Por Araceli Durantini
Hoy Concordia tiene la oportunidad de creer nuevamente. De levantar la mirada, de recuperar la confianza en el trabajo, en el esfuerzo y en la capacidad de cada persona para salir adelante. Porque la libertad no es una utopía, es la fuerza que mueve a quienes se niegan a rendirse. Y aunque el camino sea difícil, nada está perdido para un pueblo que decide vivir con dignidad. No hay futuro en el miedo ni en la resignación. Hay futuro en el coraje, en la educación, en la producción, en la decisión de construir una ciudad donde el mérito valga más que la queja y donde cada concordiense pueda decir con orgullo: “Salí adelante por mí mismo”. Concordia puede ser ejemplo del cambio verdadero, de la libertad que no se promete sino que se ejerce.
En tiempos donde muchos prefieren seguir soñando con un país que ya no existe, los ciudadanos comunes, los que se levantan cada día para trabajar, estudiar o simplemente sobrevivir, necesitan algo más que discursos. Necesitan vivir más tiempo sin inflación, sin que el esfuerzo diario se les escape entre los dedos, sin depender eternamente de la ayuda estatal para comer o vestirse.
El esfuerzo de estos meses no puede ser en vano. Retroceder no es una opción. Durante años, Argentina fue saqueada en silencio, gobiernos que se llenaban la boca hablando de soberanía mientras entregaban nuestros recursos, hipotecaban generaciones y dejaban un país quebrado. Y ahora algunos gritan que “se venderá el país a Donald Trump”, como si no lo hubiesen vendido antes, solo que entonces nos vaciaban y encima nos pedían agradecimiento. Porque de nada sirven el litio, el gas o la soja si la gente no puede llenar su mesa, soñar, ni avanzar.
Hoy, el déficit fiscal no es un tecnicismo, es la raíz de todos los males. Décadas de despilfarro y clientelismo nos llevaron a vivir de prestado, con un Estado gigante, caro e ineficiente. Y mientras se alimentaba esa máquina de gasto, los salarios reales se desmoronaban, las empresas cerraban y las oportunidades se iban. Recién ahora, con el esfuerzo de todos, se empieza a recuperar el equilibrio,los precios diarios dejaron de subir cada semana, el peso comienza a estabilizarse y la inflación cede. No es casualidad; ordenar el Estado no destruye la economía, la libera.
Pero hay algo más profundo en juego, especialmente en Concordia. Esta ciudad, durante años, fue un laboratorio del asistencialismo, un refugio donde se convenció a generaciones de que el Estado era el padre proveedor, que no había futuro más allá de un plan o un favor político. Así se destruyó la cultura del trabajo, la educación como herramienta de libertad y la idea de que cada uno puede ser dueño de su destino.
Los pobres no nacieron dependientes; fueron entrenados para serlo. Cautivos de un relato, prisioneros de un sistema que los necesita dóciles, agradecidos por las migajas, temerosos de mirar más allá. Y ahí es donde Concordia se convierte en el espejo más claro de la teoría de la caverna: ciudadanos mirando sombras proyectadas por el poder, creyendo que esas sombras son la realidad. Sombras que repiten que sin el Estado no hay vida, que sin el subsidio no hay futuro, que sin ellos no hay país.
Pero afuera de esa caverna hay otro mundo. Uno donde la libertad no se pide, se ejerce. Donde la dignidad no se mendiga, se conquista. Donde los recursos naturales, la producción y el esfuerzo del ciudadano vuelven a tener sentido, porque ya no sirven a los burócratas, sino a quienes los generan.
Concordia necesita despertar. Romper las cadenas del discurso que la mantiene inmóvil y mirar de frente a la luz de lo real: que la pobreza no se combate con subsidios, sino con trabajo; que el progreso no nace del gasto, sino del orden; y que el futuro no lo traerá el Estado, sino el ciudadano libre que decide dejar atrás la caverna.

Hoy más que nunca, recordemos que la libertad no se impone, se elige. Cada ciudadano tiene en sus manos el poder de cambiar su destino, de romper las sombras del pasado y caminar hacia la luz de un país que vuelve a creer en sí mismo. Es tiempo de mirar al cielo con convicción, de entender que las fuerzas que mueven al mundo no son las del miedo, sino las del coraje y la verdad. Porque cuando un pueblo decide vivir en libertad, ninguna sombra puede volver a encadenarlo.


