Por Mäuss

El lunes, en medio de un clima político cargado de rumores sobre internas, tensiones con los gobernadores y una oposición que parece vivir de apostar al fracaso, el presidente Javier Milei presentó el proyecto de ley de presupuesto para el año 2026. Lejos de la gestualidad derrotista y del discurso ambiguo de la vieja política, el mandatario eligió pararse en el centro de la escena para dejar en claro algo fundamental: el rumbo no se negocia. El equilibrio fiscal, la disciplina en las cuentas públicas, el fin de la emisión y la prioridad absoluta en la inversión social son pilares que no se discuten. Milei no solo ratificó el camino, sino que además lo vistió de horizonte: el sacrificio hecho hasta aquí no fue en vano y lo peor, según sus palabras, ya pasó.

La presentación del presupuesto fue también un ejercicio de pedagogía política. Con un tono que mezcló sinceridad y esperanza, el presidente recordó que “Roma no se construyó en un día” y que el descalabro heredado de décadas de populismo no podía corregirse con soluciones mágicas ni atajos irresponsables. Los datos duros respaldan el optimismo: el proyecto estima un crecimiento del PBI del 5% para el próximo año, una inflación del 10,1% que marcaría la más baja en décadas, un dólar promedio en torno a los 1.423 pesos y un superávit primario equivalente al 1,4% del producto. En otras palabras, la Argentina vuelve a presentarse ante el mundo con números que transmiten estabilidad y credibilidad, algo que parecía impensado hace apenas un año.

Pero lo más relevante del presupuesto no son las cifras frías de la macroeconomía, sino la orientación política de las cuentas. El 85% de los recursos se destina a lo que de verdad importa: educación, salud y jubilaciones. En un país acostumbrado a ver cómo los números del presupuesto servían para engordar el gasto político, financiar militancia disfrazada de programas sociales o alimentar la caja negra de gobernadores feudales, el contraste no puede ser más fuerte. Este presupuesto, a diferencia de los de la era kirchnerista, invierte en la gente y no en la casta. El refuerzo del 5% real en jubilaciones, el 17% de aumento en salud, el 8% en educación y el 5% en pensiones por discapacidad lo confirman. Y, como gesto histórico, se destinan 4,8 billones de pesos a las universidades nacionales, consolidando la apuesta por el capital humano como motor de desarrollo.

Es decir, el ajuste no recayó en los más vulnerables, como tanto se quiso instalar desde los micrófonos opositores. El ajuste fue contra los privilegios enquistados en la política, contra la burocracia inútil, contra la corrupción y los gastos superfluos de una dirigencia que durante años vivió a costa del bolsillo de los contribuyentes. No es casualidad que, mientras los sueldos del Poder Ejecutivo siguen congelados desde el primer día de gobierno, los rectores universitarios que se rasgan las vestiduras por el presupuesto se mantienen con salarios millonarios y beneficios corporativos intocables. El mensaje de Milei fue nítido: la fiesta de la política se terminó, y el esfuerzo se orienta al ciudadano común, al que trabaja, produce y sostiene al país con sus impuestos.

El Presidente no se limitó a defender lo logrado hasta ahora, sino que además planteó un horizonte ambicioso. Señaló que si al superávit se le suman las reformas estructurales pendientes, Argentina podría crecer a tasas del 7 u 8% anual de manera sostenida. Ese ritmo de crecimiento implicaría que en apenas una década el país podría alcanzar estándares de ingresos comparables a los de las naciones desarrolladas, en veinte años figurar entre las economías más ricas del planeta y en treinta subirse al podio de las potencias globales. El planteo podrá sonar optimista, incluso arriesgado, pero sirve como brújula: después de tanto tiempo mirando al piso, el país necesita un proyecto que lo haga volver a soñar en grande.

Claro que los desafíos son enormes. El oficialismo enfrenta la necesidad de transformar estas proyecciones en resultados tangibles que mejoren la vida cotidiana de los argentinos antes de las elecciones de octubre. De nada servirá mostrar equilibrio fiscal en los informes de los ministerios si la sociedad no percibe que su esfuerzo empieza a rendir frutos en su mesa, en su salario y en su futuro. El equilibrio fiscal podrá ser celebrado por los mercados y reconocido en las capitales financieras del mundo, pero lo que definirá las urnas será si la gente siente que valió la pena soportar el sacrificio.

Mientras tanto, la oposición hace lo que mejor sabe hacer: fogonear el desánimo, alentar marchas que rozan la desestabilización y operar desde los medios con discursos vacíos de propuestas. Es el mismo libreto de siempre: desgastar al gobierno de turno para volver al poder y reinstalar el viejo modelo del déficit, la emisión y la deuda que solo sirvió para hundirnos en el atraso y el descrédito internacional. Frente a eso, Milei ofrece un camino distinto: austeridad arriba, inversión social real abajo, reformas de fondo y un horizonte de grandeza.

El presupuesto 2026, en definitiva, es mucho más que una ley de gastos. Es la confirmación de que la Argentina, por primera vez en mucho tiempo, encontró un rumbo. Un rumbo que deja atrás el despilfarro, que pone en primer plano al capital humano y que se sostiene en la disciplina y el esfuerzo. No será un camino fácil ni corto, pero sí es el único que puede sacarnos del pantano histórico en el que nos dejó el populismo. Y en esa certeza radica la fuerza de este proyecto: que aun en medio de la turbulencia política y la incertidumbre global, Milei plantea un horizonte claro, con números sólidos y un relato que devuelve confianza.

El desafío será sostenerlo, defenderlo de los embates de la vieja política y lograr que se materialice en la vida cotidiana de los argentinos. Pero lo esencial ya está logrado: el populismo quedó atrás y el futuro vuelve a estar sobre la mesa.