Por Erik Lönnrot

Ana Carolina Gaillard volvió a recordarnos que en Entre Ríos la política se parece más a un reality show que a un gobierno. “Me encantaría ser candidata a gobernadora en 2027”, dijo con una sonrisa que parecía diseñada para Instagram. No habló de gestionar, de solucionar problemas, de mejorar la vida de la gente. Nada de eso. Solo de ella, de sus sueños, como si la política fuera un juego de mesa en el que las fichas son de otros y el tablero lo pagamos nosotros, los contribuyentes que seguimos sin tener voz en esta tragicomedia.

La declaración de Gaillard no es un simple deseo personal. Es un resumen de todo lo que hace que el kirchnerismo sea un espectáculo y no un gobierno. Promesas que se evaporan antes de tocar el papel, obras que empiezan y nunca terminan, proyectos que se hunden en burocracias interminables. Cada discurso, cada selfie, cada foto sonriente es una pieza más de la maquinaria que transforma los recursos de todos en propaganda y aplausos para unos pocos. Mientras tanto, la ciudadanía observa, con indignación o resignación, cómo los impuestos que pagamos sirven para financiar los sueños personales de quienes se presentan como servidores públicos.

Sus seguidores aplauden como si cada declaración de Gaillard fuera un milagro. Y quizás, para ellos, lo sea. El kirchnerismo ha perfeccionado un manual que consiste en: prometer grandes cosas, exagerar la narrativa y minimizar los resultados concretos. Entre Ríos se convierte así en un escenario donde la ficción supera a la realidad, y los actores principales son quienes más disfrutan del show mientras la gestión real queda relegada a un segundo plano. Cada foto, cada declaración y cada plan de campaña se lee como un anuncio de autoayuda: sueña en grande, ignora los problemas del resto, y si algo sale mal, siempre puedes culpar al “sistema”.

La ambición de Gaillard, proyectada hacia 2027, funciona como espejo del kirchnerismo en general. No es gobernar lo que importa, sino mantener la ilusión de estar gobernando. Cada titular, cada selfie, cada aparición mediática es una pieza del teatro político que distrae al público de la falta de resultados. Mientras tanto, los contribuyentes pagamos la entrada a un espectáculo que no elegimos, pero que sostiene el libreto de quienes no tienen reparos en convertir la política en un escenario para sus sueños personales.

Entre discursos y titulares, Entre Ríos se convierte en una tragicomedia de ambición y desconexión. La función sigue, los aplausos llegan de quienes creen que la política es solo espectáculo, y los ciudadanos, atrapados en la platea, se ven obligados a ver cómo se gasta su dinero en selfies, campañas y promesas eternamente incumplidas. La gestión real se oculta detrás de un telón de discursos grandilocuentes y ambiciones personales. El humor negro aquí no es un recurso literario: es la única forma de no llorar.

El kirchnerismo, por su parte, mantiene su fórmula infalible: maximizar el show, minimizar la gestión y asegurarse de que nadie note que lo que se promete nunca se cumple. Entre fotos sonrientes, declaraciones vacías y aspiraciones infinitas, la administración se convierte en un espectáculo pagado por todos. La ciudadanía observa impotente mientras la política se transforma en un teatro perpetuo donde los actores principales disfrutan del aplauso que financian los espectadores.

Si algo queda claro, es que Ana Carolina Gaillard encarna la esencia de este sistema: ambición desmedida, gestión superficial y un talento innegable para convertir los recursos de todos en publicidad personal. Entre Ríos es el escenario perfecto para que los sueños de algunos se financien con los impuestos de todos, mientras el público, pagante involuntario, observa atónito la función diaria. Sueña con gobernar, mientras el país sueña con sobrevivir a un espectáculo donde la fantasía se paga con nuestros impuestos y la realidad se ignora con elegancia.

Entre selfies, declaraciones y planes de campaña, Entre Ríos se confirma como el reino del teatro político. La ambición personal se viste de servicio público, y cada actuación se presenta como un logro mientras los problemas reales se acumulan. La desconexión es tan evidente que uno podría pensar que la gestión consiste en posar bien frente a la cámara y esperar que nadie note que nada cambia. Cada discurso es una estrategia de distracción; cada foto sonriente, una cortina de humo; cada promesa incumplida, un recordatorio de que en la política argentina, la ilusión se paga con dinero ajeno.

Al final, Gaillard y sus seguidores nos muestran que Entre Ríos es un microcosmos del kirchnerismo: promesas enormes, gestión mínima, espectáculo constante y una ciudadanía obligada a pagar la entrada. La función sigue, los aplausos suenan y los contribuyentes seguimos siendo el público involuntario de un teatro donde los protagonistas sueñan sin límites y nosotros sufrimos sin opción. Y mientras ellos sueñan con gobernar, el país sueña con sobrevivir al show. Humor negro o resignación, esa es la única elección que nos queda.