Por Mäuss

En la última Feria Provincial del Libro en Concordia, Entre Ríos, tuve el honor de acompañar a Felipe Sastre en la presentación de su libro Memorias de un Gorila. Además de haber escrito el prólogo de la obra, fui invitado a ofrecer unas palabras durante el acto. Lo que comparto a continuación no es una transcripción literal, sino una adaptación de aquel discurso al lenguaje escrito, pensada para la lectura y para seguir librando la batalla cultural en el terreno de las ideas.

La parresía, concepto nacido en la Grecia clásica y retomado por Foucault, es el arte de hablar con franqueza, de decir la verdad aunque implique un riesgo personal. No es simple sinceridad, sino la unión entre verdad y coraje. Frente a un mundo intoxicado de relativismo, manipulación y corrección política, la parresía se convierte en un deber moral. Es el gesto de quien, pudiendo callar para quedar bien, elige incomodar a los poderosos, sabiendo que el precio puede ser el desprecio, la persecución o el destierro del debate público.

No se trata de un concepto aislado. En la historia de Occidente encontramos nociones hermanas que, de distintas maneras, rozan esta misma necesidad de desnudar lo real y hablar sin doblez. Está la aletheia, entendida por los griegos como desocultamiento, el acto de dejar que la verdad se muestre sin velos; está la isegoría, derecho político que en la Atenas democrática garantizaba igualdad de palabra, aunque de nada sirve ese derecho si no hay quien tenga el coraje de ejercerlo con parresía; está la libertas romana, privilegio del ciudadano libre que podía expresarse en el foro, aunque sabemos que muchas veces la verdadera libertad no depende de un estatus social sino de la valentía interior.

Aparecen también nociones como la sinceritas, valor romano y cristiano, que exige hablar y actuar sin doblez, con transparencia y rectitud de espíritu; o la autenticidad, ya en tiempos modernos, que llama a vivir y expresarse desde lo propio, sin máscaras ni personajes impuestos por la sociedad. Ambas se entrelazan con la parresía, pero no alcanzan: la sinceritas puede quedarse en lo íntimo, la autenticidad en lo existencial, mientras que la parresía exige el acto de palabra pública que enfrenta y desafía. Foucault hablaba incluso de la veridicción, ese acto de producir verdad en un contexto de poder, una forma contemporánea de entender la parresía como testimonio político.

Podríamos agregar la confesión, en la tradición cristiana, donde el individuo dice la verdad de sí mismo ante la autoridad espiritual, aunque allí el gesto es de sumisión y no de desafío. O el testimonio, tanto en el judaísmo como en la tradición cristiana, donde la verdad se defiende incluso a costa del martirio. Incluso en prácticas espirituales orientales o chamánicas aparece esta idea de una palabra directa, iluminadora, sin rodeos, que transforma porque toca el nervio vivo de lo verdadero.

Todas estas nociones confluyen en un mismo núcleo: la necesidad de decir la verdad aunque cueste, aunque incomode, aunque tenga precio. Y es allí donde aparece la dimensión política del asunto, la batalla cultural. Porque lo que enfrenta hoy nuestra sociedad no es un simple debate de opiniones, sino una lucha entre el relato construido por la izquierda, que ha hecho de la mentira un sistema, y la palabra franca que se atreve a exponer lo que todos ven pero pocos se animan a decir. Relato, victimismo, manipulación y censura progresista son sus armas. Nuestra respuesta no puede ser el silencio ni la tibieza: debe ser la parresía, esa valentía intelectual que se niega a rendirse al consenso forzado y al chantaje de lo políticamente correcto.

Memorias de un Gorila es, en ese sentido, más que un libro: es un acto de franqueza. Un testimonio que desarma la impostura del progresismo y reivindica valores que demasiados callan por miedo. La obra de Felipe Sastre se convierte así en una contribución a la batalla cultural, y estas palabras, como parte de su presentación, no son mero ejercicio académico, sino un gesto más de resistencia frente a la hegemonía del relato.

Cada concepto evocado, aletheia, isegoría, libertas, sinceritas, autenticidad, alcanza su plenitud en la parresía: decir la verdad sin miedo, sin cálculo y sin someterse al poder. Esa es la raíz de nuestra tradición occidental y, al mismo tiempo, la condición de cualquier futuro en libertad. Por eso, desde Concordia, desde Entre Ríos, desde la Argentina que se sacude del relato kirchnerista, afirmamos que callar nunca es opción y hablar con valentía siempre será deber.