Por Federico Zorraquín
Enrique Cresto reapareció en la política entrerriana como esos personajes de películas clase B que salen de la tumba a mitad de la noche, cubiertos de tierra y con la mandíbula torcida. Lo insólito es que no volvió para pedir cerebros frescos, sino para intentar convencer a los concordienses de que el aeropuerto de Concordia es una creación suya. Sí, el mismo aeropuerto que él ni siquiera usó para irse cuando perdió y se esfumó del mapa.
Después de años de silencio, de convertirse en una especie de estampita kirchnerista colgada en la cabecera de una cama de hospital, ahora el ex intendente se cree con derecho a dar cátedra. Aparece en los medios como si el pueblo lo hubiera extrañado, cuando en realidad la única nostalgia que genera es la de cuando Concordia todavía no había probado la malaria de su gestión.
“Escuché a algunos concejales del oficialismo hablar sin saber sobre el proyecto del aeropuerto”, dijo Cresto con la seguridad de un turista brasileño que vuelve de la bailanta de la Costanera. La frase suena a stand-up malo, a sketch de humor involuntario. Porque si hay alguien que no puede hablar de aeropuertos es justamente él: un hombre que, en términos políticos, nunca despegó del piso.
La verdad, como lo explicó Felipe Sastre (concejal con más aire fresco que toda la necrópolis peronista junta), es muy simple: el aeropuerto es fruto de Mauricio Macri, de Rogelio Frigerio y hoy se consolida con la gestión de Francisco Azcué. Punto. Fin de la discusión. El resto es humo, niebla, o en este caso, olor a alcanfor y formol de candidato embalsamado.
Cresto intenta apropiarse del proyecto como si fuera un souvenir barato. Es el tipo de político que ve una obra terminada, se saca una selfie y la sube a Facebook con la frase “siempre junto al pueblo”. Si mañana se inaugura una alcantarilla nueva en Villa Adela, no hay dudas de que va a aparecer diciendo que fue idea suya, probablemente inspirada por un sueño húmedo con Néstor Kirchner.
Lo más irónico es que este regreso se da justo en época de elecciones. ¿Dónde estaba antes? ¿En qué cueva, sótano o spa para cadáveres políticos se escondía? La política peronista tiene ese don casi bíblico: resucitar muertos a la hora de las urnas. Son como Lázaro, pero sin milagro: puro cálculo, cero fe.
Mientras tanto, Concordia avanza con un gobierno municipal que, aunque tenga que pelear contra la herencia devastada del PJ, encara obras y proyectos con gestión real. Azcué no necesita espectros que le soplen al oído ni candidatos en modo Walking Dead para mostrar resultados. Y Sastre, con su claridad habitual, ya lo dijo: los únicos estafados fueron los chicos que se quedaron sin plato de comida gracias a la banda de sinvergüenzas que gobernó antes.
Cresto, en cambio, sigue con su show de prestidigitador torpe: intenta hacer aparecer aeropuertos en su currículum, pero lo único que logra es que la gente recuerde su desaparición cuando perdió. Político Houdini: se va sin avisar y vuelve cuando huele votos.
La conclusión es simple: si uno quiere ver zombis, alcanza con prender la tele y ver a Cresto opinando. Si quiere ver gestión de verdad, tiene que mirar a Azcué y escuchar a Sastre. Uno habla desde la tumba, los otros trabajan para los vivos.


