Por Mäuss

En la Argentina del siglo XXI, la batalla más profunda no se libra en el Congreso ni en las calles, sino en los templos invisibles de la cultura. Se da en las aulas, en los medios, en las redes, en las conversaciones cotidianas donde se define qué es justo, qué es bueno y qué es posible. Es una guerra silenciosa por el sentido, en la que el progresismo hegemónico ha ocupado durante décadas las posiciones estratégicas del pensamiento, mientras las fuerzas de la libertad se limitaban a reaccionar, a justificar su existencia o a pedir permiso para existir.

La hegemonía cultural no se sostiene por la fuerza de las leyes, sino por el poder de las ideas. Se nos ha enseñado a sospechar del individuo, a mirar con recelo la iniciativa privada, a sentir culpa por el éxito y compasión por el fracaso como si fueran antónimos morales. En el imaginario colectivo, el Estado es el protector y el empresario, el sospechoso. La igualdad dejó de ser una meta espiritual para convertirse en un instrumento de nivelación hacia abajo. En nombre de la justicia social se castiga el mérito; en nombre de la inclusión se silencia al que piensa distinto.

Este paradigma, sostenido por el relato de las últimas generaciones, ha modelado una cultura dependiente, acostumbrada a la tutela, incapaz de imaginar un país donde la libertad sea el motor y no la excepción. Se ha instalado una pedagogía de la sumisión, donde cada ciudadano es un súbdito agradecido del subsidio, y cada acto de autonomía es visto como una amenaza al orden colectivo. El poder ya no se ejerce solo desde el Estado, sino desde las palabras, los símbolos y los gestos. La censura no necesita ministerios cuando el miedo al disenso se internaliza.

La batalla cultural consiste en revertir esa domesticación. En recuperar la autoestima moral del individuo, su derecho a pensar sin pedir permiso, a crear sin depender del favor político, a disentir sin ser demonizado. Es volver a enseñar que la libertad no es un privilegio de los fuertes, sino la condición de posibilidad de toda dignidad humana. Que una sociedad libre no se construye repartiendo lo ajeno, sino cultivando el respeto por el esfuerzo y la responsabilidad personal.

Durante demasiado tiempo se nos convenció de que la libertad era un lujo burgués, que el Estado era la madre protectora y que el sacrificio individual debía someterse al bienestar colectivo. Pero la historia argentina demuestra lo contrario: fuimos una nación próspera cuando entendimos que el progreso nace del talento, del trabajo y del riesgo; cuando el Estado servía a la sociedad y no al revés. El verdadero enemigo no es la pobreza, sino la cultura que la justifica, que la administra como botín electoral y la perpetúa como identidad política.

La reconstrucción nacional no puede comenzar por el Palacio, sino por el alma. No habrá prosperidad sin un renacimiento moral que devuelva a cada argentino el sentido de su propia responsabilidad. El cambio no será obra de un decreto ni de un líder providencial, sino de una minoría lúcida que decida pensar en voz alta, resistir el adoctrinamiento y desafiar el consenso de los mediocres. La derecha argentina, si quiere ser algo más que un refugio electoral, debe transformarse en una fuerza cultural. Debe estudiar, enseñar, crear, inspirar. No basta con indignarse: hay que construir sentido.

Ese sentido debe surgir de un nuevo humanismo liberal, capaz de reconciliar la razón con la tradición, la libertad con la virtud, el individuo con la comunidad. No se trata de restaurar un pasado idealizado, sino de recordar que sin raíces no hay futuro. La familia, la fe, la educación, la patria y el trabajo no son vestigios arcaicos, sino pilares vivos de civilización. Destruirlos, como intenta hacerlo el progresismo relativista, no emancipa a nadie: solo deja al ser humano desamparado frente al poder.

Una nueva generación ya lo está comprendiendo. Jóvenes que no se dejan adoctrinar, que leen, debaten, crean y se organizan; que desafían la cultura de la cancelación con la fuerza de la verdad. Jóvenes que entienden que la auténtica rebeldía no está en gritar eslóganes de moda, sino en sostener principios eternos. Que descubren que el acto más revolucionario de nuestro tiempo es pensar.

La batalla cultural, entonces, no es solo una lucha de ideas: es una cruzada por el alma de la libertad. En ella se decide si Argentina volverá a ser una nación de hombres y mujeres libres o si quedará reducida a un territorio de dependientes agradecidos. Cada palabra, cada aula, cada libro, cada conversación cuenta. No se trata de conquistar el poder, sino de merecerlo.

Porque cuando una sociedad renuncia a pensar, el poder no necesita tiranos: se impone solo. Y cuando un pueblo deja de creer en sí mismo, la esclavitud ya no llega por decreto, sino por costumbre. La batalla cultural no ha hecho más que empezar. Y ganarla (como toda batalla verdaderamente humana) no depende de las armas, sino del coraje de las ideas.