Por Mäuss

La noche del 6 de octubre de 2025 quedará grabada como una de esas jornadas que rompen el molde. El presidente presentó su libro La Construcción del Milagro en el Movistar Arena, pero lo que se vivió no fue una simple presentación ni un acto político. Fue un recital. Un espectáculo de energía, de épica, de fuego y de autenticidad. Un show de rock con alma libertaria, donde la política se fundió con el arte y el fervor popular con la estética escénica. Fue la confirmación de que no estamos ante un político tradicional, sino ante un fenómeno cultural sin precedentes en la historia argentina.

La Banda Presidencial y el sonido de una nueva era

Sobre el escenario lo acompañó la llamada Banda Presidencial, con un sonido de muy potente y de nivel NBA, integrada por músicos que también forman parte del movimiento de ideas libertarias: Alberto “Bertie” Benegas Lynch en batería, Joaquín Benegas Lynch en guitarra, Marcelo Duclos en bajo, Fernando Mezzina en teclados y Hernán Scarfó en guitarra. En los coros, Lilia Lemoine y Ana Tamagno aportaron la potencia visual y la energía que coronaron una puesta arrolladora.

El repertorio fue una declaración de principios: clásicos del rock nacional y popular reinterpretados desde una mirada nueva. Panic Show, Demoliendo Hoteles, No me arrepiento de este amor, Dame fuego, El rock del gato y Libre se convirtieron en himnos cargados de sentido político y emocional. En cada canción se desplegó una voz visceral, imperfecta en el sentido técnico, pero tremendamente honesta, como una llamarada que transmite sin filtros. No busca cantar como un tenor: canta como canta el rock. Esa voz rasgada, casi salvaje, recuerda a la de Charly García en su época de Demasiado ego, cuando lo importante no era la afinación sino el desgarro, la entrega, la autenticidad.

En Demoliendo Hoteles se vivió uno de los momentos más intensos de la noche. No era solo una versión de un clásico: era una metáfora viva del espíritu de ruptura con el viejo orden. El público lo entendió así, y el estadio entero coreó cada palabra como si se tratara de un grito generacional. En Dame fuego, la energía fue total; en Libre, el clima se volvió épico, con las luces de los celulares encendidas, como si cada asistente se convirtiera en parte del espectáculo.

La estética de un líder que no se parece a nadie

La puesta en escena tuvo una construcción visual y sonora a la altura de los grandes recitales de rock. Humo, luces, pantallas con visuales generadas por inteligencia artificial, símbolos y efectos diseñados para transmitir poder, intensidad y trascendencia. El mandatario apareció con su clásico camperón negro, rodeado de un clima de expectativa y devoción. No hubo solemnidad acartonada, ni rigidez de acto político. Hubo show, espontaneidad, conexión.

El público no asistió como quien va a escuchar un discurso: fue parte activa de una experiencia colectiva. Cantó, saltó, lloró, grabó videos, se abrazó. La emoción estaba en el aire, y la relación entre el líder y sus seguidores se vivió con la intensidad de un recital de estadio. No había distancia: había comunión.

El rock como vehículo de una nueva mística política

Lo que ocurrió en el Movistar Arena fue fundir política con rock, ideología con emoción, discurso con estética. Esa fusión genera algo inédito: la política como espectáculo espiritual, donde el mensaje no se transmite solo con palabras, sino con energía, ritmo y presencia escénica.

Por primera vez, Argentina tiene un político que es verdaderamente un rockstar. No un político que canta, sino un líder que vive su mensaje como una experiencia artística. Y el único rockstar político de toda América Latina. Su estilo no bebe de los viejos paradigmas, ni del populismo partidario, ni del progresismo panfletario que se esconde tras la corrección política. Su autenticidad es incómoda para los moldes tradicionales, porque no responde a los rituales ni a los privilegios de la vieja política. Es la nueva política, con estética, con actitud, con alma.

No necesita de la pauta, de los medios complacientes, ni de artistas alquilados por ideologías envejecidas. Su arte nace de la autenticidad, del decir lo que siente, del ser como es. En ese sentido, lo suyo es más que un acto: es una declaración de independencia simbólica.

La incomprensión de los viejos códigos

Claro que un fenómeno tan nuevo y disruptivo puede generar desconcierto. Algunos sectores, incluso dentro de su propio electorado, quedaron perplejos ante lo que vieron. No entendieron el código. Esperaban al político de traje, al discurso largo, al aplauso medido. Esperaban la sobriedad impostada de los actos de siempre, con colectivos alquilados, choripanes, bombos o cánticos militantes pautados. O al menos una puesta “ordenada”, en la que cada asistente recibe una remera, un cartel, un guion.

Pero esto fue otra cosa. Fue espontáneo, libre, auténtico. Sin militancia arreada ni actores extras. Sin guion, sin maquillaje político. Y eso, precisamente, es lo que desconcierta a quienes viven de lo prefabricado. Este tipo de energía no se compra, no se organiza: se siente o no se siente. Y muchos, sobre todo los que pertenecen al paradigma de la vieja política, simplemente no están preparados para entenderlo.

La sorpresa, e incluso el desconcierto de algunos, no habla de un error: habla de una revolución cultural. Es demasiado nuevo, demasiado genuino, demasiado libre como para ser procesado por quienes esperan las formas viejas. Algunos podrán horrorizarse, escandalizarse o no comprender, pero la realidad es que se está abriendo un nuevo capítulo donde la emoción reemplaza a la simulación y la autenticidad vence al marketing político.

Una experiencia estética, espiritual y política

Lo que ocurrió tiene valor sociológico y cultural. No fue un simple acto de propaganda. Fue una experiencia estética. Una performance total en la que se expresaron valores, creencias, símbolos y emociones. Fue el nacimiento de un nuevo lenguaje político, donde el poder no se manifiesta en la distancia, sino en la cercanía; no en la solemnidad, sino en la energía; no en la estructura, sino en la vibración.

El público no fue público: fue tribu. No hubo seguidores, hubo partícipes. En ese sentido, lo vivido no se parece a un acto partidario, sino a un ritual contemporáneo, un punto de encuentro entre lo espiritual, lo artístico y lo político. En una época donde la política parece perder alma, esta propuesta devuelve algo esencial: el sentimiento.

Política y espectáculo, sin contradicción

El recital del Movistar Arena marca un antes y un después. Lo que antes se consideraba espectáculo ajeno a la política hoy se vuelve parte del mensaje. No se trata de frivolidad, sino de entender que la política también comunica desde lo simbólico, lo sensorial y lo emocional. El rock, como lenguaje, es una forma de libertad: de decir, de romper, de conectar.

Su forma de expresarse es la del artista que no actúa, sino que vive lo que canta. Su voz, su cuerpo, su puesta en escena, su banda, su actitud: todo habla del mismo mensaje. Y eso lo convierte en algo único, imposible de comparar con cualquier otro líder de América Latina.

El rock siempre fue rebeldía, ruptura, energía creativa. Y ahora esa esencia se trasladó al terreno de la política. Lo que antes era una tarima para discursos, ahora es un escenario de pasión. Lo que antes eran consignas frías, hoy son versos, gritos, canciones.

Su autenticidad genera empatía, magnetismo y devoción. Y su figura se inscribe en una genealogía distinta: no la de los caudillos ni la de los tecnócratas, sino la de los artistas del alma. No actúa para convencer: actúa para expresar. Y en esa diferencia radica su poder.

Cuando la política vibra como el rock

Lo que sucedió en el Movistar Arena no fue un acto más. Fue un hito cultural. Una manifestación de libertad en forma de música, una comunión entre líder y pueblo que excede cualquier definición política. Fue la demostración de que la emoción puede ser más poderosa que el discurso, y que el arte, cuando es auténtico, puede transformar la manera en que una sociedad se relaciona con la política.

En tiempos donde la política suele disfrazarse de corrección y cálculo, este liderazgo eligió cantar, gritar, vibrar y decir su verdad. Y esa verdad resonó en el corazón de miles. El Movistar Arena no fue solo un escenario: fue un templo donde la libertad se volvió canción.

Como escribió Jean Baudrillard: “El poder se vuelve arte cuando deja de simular y se vuelve símbolo”. Esa noche, el símbolo fue real.