Por Erik Lönnrot

Felipe Sastre no habló ayer como un concejal más. Habló como la voz de una ciudad que empieza a sacudirse cuarenta años de saqueo. La quinta reforma de la orgánica municipal fue el disparador, pero lo que quedó en el aire fue mucho más que un expediente. Fue la radiografía de dos modelos. De un lado, la Concordia devastada por el peronismo, convertida en la capital nacional de la pobreza. Del otro, una gestión que con Francisco Azcué en la intendencia, Pablo Ferreyra en Hacienda y Sastre en el recinto, comienza a levantar lo que otros dejaron en ruinas.

La intervención del edil fue quirúrgica. Denunció el vicio eterno del kirchnerismo: subir impuestos cada vez que las cuentas no cierran. Recordó con ironía que mientras el concejal Méndez se hace el ofendido en el recinto, el justicialismo nunca dudó en vaciar los bolsillos de los concordienses para sostener privilegios. Y lo hizo con sarcasmo demoledor: pidió “perdón” por haberlo hecho trabajar en cinco reformas orgánicas, como si levantar la mano un jueves fuera un sacrificio heroico para quienes durante años convalidaron el saqueo.

El contraste quedó brutalmente expuesto. Mientras el actual gobierno reivindica la austeridad, los valores franciscanos y un compromiso real con los que menos tienen, los dirigentes que se dicen populares se pavonean con Rolex, mansiones y autos de lujo. Hablan de pobres pero viven como millonarios. Hablan de justicia social pero dejaron a Concordia en el podio de la miseria. El responsable político y simbólico de esa decadencia tiene nombre claro, aunque sus voceros pretendan esconderlo detrás de chicanas y trolls rentados.

Las pruebas son irrefutables. El acceso sur quedó a medio hacer. La calle Paula Albarracín, destruida durante una década. Obras fantasmas, promesas vacías y cifras maquilladas para sostener una mentira que se desmorona con cada lluvia y cada barrio olvidado. Fue la actual gestión, con el respaldo del gobernador Rogelio Frigerio, la que puso fondos reales y terminó lo que la administración anterior usó como caja política. El dato es concreto: apenas se había avanzado un 37 por ciento en el acceso sur. El 63 restante se ejecutó en tiempo récord y ya fue inaugurado.

Frente a esos hechos, la vieja dirigencia se refugia en lo único que le queda: un ejército de trolls que fabrica memes, chicanas baratas en redes sociales y un coro de voceros reciclados. Ahí aparece Méndez con sus chistes de mal gusto, un parlanchín que actúa como meme humano de Cresto y Kueider, y la concejal Villalba con sus videos de influencer de outlet, incapaz de aportar una idea pero siempre dispuesta a defender lo indefendible. Esa es la herencia política de un modelo agotado: relato, marketing barato y la pobreza como resultado tangible.

Sastre desenmascaró esa farsa en el Concejo y lo hizo con datos, convicción y memoria. Recordó cómo en tiempos de oposición era imposible acceder a decretos completos porque se imprimían encima de otros, ocultando información deliberadamente. Expuso que el personal del digesto es el mismo de antes, lo que desnuda la hipocresía de quienes ahora critican lo que nunca ordenaron. Y remató el mensaje con un llamado a la coherencia: si no hay cargos nuevos ni aumento de gasto, lo que existe es voluntad de ordenar, no de improvisar.

El discurso también fue un respaldo a Azcué y Ferreyra, un reconocimiento a un gobierno que eligió trabajar en serio y no servirse del Estado. Una gestión que baja impuestos en lugar de subirlos, que invierte en obras en vez de campañas personales, que organiza al municipio en lugar de desorganizarlo para saquearlo. La diferencia es visible en cada calle que se arregla, en cada obra que se termina, en cada peso administrado con responsabilidad.

La sesión de ayer dejó claro que la orgánica no es un tecnicismo. Es un símbolo. Marca el paso de una Concordia sometida a la lógica del peronismo hacia una ciudad que empieza a respirar otro aire. Azcué ordena, Ferreyra administra con transparencia, Sastre pone la voz en el recinto. Del otro lado solo queda el ruido ensordecedor de un aparato político que ya no engaña a nadie.

La política se mide en resultados. Y los resultados de la vieja conducción son miseria, abandono y decadencia. Los de la nueva gestión empiezan a ser obras concretas, transparencia y orden. La diferencia es tan clara que ni la maquinaria de trolls puede disimularla. Concordia ya entendió quién la hundió y quién la está rescatando.