Por Federico Zorraquín
En la última sesión del Concejo Deliberante volvió a quedar clara la diferencia entre dos mundos: de un lado, Felipe Sastre y el intendente Francisco Azcué, que sostienen la bandera de la transparencia, la modernización y la Ficha Limpia; del otro, Guillermo Satalía Méndez, el kirchnerismo, los Cresto y toda la runfla que convirtió a Concordia en un basural moral y físico.
El debate arrancó con el caso de Alberto Ocampo. Mientras el peronismo festejaba como si hubiese descubierto la pólvora, Sastre les explicó con sencillez lo que ellos jamás entenderán: en nuestro gobierno, el que se equivoca paga. Punto. No hay impunidad, no hay sobres bajo la mesa, no hay laxo “vamos viendo” como en la era K. La diferencia es que acá no hay Urribarri, ni Cristina, ni Bordet escondiendo causas de corrupción detrás de militantes aplaudidores. Acá hay Ficha Limpia y coherencia.
Satalía Méndez, fiel a su papel de payaso meme del bloque kirchnerista, intentó embarrar la cancha hablando de “falta de transparencia” y hasta se animó a cuestionar la participación de Azcué en el Congreso Internacional de Ciudades Inteligentes. El problema es que para ellos “ciudad inteligente” significa seguir inaugurando bicisendas despintadas, quemar basurales a cielo abierto y esconder familiares en la nómina municipal. ¿Se acuerdan del primo de Cresto al que nadie sabía quién lo había nombrado? Bueno, ellos no.
La gestión Azcué no solo corta por lo sano: también innova. Publica decretos al día siguiente, levanta la vara con Gescom y deja en ridículo al relato kirchnerista que vendía transparencia mientras no publicaba ni el Boletín Oficial. Los Cresto dejaron microbasurales, clientelismo y sueldos congelados en la oscuridad. Eso es lo que hoy la oposición defiende con uñas y dientes.
Y mientras tanto, Sastre se permite hasta la ironía: “Sigan viralizando mis fotos comiendo guiso con la militancia”, les dijo. Algo que el peronismo nunca podría mostrar: sus popes jamás se mezclan con la gente. En el PJ, los burócratas comen caviar con Michel y Bahl, mientras el militante se queda afuera, pateando el asfalto. Por eso se fueron desangrando hasta presentarse con tres listas y cero rumbo.
Azcué, en cambio, tomó decisiones rápidas, claras y sin titubeos. Eso se llama gestión. Y eso se llama diferencia cultural. Porque, guste o no, la batalla cultural también se libra en Concordia: de un lado, la decencia, el orden y la modernidad que representan Azcué y Sastre; del otro, la decadencia kirchnerista, Satalía Méndez repitiendo clichés y los Cresto soñando con volver a esconder la mugre bajo la alfombra.
La conclusión es simple: mientras el peronismo se abraza a sus fantasmas, Concordia se encamina con Azcué hacia la modernización, la transparencia y un futuro que ya no depende de caudillos de apellido repetido. Y sí: a Satalía le duele, a los Cresto les quema y al kirchnerismo entero le carcome. Porque se acabó la joda.


