Por Mäuss
En los tiempos en que la Argentina se gestaba como idea, hubo hombres que comprendieron que una república no se construye solo con leyes y comercio, sino también con espíritu. Entre ellos, Alberdi ocupa un lugar singular. No fue únicamente el arquitecto intelectual de la Constitución de 1853, sino también un hombre sensible a la belleza, la música y la creación. En su pensamiento late la convicción de que el arte no es un adorno del progreso, sino su expresión más profunda.
El Alberdi liberal, el del orden jurídico y la defensa del individuo frente al Estado, fue también un esteta romántico. Participó de la Generación del 37, influida por el romanticismo europeo, que soñó con una patria moderna, libre y culta. Para él, el arte debía reflejar el alma de los pueblos y servir como vehículo de educación moral. En El espíritu de la música, texto tan poco difundido como revelador, sostiene que la música, y por extensión todo arte, tiene la misión de elevar el alma y templar el carácter de una nación. Allí aparece una idea de raíz moral: la belleza no se concibe como evasión, sino como educación del espíritu libre.
Esa mirada resulta profundamente liberal. En su pensamiento, el arte no está al servicio de ningún dogma ni sometido a la maquinaria del Estado. Es un territorio de autonomía, donde el individuo se expresa, se eleva y, en ese proceso, eleva también a la sociedad. El arte, como la libertad, nace de la conciencia de la propia dignidad. Su función no es adoctrinar, sino despertar. Por eso veía en el cultivo de las letras, la música y la educación estética un complemento indispensable del progreso económico y político. El desarrollo material sin cultura podía engendrar riqueza, pero nunca civilización.
En esa visión se advierte una distancia clara con la concepción colectivista que luego impregnó buena parte del pensamiento latinoamericano. No creía en el arte como herramienta de agitación ni de propaganda. Desconfiaba de la idea de poner la creación al servicio de un relato estatal o moralista. Para él, el arte era ante todo una forma de libertad interior. Solo un pueblo que cultiva el gusto, la sensibilidad y la razón puede aspirar a ser realmente libre.
Resulta revelador que un hombre tan vinculado a la economía política y al derecho haya dedicado páginas a la música y la estética. Lo hacía porque intuía algo que todavía cuesta comprender: la república no se sostiene solo en la libertad de mercado o en la división de poderes, sino también en la formación del alma ciudadana. Y esa formación es inseparable del arte. La música educa la sensibilidad, la literatura la imaginación moral, el teatro el carácter cívico. En esa concepción integral del progreso, el arte no es un lujo de elites, sino una condición de la libertad.
Hoy, cuando tantos reducen la cultura a un instrumento de propaganda o subsidio, volver a Alberdi es un acto de lucidez. Su mensaje, más de siglo y medio después, sigue vigente: la belleza es parte de la libertad. La verdadera cultura nacional no surge de los ministerios ni de los planes, sino del talento individual y la pasión creadora. El Estado puede garantizar la libertad de crear, pero nunca podrá crear por nosotros.
Entendió que una nación que no educa el gusto ni estimula la sensibilidad corre el riesgo de perder su norte moral. Por eso, el arte debía acompañar al progreso, no oponerse a él. En un país que muchas veces desconfía del mérito y desprecia la excelencia, su palabra resuena con una claridad profética: el arte, como la libertad, es una tarea personal, no una dádiva colectiva.
El hombre que escribió la Constitución también soñó con una patria donde la música, la poesía y la belleza fueran caminos hacia la virtud y la civilización. En tiempos de vulgaridad y relativismo, recordar ese pensamiento es casi un deber moral. Porque una nación no se mide solo por su producto bruto, sino también por su capacidad de crear, admirar y elevarse.


