Por Mäuss

La visita de Federico Sturzenegger a Concordia no fue un hecho menor. En la Argentina que comienza a desandar las inercias estatistas que durante décadas asfixiaron la iniciativa privada, su disertación en el Centro de Convenciones se presenta como un faro de coherencia intelectual y política. Fue allí, ante empresarios locales, dirigentes y vecinos, donde el ministro de Desregulación y Transformación del Estado desplegó una síntesis de las prioridades que definen el rumbo liberal que impulsa el gobierno de Javier Milei. Sus palabras sobre infraestructura, seguridad jurídica, inversión privada y la alternativa a la decadencia económica fueron precisas, directas y ancladas en una lógica de resultados.

Hablar de obras viales en Concordia no es una charla técnica desligada de la realidad social. Es, por el contrario, la forma práctica en que una visión de Estado mínimo se traduce en bienes públicos efectivos. Sturzenegger afirmó que el proceso de licitación de la Autovía Artigas registra interés privado y, con siete oferentes presentados, anticipó la adjudicación próxima. Esa mirada, que procura que los corredores viales estén licitados y gestionados por el sector privado antes de fin de año, no es utopía. Es una política pública coherente con la premisa liberal de que la infraestructura se sostiene mejor cuando opera sobre reglas claras, contratos cumplidos y riesgo empresarial racionalizado. Lo anunciado en Concordia es una prueba tangible de que la desregulación se convierte en motor de reactivación regional y nacional.

La propuesta de transferir la gestión de rutas y obras al sector privado, lejos de ser una renuncia a la responsabilidad estatal, es el reconocimiento de una ley elemental de la economía política. Cuando el Estado garantiza previsibilidad y respeto por la ley, el capital se moviliza. Sturzenegger lo dijo con simpleza: el sector privado invierte cuando percibe reglas claras. Esa noción es la base para entender por qué la Argentina puede dejar atrás ciclos de obras inconclusas y reclamos por revisiones arbitrarias de tarifas. La modernización que propone el ministerio no es dogma ideológico vacío. Es una herramienta para remover fricciones regulatorias, restaurar confianza y acelerar proyectos productivos que generan empleo y conectividad.

Desde la tribuna de Concordia también se escuchó un mensaje político-económico de alto voltaje. Sturzenegger no se limitó a detallar planes técnicos. Señaló con rigurosidad que existe una alternativa clara frente a la dinámica inflacionaria que históricamente destruyó el poder adquisitivo y empujó a millones hacia la pobreza. En su diagnóstico, las fuerzas que buscan volver al viejo esquema son fuerzas que reinstalan inflación y miseria. Esa advertencia no es retórica electoral. Es una lectura fundada sobre los costos reales de la ausencia de disciplina fiscal y de políticas públicas que no someten al gasto a criterios de eficiencia. Defender la estabilidad, entonces, es defender la posibilidad de desarrollo sostenido y de vida digna para las generaciones futuras.

En clave territorial, la referencia puntual a la Mesopotamia y a la expectativa que genera el acuerdo con Estados Unidos anticipa que la apertura internacional puede ser un canal potente para la revitalización productiva regional. Sturzenegger prometió que habrá muy buenas noticias para la Mesopotamia, un pronóstico que, si se cumple, funcionará como catalizador para inversiones, exportaciones y encadenamientos productivos locales. Esa diplomacia económica que combina acuerdos comerciales con mejoras regulatorias es coherente con el enfoque liberal clásico: abrir mercados, reducir fricciones y permitir que el talento y el capital encuentren señales confiables para sus decisiones.

Más aún, el ministro planteó una idea normativa que trasciende la mera voluntad de gestión: la política tiene que recuperar la capacidad de ofrecer un proyecto de país en el que nuestros hijos quieran quedarse. Esa frase, simple y potente, encierra la prioridad intergeneracional que debe orientar cualquier transformación. No se trata solo de indicadores macroeconómicos. Se trata de construir una Argentina competitiva, con empleo formal, calidad institucional y un Estado que haga lo imprescindible y lo haga bien. Esa visión humaniza el liberalismo y lo conecta con una ambición colectiva: dejarles a las próximas generaciones una nación mejor ordenada y más próspera.

Para el elector de Concordia y de toda la región, el mensaje de Sturzenegger tuvo una lectura práctica. El acto no fue meramente testimonial. Fue parte de un plan de acción donde las políticas de desregulación se traducen en obras, contratos y empleo. La negociación responsable con empresas para que actualicen tarifas cuando corresponda, la licitación de corredores viales competitivos y la promesa de nuevas oportunidades comerciales internacionales forman un esquema coherente. Ese esquema solo funciona si se respalda por autoridad política y por tecnicismo serio, dos cualidades que, según lo visto en la jornada, el ministro encarna con solvencia.

Desde la óptica ideológica que reivindica la libertad económica, la agenda de Sturzenegger representa una respuesta madura a discursos que confunden intervención con solución. La desregulación que él impulsa no es azarosa. Es una desactivación de barreras inútiles y una restauración de incentivos para la producción y la inversión. Ese enfoque es justo lo que necesita una Argentina que busca salir del estancamiento: menos trampeo burocrático, más inversión real, menos votos por subsidios, más contratos por proyectos. En ese marco, el ministro aparece como una figura clave para consolidar un cambio estructural que será irreversible si se sostiene con coherencia técnica y apoyo político.

Finalmente, es pertinente subrayar el liderazgo comunicativo de Sturzenegger. No todos los funcionarios tienen la capacidad de conectar argumentación técnica con discurso político. Él lo hizo en Concordia con claridad y sin ambigüedades. Planteó prioridades, señaló problemas y ofreció soluciones concretas. Ese tipo de liderazgo, que suma rigor intelectual a decisiones contundentes, es el que legitima un proyecto de gobierno que apuesta por la transformación. Para quienes creemos en la libertad, en la propiedad y en la responsabilidad fiscal, la figura de Sturzenegger debe ocupar un lugar de honor en la narrativa de reconstrucción nacional. Su paso por Concordia lo confirma.

La jornada en Concordia fue una demostración práctica de cómo la doctrina liberal puede traducirse en políticas públicas eficaces. Fue una jornada en la que el discurso se midió con la urgencia de los hechos, en la que la expectativa de inversión encontró respuesta y en la que la apuesta por el sector privado como motor de desarrollo se presentó como el camino para recuperar el tiempo perdido. Sturzenegger no vino a prometer cosmética política. Vino a mostrar que el plan existe y que se aplica. Más allá de las disputas partidarias, ese es un mérito que merece ser reconocido y potenciado.