En tiempos donde los líderes proclaman valores de libertad, justicia o progreso, la vacilación y el miedo a ofender a cualquier sector revelan la fragilidad moral de quienes gobiernan. La tibieza no es neutral; es un enemigo silencioso que debilita naciones y desarma convicciones.

Desde los albores de la civilización, la historia nos enseña que los gobiernos que buscan agradar a todos terminan traicionando a todos. Las grandes naciones que construyeron imperios o consolidaron repúblicas lo hicieron bajo el signo de la decisión firme, incluso cuando esta resultaba impopular. Aquellos líderes que intentaron complacer a cada facción, por temor al rechazo o a la crítica, se convirtieron en ejemplos de fracaso: políticas diluidas, promesas incumplidas y sociedades desconcertadas.

Un ejemplo claro puede encontrarse en la Francia del siglo XVIII. Los monarcas y la nobleza, temerosos de enfrentarse a las demandas de distintos sectores, adoptaron medidas tibias y vacilantes, esperando mantener la paz social sin alterar privilegios históricos. La indecisión y la falta de firmeza terminaron generando un estallido inevitable: la Revolución Francesa. La tibieza política no solo no evitó el conflicto; lo hizo más profundo y destructivo.

La tibieza política no es un acto de prudencia; es la manifestación de un vacío ético. Un gobernante que duda en defender los principios que declara como propios renuncia a su responsabilidad más elemental: la de orientar y proteger la comunidad bajo su mandato. La vacilación frente a los valores fundamentales no genera consenso; genera desconfianza. Los ciudadanos perciben la incoherencia, la interpretan como debilidad y, tarde o temprano, se vuelven escépticos de todo intento de reforma o liderazgo.

Incluso en nuestros días, cuando algunos gobiernos se declaran liberales, progresistas o reformistas, persiste la tentación de la tibieza: pequeñas concesiones para no ofender, ajustes discursivos para agradar, y en el camino, la pérdida de identidad política. La historia argentina y la historia universal están repletas de ejemplos donde la falta de decisión llevó a crisis, fracturas sociales y retrocesos que pudieron haberse evitado con coraje y convicción.

No se trata de imponer la fuerza por la fuerza, sino de ejercer el poder con claridad moral. Un gobierno firme no necesita aplausos inmediatos; necesita coherencia, consistencia y, sobre todo, la valentía de actuar según lo que prometió a viva voz. La tibieza, por el contrario, es la traición silenciosa que erosiona desde adentro, debilitando estructuras y confundiendo a quienes dependen de la guía de sus líderes.

Quien gobierna sin convicción está condenado a arrastrar una sombra perpetua sobre su pueblo. La historia nos recuerda que la libertad y la justicia no son negociables; requieren decisión, incluso cuando esta incomoda. La tibieza no es prudencia: es olvido del deber y desprecio de los principios que definen la grandeza de una nación. Solo los gobiernos que actúan con firmeza pueden aspirar a trascender, dejando atrás la sombra silenciosa que devora a los tibios.