Por Mäuss

Durante años, el progresismo intentó convencernos de que hablar de “raza” era peligroso, retrógrado o moralmente inaceptable. Que el solo uso de esa palabra debía avergonzarnos. Pero detrás de esa censura semántica no se escondía sensibilidad alguna: se ocultaba un proyecto ideológico, una forma de borrar los fundamentos culturales de nuestra identidad. La decisión del presidente Javier Milei de restablecer por decreto el 12 de octubre como Día de la Raza no es un mero gesto administrativo. Es una respuesta directa al intento sistemático de desarraigar a la Argentina de su propia genealogía civilizatoria.

Porque “raza”, en su sentido histórico y simbólico, no tiene que ver con superioridades biológicas ni con clasificaciones arbitrarias. Tiene que ver con una comunidad espiritual, una herencia compartida, una cultura que nos unió más allá del océano y nos dio lengua, religión, arte, derecho y ciencia. Negar eso es negar el nacimiento mismo de América. El progresismo quiso reemplazar el Día de la Raza por el “Día del Respeto a la Diversidad Cultural” bajo la apariencia de una corrección ética, pero lo que en verdad hizo fue inocular culpa y resentimiento en la memoria colectiva. Nos enseñaron a desconfiar de lo que somos, a ver en nuestros ancestros una historia vergonzosa que debía expiarse.

El 12 de octubre no es una fecha de opresión, sino de encuentro. De dos mundos que se cruzaron, se mezclaron y dieron origen a una nueva civilización. Un hecho de casi 550 años de antigüedad que cambió para siempre el curso de la humanidad. En lugar de agradecer la creación de una identidad mestiza, fértil y compleja, la izquierda decidió reducir todo a un esquema de víctimas y victimarios. Así se instaló un discurso que pretende anular el pasado con una superioridad moral impostada, donde el único relato posible es el del colonizador malvado y el colonizado inocente. Pero la historia no se corrige con consignas, y menos aún con negaciones.

Lo que Milei recupera con este decreto es, en esencia, el derecho a recordar sin culpa. A reconocernos parte de una historia mayor que la mera anécdota local. A entender que el mundo occidental, con todos sus defectos y contradicciones, sigue siendo el marco civilizatorio más libre, creativo y humano que haya existido. Desde el Instituto Juan de Mariana en España hasta pensadores como Roger Scruton o Vargas Llosa, la derecha intelectual viene advirtiendo hace años que la cultura no puede reducirse a un campo de batalla moral entre opresores y oprimidos. La cultura, decía Scruton, “es el alma compartida de un pueblo”. Y un pueblo que no se anima a nombrar su alma está condenado a la disolución.

La izquierda, incapaz de crear un futuro, vive obsesionada con reescribir el pasado. Y en esa obsesión moralista no construye nada: sólo destruye símbolos, cambia nombres y llama “avance” al olvido. Pretende que pidamos perdón por haber nacido dentro de la civilización que nos dio la palabra, la universidad, la música, la filosofía y el derecho. Quieren borrar el concepto de raza porque saben que la identidad, toda identidad, es un obstáculo para el control ideológico. Y un pueblo sin identidad es un pueblo dócil.

El Día de la Raza, por el contrario, afirma un linaje. Nos recuerda que somos el resultado de una epopeya que unió continentes, lenguas y espíritus. Que hubo grandeza en ese encuentro, no sólo conflicto. Que América no fue simplemente descubierta, sino fundada en un acto que cambió para siempre la historia humana. La corrección política podrá seguir intentando imponer eufemismos, pero la realidad no se cambia con decretos simbólicos: se cambia con coraje cultural.

Por eso el decreto de Milei tiene un valor mucho más profundo de lo que aparenta. No es una disputa por una palabra, sino por el sentido mismo de nuestra historia. Es un acto de soberanía espiritual frente a una maquinaria de cancelación que ya no busca justicia, sino dominación moral. La izquierda perdió el poder económico, el político y el intelectual. Le quedaba el poder simbólico. Este gesto lo erosiona.

Reivindicar el Día de la Raza es reivindicar el derecho a tener raíces. Es volver a decir, con orgullo y sin complejos, que pertenecemos a una tradición que no pide perdón por existir. Que hablar de raza no es discriminar, sino recordar quiénes somos. Que la historia no se borra: se asume, se honra y se continúa.

Y en esa continuidad está la verdadera libertad. Porque cuando una sociedad renuncia a sus símbolos fundacionales, pierde el suelo común que la sostiene. Lo advirtió el sociólogo conservador Christopher Lasch: «las civilizaciones mueren no cuando las invaden, sino cuando dejan de creer en su propio valor. Recuperar el Día de la Raza es, en ese sentido, un acto de salud colectiva«. Un recordatorio de que el progreso no consiste en negar el pasado, sino en construir sobre él. Allí donde la izquierda ve culpa, la derecha ve origen. Allí donde los otros se disculpan, nosotros afirmamos: la historia nos pertenece, y no pediremos permiso para celebrarla.