Por Federico Zorraquín

La agresión sufrida por el concejal Felipe Sastre en Concordia es un hecho grave que no puede pasar desapercibido. Ayer, al ingresar al Centro de Convenciones para asistir a la charla del ministro Sturzenegger, fue atacado por militantes del gremio AGMER y miembros de la lista kirchnerista 503. Insultos, golpes al vehículo, escupitajos y violencia verbal fueron las herramientas elegidas por un grupo que, una vez más, demostró que no respeta la democracia ni las reglas básicas de convivencia.

Lo ocurrido no fue un acto espontáneo de disconformidad. Fue una acción deliberada, premeditada y dirigida a intimidar. Así lo expresó el propio Sastre durante su intervención en el Concejo Deliberante. Contó que ya había ingresado al lugar cuando comenzaron los gritos de “hijo de puta”, los golpes y los escupitajos. Los manifestantes, lejos de reclamar pacíficamente, buscaban impedir que la conferencia se realizara. Llevaban carteles y banderas de AGMER y de la lista 503, un grupo minoritario, violento y residual del kirchnerismo, que intenta mantener vigencia a través del conflicto.

Resulta especialmente preocupante que entre los agresores hubiera docentes afiliados a un gremio que debería ser ejemplo de civismo, respeto y educación. Personas que durante la mañana dicen enseñar valores en las aulas y por la tarde actúan como patotas de barrabravas políticas. Esa doble moral refleja el deterioro ético de ciertos sectores sindicales que, bajo el disfraz del reclamo, esconden una militancia partidaria intolerante y autoritaria.

El kirchnerismo lleva años utilizando estas prácticas como método político. La descalificación, el escrache, la agresión física y verbal, la ocupación de espacios públicos para impedir que otros se expresen. Cada vez que no logran imponer sus ideas por las urnas, recurren a la presión y a la violencia. Lo vimos en Buenos Aires, en Rosario, en Santa Cruz y ahora en Concordia. Es parte de una matriz cultural que desprecia el disenso y pretende volver a imponer el miedo como herramienta de control.

En este caso, los agresores fueron pocos, pero el daño simbólico fue grande. Cuatro o cinco militantes bastaron para empañar un evento público al que asistieron cientos de ciudadanos interesados en escuchar propuestas y debatir sobre el futuro del país. La charla de Sturzenegger finalmente se realizó, pero el mensaje que dejaron esos violentos fue claro: están dispuestos a todo con tal de evitar que se discuta un modelo distinto al que ellos defienden.

No se trata de un hecho aislado. Es un síntoma de una enfermedad política que todavía infecta parte de la sociedad. Esa enfermedad se llama kirchnerismo y se alimenta del resentimiento, del odio y de la manipulación ideológica. Los que ayer atacaron a un concejal electo no lo hicieron por convicción democrática, sino por obediencia partidaria. No fueron ciudadanos defendiendo ideas, sino militantes cumpliendo órdenes.

El mensaje debe ser claro y firme: en una República no hay espacio para la violencia política. Quienes participan en agresiones deben ser identificados y sancionados. AGMER y la lista 503 deben dar explicaciones públicas. No alcanza con el silencio o con justificar lo injustificable. Las instituciones educativas, los gremios y los dirigentes que promuevan o amparen estas conductas tienen que asumir su responsabilidad.

Concordia no puede transformarse en un territorio donde las ideas se discutan a golpes. La sociedad necesita recuperar el respeto, la tolerancia y la cordura. La democracia es debate, no agresión. El kirchnerismo residual intenta seguir sembrando caos porque se alimenta del enfrentamiento. Pero los tiempos cambiaron. La mayoría de los argentinos elige la libertad, el orden y el respeto a las instituciones.

Lo que ocurrió con Felipe Sastre es una advertencia. No se puede naturalizar la violencia ni aceptar que un grupo de fanáticos marque quién puede hablar y quién no. Si dejamos pasar esto, mañana será un concejal, pasado un periodista y después cualquier ciudadano que piense distinto. Por eso, más que nunca, hay que defender la paz, la libertad y el Estado de derecho.

Porque en el fondo, esta no fue una emboscada contra un concejal. Fue un intento de disciplinar a una ciudad entera. Es el mismo mecanismo de siempre: intimidar para callar, agredir para dominar, victimizarse para justificar la barbarie. Pero ya no les funciona. La Argentina que despertó no se arrodilla más ante los violentos ni se deja extorsionar por el relato del pobrismo militante. Cada escupitajo, cada golpe, cada insulto, los aleja un poco más del poder que perdieron y jamás volverán a recuperar. Porque la democracia, por fin, empezó a sacarse de encima a sus parásitos.