no es una consigna. Es la única herramienta capaz de devolverle a Concordia la prosperidad que merece.