Por Federico Zorraquín

Enrique Cresto volvió a hablar. Y como siempre, habló de trabajo, esfuerzo y producción. Palabras nobles, sí, pero curiosamente incompatibles con su propio paso por la gestión pública, donde lo único que se producía era pobreza, clientelismo y una asombrosa capacidad para que cada peso municipal se evaporara misteriosamente.

Ahora, desde su empresa privada, Cresto se nos presenta como un mártir del capitalismo nacional: un héroe que sufre por las pymes que se funden… después de haberlas empujado al abismo con 40 años de peronismo en Concordia. Es como si el pirómano saliera a vender matafuegos, o el exorcista ofreciera posesiones a domicilio.

Porque si algo saben los concordienses, es que la dinastía Cresto (esa monarquía justicialista local que ya debería tener su propia moneda y su propio escudo) convirtió a la ciudad en un laboratorio de todo lo que Milei vino a dinamitar: el feudo político, la estructura parasitaria, el subsidio como dogma y la pobreza como herramienta electoral.

Durante años, Concordia fue el reality show del modelo K: el “Estado presente” se tradujo en calles rotas, pobreza récord y una legión de punteros con planillas en mano. El mérito no era trabajar, sino figurar. Y el negocio no era invertir, sino militar.

Y ahí estaba Cresto, con casco de obra y sonrisa de campaña, inaugurando la misma vereda por tercera vez, mientras los fondos nacionales bajaban con la precisión de un reloj… suizo, pero sin factura.

En su última reencarnación mediática, ahora en modo empresario, nos explica desde su despacho climatizado que “las pymes se están fundiendo”. ¡Qué descubrimiento! Tal vez lo notó cuando tuvo que empezar a pagar sueldos con plata propia, sin la caja del Estado al costado.

El problema, claro, no es la inflación, ni los impuestos, ni el Estado obeso: es la falta de “acompañamiento”. El mismo acompañamiento que durante décadas consistió en planes, punteros y promesas. Acompañamiento hasta el fondo, literalmente.

Cresto parece haber encontrado su vocación tardía: la del coach motivacional del fracaso. Habla de “defender a las pymes”, como si no hubiera presidido la municipalidad de una ciudad donde abrir un kiosco requería el mismo trámite que lanzar un satélite.

Pero lo interesante no es lo que dice: es lo que omite. No hay una sola autocrítica sobre los años en que Concordia se transformó en el emblema de la pobreza estructural. El relato K sigue intacto: “Nos fundimos, pero con sensibilidad social”.

Mientras tanto, los concordienses votaron distinto. Eligieron cortar la cadena del feudo y darle paso al aire fresco de la libertad. Y eso dolió. Porque el modelo kirchnerista no sabe vivir sin oxígeno estatal. Es como un pez fuera del agua: patalea, se victimiza y finalmente culpa a la pecera por no tener subsidio.

La derrota del peronismo en Entre Ríos no fue solo un resultado electoral: fue una epifanía colectiva. Después de décadas de relato, los entrerrianos entendieron que el progreso no nace del ministerio, sino del individuo. Que la dignidad no se decreta, se conquista.

Y mientras Milei habla de motosierra y libertad, Cresto nos habla de “acompañar al pueblo”. Traducido al castellano: más Estado, más cargos, más gasto, menos futuro.

Su discurso empresarial suena como un remix de campaña K: “Queremos que las pymes crezcan”, dice, mientras aplaude las mismas políticas que las asfixian. Es la versión entrerriana de “Te juro que cambié”.

Si hay algo que nadie puede negar es que Enrique Cresto tiene un talento especial: logra ser protagonista incluso del declive. Es el alquimista del fracaso, el Midas invertido de la política entrerriana. Todo lo que toca, se oxida.

Hoy dice defender al empresario nacional. Mañana, quién sabe, tal vez organice un congreso sobre austeridad fiscal en las termas.

Porque, al final, el modelo kirchnerista no se rinde: se recicla. Cambia la escenografía, cambia el eslogan, pero el guion es el mismo.
Y mientras tanto, Concordia (esa ciudad noble que merecía algo más que un feudo) empieza lentamente a despertar.

El sol liberal asoma, el relato se disuelve y los matafuegos, esta vez, no alcanzan para apagar la hoguera de la verdad.