Por Mäuss

La violencia es un fenómeno que atraviesa la política y la sociedad, y sus efectos se sienten tanto en los discursos públicos como en la vida cotidiana. En Argentina, la escalada de agresiones hacia figuras políticas y funcionarios demuestra cómo la confrontación física y simbólica se ha naturalizado como método de acción para algunos sectores.

En las últimas semanas, el presidente Javier Milei y su hermana Karina Milei han sido blanco de incidentes que reflejan esta lógica de hostigamiento. Durante actos públicos, Javier Milei sufrió ataques con piedrazos y objetos arrojados por manifestantes vinculados al peronismo y kirchnerismo, mientras su hermana Karina fue increpada con gritos, empujones y agresiones simbólicas en un acto de campaña en Corrientes, que obligó a cancelar la actividad y derivó en detenciones. Estos hechos muestran que la violencia política no se limita a palabras o denuncias, sino que se traduce en acciones directas que buscan intimidar y generar miedo hacia quienes representan un proyecto distinto.

El contexto histórico refuerza esta percepción. Desde la caída de Fernando de la Rúa hasta los discursos de dirigentes kirchneristas que bajan línea hacia sus militantes, la violencia ha sido usada recurrentemente como herramienta de presión y confrontación. Mientras tanto, sectores como el PRO han enfrentado las diferencias políticas mediante el debate y el respeto institucional, sin recurrir a agresiones físicas ni simbólicas, lo que evidencia un contraste ético y de método.

Pero la violencia no se restringe al plano político. En Concordia, Entre Ríos, el viernes 29 de agosto de 2025, se produjo un hecho que, aunque no tuvo motivación política, ilustra cómo la agresión se filtra en la vida cotidiana. El jefe del Departamento de Veterinaria Municipal, el doctor Julio Gesualdi, fue golpeado en el rostro durante un operativo de retención de caballos sueltos en Boulevard Yuquerí y Avenida Presidente Illia, cuando un grupo de personas, alegando ser dueños de los animales, reaccionó violentamente y le arrebató uno de los equinos. La policía logró detener al agresor, y Gesualdi radicó la denuncia tras la constatación de sus golpes por parte del médico de la fuerza de seguridad. La municipalidad expresó solidaridad con el funcionario y reafirmó el cumplimiento de las ordenanzas, destacando que ninguna situación de violencia impedirá el ejercicio de la autoridad local.

Estos episodios evidencian que la violencia no es un accidente ni un hecho aislado, sino un reflejo de una cultura donde la agresión se normaliza y se acepta como forma de presión, ya sea en la política o en la vida diaria. La violencia simbólica, verbal y física termina impregnando los espacios de convivencia y debilitando las instituciones, creando un clima de miedo y confrontación que afecta a todos los ciudadanos.

Frente a esto, se impone una reflexión: la democracia y la convivencia social solo pueden fortalecerse mediante el respeto, el diálogo y la confrontación de ideas, no con golpes, insultos ni amenazas. Mientras la violencia siga ocupando un lugar central en la estrategia de algunos sectores, la sociedad estará condenada a repetir un ciclo donde la fuerza suplanta a la razón y el miedo reemplaza al debate.