Por Mäuss

Otra vez el peronismo desempolva su vieja maquinaria de operaciones mediáticas justo antes de una elección. Cuando la estrategia se repite tantas veces, deja de ser casualidad y se convierte en patrón. Esta vez el blanco fue José Luis Espert, acusado de haber recibido 200 mil dólares desde el Bank of America, supuestamente vinculados a un empresario detenido por narcotráfico. Pero el libreto es demasiado previsible: instalar sospecha, empujar titulares, y convertir al opositor en delincuente para que todos queden igualados en el barro moral que ellos mismos crearon.

Pensemos un segundo: ¿quién en su sano juicio blanquearía dinero sucio a través del sistema financiero más estricto del planeta? En Estados Unidos las normas antilavado son implacables. Las operaciones bancarias son monitoreadas por agencias federales, con trazabilidad absoluta. Si alguien quisiera ocultar fondos ilegales, lo último que haría sería depositarlos en el Bank of America, con nombre y apellido. No hay lógica financiera ni criminal que sostenga esa hipótesis. Solo hay una lógica política: fabricar un escándalo donde no lo hay.

El objetivo es el mismo de siempre: embarrar a quien representa una alternativa real. La operación no busca justicia ni verdad, busca nivelar hacia abajo. Que la gente crea que todos son iguales, que el liberal que propone libertad y transparencia también tiene precio. El peronismo no soporta competir con ideas, porque cuando lo hace pierde. Prefiere la sospecha, el rumor, el carpetazo. Cada vez que se acerca una elección, aparece una denuncia armada contra alguien que cuestiona el sistema de privilegios.

La maniobra tiene el sello clásico de la usina kirchnerista. Se activa desde el poder, con fiscales dóciles, periodistas militantes y portales adictos. Se lanza la bomba informativa, se instala el daño y se deja que el descrédito haga su trabajo. No necesitan probar nada, solo generar el titular. Después, si la causa se cae, nadie se entera. Lo que queda es la sombra de la duda, esa herramienta perfecta que destruye reputaciones sin usar tribunales.

El objetivo de fondo es mucho más profundo que un simple ataque personal. Buscan quebrar la credibilidad del espacio liberal y asociarlo con las mismas prácticas que ellos encarnan: corrupción, clientelismo, abuso del Estado, autoritarismo y doble moral. Es la vieja táctica del espejo: ensuciar al otro para no verse reflejados en su propia miseria. Mientras tanto, la verdadera delincuencia política sigue impune, con su jefa condenada por corrupción y un aparato estatal que la protege.

Lo que el kirchnerismo teme no es a Espert en particular, sino a lo que representa: la idea de un país donde las reglas valen para todos, donde no hay castas protegidas ni privilegios eternos. Por eso buscan destruir esa figura con la herramienta que mejor manejan, la mentira organizada. Pero el relato ya no convence a nadie. La sociedad entiende cada vez más que el problema no está en quienes denuncian la podredumbre, sino en quienes la sostienen desde hace décadas.

No hay operación que tape la decadencia de un modelo agotado. No hay difamación que salve a un sistema que vive de acusar al otro para ocultar su propia corrupción. El peronismo juega su última carta: igualar, ensuciar, destruir. Pero esta vez, la maniobra se ve venir de lejos. Y cuando el truco se repite demasiado, deja de funcionar. La verdad, por más que la tapen con operaciones, siempre termina saliendo a la luz.