Por Mäuss
El pasado sábado la campaña por la libertad recaló en suelo entrerriano con una fuerza pocas veces vista. Javier Milei llegó a Paraná, capital de Entre Ríos, y no lo hizo en silencio ni con protocolo rígido. Lo hizo con intensidad, con multitudes y con símbolos. Lo hizo para mostrar que el rumbo de la Argentina se debatirá con energía y también para marcar diferencias con quienes nos condenaron a la decadencia política, social y económica.
Desde su arribo pasadas las seis y media de la tarde, el Presidente se encontró con un clima que superó las previsiones de los organizadores. Una caravana de vehículos abrió camino entre la multitud y, cuando bajó para recorrer la costanera, fue recibido por familias, jóvenes y adultos mayores con pancartas caseras, banderas provinciales, la insignia libertaria amarilla y rostros esperanzados que veían en Milei una salida del pantano acumulado durante décadas.
No hubo escenario montado ni discursos leídos. El Presidente se apoyó en el lateral de una camioneta, alzó un megáfono y habló directo al pueblo. Más allá del ruido ambiente, algunos pasajes de su mensaje pudieron escucharse claramente y provocaron aplausos y ovaciones.
Allí, entre aplausos, Milei invitó a que Rogelio Frigerio se acercara. Lo acomodó a su lado, mostrando la unidad de un proyecto común, y recordó que la Argentina está en un momento bisagra. “No podemos volver al pasado”, advirtió con firmeza, aludiendo a quienes hoy intentan presentarse como reformistas después de haber gobernado durante años en la inercia y el despilfarro.
El Presidente reivindicó la figura de Justo José de Urquiza, “hijo de Entre Ríos”, e insistió en que esta provincia puede ser símbolo de una nueva organización nacional basada en las ideas de libertad. “No tiremos a la basura este gran esfuerzo”, pidió a los entrerrianos. El contraste con los viejos aparatos políticos fue inevitable. Mientras la ciudad se poblaba de militancia libertaria, el peronismo evitó la confrontación pública, refugiándose en actos cerrados y discursos vacíos.
Antes del acto se dio un encuentro privado entre Milei y Frigerio en un hotel cercano a la costanera. Allí se acordaron estrategias de coordinación entre Nación y Provincia y se discutieron temas claves como el déficit de la Caja de Jubilaciones, la necesidad de avanzar en obras viales, la actualización de la tarifa de Salto Grande y la búsqueda de financiamiento internacional para infraestructura. Coincidieron en que solo un trabajo conjunto puede poner fin a las prácticas de corrupción que fueron norma durante años.
El operativo de seguridad fue impecable. Gendarmería, Policía Federal y fuerzas provinciales trabajaron en conjunto, evitando incidentes y garantizando que todo se desarrollara con respeto y orden, algo que contrasta con los actos partidarios de épocas pasadas donde la violencia era protagonista.
Este acto representó, más que una convocatoria, un cambio de paradigma. No hubo colectivos repletos de militantes pagados, ni punteros movilizando por un choripán y una vino. La multitud que acompañó a Milei en Entre Ríos llegó por convicción, no por interés. Familias enteras, jóvenes trabajadores, emprendedores y ciudadanos comunes fueron protagonistas de una demostración auténtica de apoyo político, algo que en la Argentina parecía perdido. Fue una jornada marcada por el entusiasmo y la esperanza, no por la manipulación ni el clientelismo.
Los que asistieron al acto fueron personas de bien, gente honesta y trabajadora. Desde ciudadanos de a pie hasta empresarios, productores y comerciantes que día a día generan empleo y sostienen con su esfuerzo el país real. No fueron los mismos de siempre, no fueron los que viven del Estado ni los que se benefician de la corrupción. Fueron argentinos que pagan impuestos, que respetan la ley y que quieren ver crecer a la Nación desde el mérito y el trabajo. A diferencia del kirchnerismo, que se apoya en redes de complicidades, subsidios eternos y estructuras ligadas a la delincuencia, esta vez el mensaje fue otro: la Argentina que trabaja se puso de pie y volvió a creer.
Tampoco hubo escenas propias del viejo sistema: no se vieron grupos violentos, patotas de barrabravas disfrazadas de militancia, ni gente drogada o alcoholizada generando disturbios. La diferencia fue clara y contundente. Lo que se vivió fue una manifestación pacífica y ordenada, sin agresiones, sin prepotencia, sin la sombra de los punteros mafiosos ni de los delincuentes habituales que suelen copar las marchas del peronismo. Fue un acto limpio, espontáneo y profundamente democrático, donde la gente se expresó desde la alegría y no desde el resentimiento.
Pero lo más significativo de la jornada no fue solo la convocatoria, que superó todas las expectativas, sino la carga simbólica de romper con el relato dominante. En el corazón del litoral, frente al río Paraná, se instaló un mensaje de renovación política, de coraje frente al estancamiento, de esperanza frente a la resignación.
Milei no necesitó nombrar al kirchnerismo para dejar claro a quién apuntaban sus palabras. Cuestionó con dureza el modelo de privilegios, control y gasto eterno que hundió al país en la pobreza. Rechazó la manipulación emocional con la que durante años se intentó justificar el fracaso y reafirmó que la libertad es el único camino hacia el progreso.
La campaña libertaria pisa Entre Ríos con fuerza. No es un acto más, sino un mensaje nítido para quienes pretenden reinstalar viejas estructuras. El reordenamiento del país comenzó y no se detendrá. Cada provincia tiene ahora la oportunidad de sumarse a una revolución pacífica que no depende del poder, sino del convencimiento profundo de que la Argentina puede volver a ser grande si se libera del peso del pasado.


