Por Mäuss
Hay frases que resumen una época. O que, al menos, logran poner en palabras el hartazgo de una generación. Cuando Yáiza Pessolani Bechet dice “me hice libertaria al ver cómo en Concordia los dirigentes peronistas eran cada vez más ricos y sus militantes más pobres”, no lanza una consigna: formula una observación empírica sobre la degradación moral de la política entrerriana. En su voz hay menos furia que lucidez. Y detrás de esa lucidez, una convicción que se abre paso entre los restos de un sistema agotado.
A sus 25 años, la concejal de La Libertad Avanza se ha convertido en una figura incómoda dentro de un ecosistema político dominado por los mismos apellidos, los mismos métodos y los mismos silencios. Su irrupción no fue fruto de una estrategia partidaria, sino de un proceso interior. Pessolani entendió que el país no se cambia repitiendo eslóganes sino rompiendo obediencias. Lo suyo no es una rebeldía adolescente, sino una toma de posición ética. Vio desde chica cómo los recursos públicos se usaban para sostener redes de clientelismo disfrazadas de justicia social, y cómo cada nuevo subsidio traía aparejada una nueva forma de dependencia.
Estas palabras las pronunció durante una entrevista en el programa Zona de Opinión, emitido por Radio Zona TV, donde fue invitada para hablar sobre el escenario político actual y el rumbo que elige la Argentina. Con la naturalidad de quien no debe favores, dijo lo que muchos piensan pero callan: “Prometen subsidios que solo generan dependencia y quitan dignidad”. En ese diagnóstico hay una lectura política y otra moral. La política: el Estado que se convierte en patrón, el dirigente que reparte pobreza con rostro de benefactor. La moral: la renuncia colectiva a la autonomía, la aceptación pasiva de la servidumbre como forma de vida. Pessolani no habla de teorías, habla de lo que vio. Y lo que vio, la empujó a buscar respuestas fuera del dogma dominante.
Su apoyo al presidente Javier Milei no nace del fanatismo, sino de una coincidencia de principios. “Yo no defiendo personas, defiendo ideas”, aclaró, casi como una advertencia a quienes reducen la política a la fidelidad personal. Para ella, las ideas de la libertad, el esfuerzo y la meritocracia no son consignas, son herramientas de reconstrucción nacional. “Milei fue claro en su campaña: dijo que el camino sería difícil, pero necesario, y eso hoy le da credibilidad”. Esa lectura, que combina pragmatismo y convicción, la distingue dentro de un panorama en el que los discursos suelen fluctuar con la dirección del viento.
Dentro del Concejo Deliberante de Concordia, Pessolani eligió un terreno poco glamoroso pero profundamente transformador: la transparencia. Impulsó el Sistema Legislativo Abierto (SILA), una plataforma digital que permitirá a los ciudadanos acceder a los proyectos presentados y conocer su estado de tratamiento. Puede parecer un gesto técnico, pero en un país habituado a la opacidad institucional, abrir la información pública es una forma de revolución silenciosa. La libertad, en su visión, no empieza con discursos, sino con el acceso al conocimiento.
“No me interesa el relato, me interesan los datos”, afirmó, y en esa frase condensa su diferencia con la vieja política. Su lenguaje evita el sentimentalismo fácil. Prefiere los hechos, las cifras, la precisión. No teme discutir ni contradecir a quienes le doblan la edad. “Me han dicho que podría ser su hija o que leo demasiado, pero yo analizo y me informo. Represento a muchos vecinos y quiero hacerlo de la mejor manera.” Esa determinación la ha hecho blanco de prejuicios, pero también le ha ganado respeto entre quienes ven en ella algo poco común: preparación y coherencia.
Pessolani representa a una generación que creció entre la crisis y el desencanto, pero que eligió pensar antes que resignarse. En su manera de hablar hay un ritmo distinto, menos complaciente. No busca el aplauso fácil, sino el debate. No promete milagros, propone responsabilidad. Y eso, en un país acostumbrado al populismo emocional, tiene un peso político inusual.
En el tramo final de su entrevista, lanzó una invitación que, más que política, parece existencial: “Los concordienses tenemos que decidir qué Argentina queremos: si volver al modelo que nos dejó inflación, pobreza y un sistema educativo quebrado, o animarnos a hacer el esfuerzo para sacar adelante el país”. La disyuntiva que plantea es clara: futuro o pasado, libertad o tutela, responsabilidad o dependencia. “El kirchnerismo tuvo 37 años para cumplir sus promesas. Hoy los argentinos merecemos una nueva oportunidad, basada en la libertad, la transparencia y el trabajo.”
Su tono no es agresivo ni doctrinario. Es sereno, casi pedagógico. Habla como quien sabe que la verdadera revolución se hace con ideas, no con gritos. En Concordia, una ciudad donde el peronismo parecía inamovible, su figura abre una grieta luminosa. No en el sentido de la división, sino en el sentido de la entrada del aire. Pessolani no quiere destruir el Estado, quiere devolverle su dignidad. No quiere terminar con la política, quiere rescatarla del clientelismo que la degradó.
Su aparición, además, tiene un valor simbólico mayor: demuestra que el liberalismo ya no es un fenómeno porteño de redes sociales, sino una corriente viva que empieza a enraizarse en el interior, donde la pobreza y el paternalismo fueron durante décadas las únicas formas de poder. En Yáiza se condensan tres dimensiones que suelen escasear en la dirigencia: juventud, formación y coraje.
Hay quienes la subestiman por tener solo 25 años, sin advertir que su juventud es precisamente lo que la protege del cinismo. En un tiempo donde muchos dirigentes envejecen en la comodidad del discurso, ella prefiere el riesgo de pensar distinto. No se acomoda, incomoda. No repite, pregunta. No obedece, razona. Y eso, en la Argentina actual, ya es una forma de valentía.
Pessolani Bechet no promete el paraíso, promete un esfuerzo. Habla de mérito, de trabajo, de libertad como responsabilidad individual. Y, sobre todo, habla con una claridad que desarma. En una ciudad donde tantos se acostumbraron a callar, ella eligió pensar en voz alta. Quizás por eso su frase inicial, aquella que podría parecer una simple declaración, resuena como una advertencia: si los dirigentes son cada vez más ricos y sus militantes más pobres, el problema no es el pueblo, es el poder.


