Por Mäuss

En la sección de Arte y Cultura hemos recorrido distintos paisajes de la creación: música, literatura y la voz de diversos creadores. Hoy damos un paso más, pensar el lugar de la palabra misma, no sólo como vehículo artístico, sino también como campo de disputa cultural. La escena contemporánea nos obliga a preguntarnos qué decimos, cómo lo decimos y qué huella deja nuestra palabra en el tiempo.

Jorge Luis Borges solía decir que “la literatura no es otra cosa que un sueño dirigido”. Ese sueño, para ser auténtico, debe ser libre. El escritor desconfiaba de todo intento de instrumentalizar la literatura, porque intuía que allí donde la palabra se convierte en propaganda, el arte se disuelve.

Mario Vargas Llosa, Premio Nobel, insistió en la misma idea: “La cultura es el territorio de la libertad; cuando se somete a ideologías o se convierte en instrumento de adoctrinamiento, deja de ser cultura para convertirse en propaganda.”

Sin embargo, buena parte de la escena actual parece haber olvidado estas advertencias. Festivales y ferias literarias que deberían abrir horizontes universales terminan reduciéndose a escenarios de una voz monocorde. En lugar de diversidad, uniformidad; en lugar de debate, repetición.

Se presenta todo esto como un esfuerzo noble por “democratizar la cultura”. Pero en nombre de la gratuidad, se obliga a la sociedad entera a financiar espacios que no celebran la pluralidad, sino que imponen un sesgo preciso. Como advertía Octavio Paz, “cuando la cultura se convierte en monopolio de una ideología, deja de ser cultura para convertirse en catecismo.”

Lo paradójico es que esa gratuidad se paga con los impuestos de todos, incluso de quienes nunca verán reflejadas sus ideas en tales espacios. En otras palabras, se socializan los costos para privatizar la tribuna.

La pregunta no es si deben existir ferias o congresos de escritores (nadie podría oponerse a esa celebración), sino qué tipo de voces se promueven. Con frecuencia, los programas se llenan de nombres que orbitan alrededor del Estado, de editoriales subsidiadas o de circuitos culturales dependientes de un mismo credo político.

El talento cede ante la obediencia ideológica. El escritor deja de ser explorador de mundos y se convierte en guardián de un dogma. Como ironizaba Borges, se confunde la literatura con “esa fatigosa pedantería que pretende enseñarnos lo que debemos pensar”.

Nuestra tradición cultural señala otro rumbo. Sarmiento, en su célebre disyuntiva de civilización y barbarie, planteaba la necesidad de abrirnos al mundo, de nutrirnos de lo universal para superar el atraso localista. Alberdi, en sus Bases, veía en la cultura un instrumento de progreso, pero nunca de adoctrinamiento.

No es casual que las páginas más luminosas de nuestra literatura, de Borges a Bioy Casares, de Lugones a Cortázar, hayan surgido al margen de comités ideológicos. Ninguno necesitó la legitimación de un festival oficialista para convertirse en lo que fue, genios universales.

El desafío de nuestro tiempo es rescatar la palabra de la servidumbre ideológica. Devolverle a la literatura su condición de espacio libre y abierto. No se trata de suprimir encuentros culturales, sino de liberarlos de la tentación de transformarse en catecismos disfrazados de ferias.

La verdadera batalla cultural se libra en el terreno de las ideas, no en la administración de subsidios. Se gana con creatividad, con debate, con apertura. Como recordó Octavio Paz, “la libertad es la primera condición de la cultura; sin ella, la cultura se marchita y muere.”

Un país que eligió dejar atrás la barbarie para abrazar la civilización no puede permitirse una cultura capturada por trincheras ideológicas. Ferias, congresos y festivales deben ser lo que su nombre indica, encuentros de la palabra y no prolongaciones de un relato político.

La cultura no se defiende con consignas repetidas, sino con ideas libres. Y es en esa libertad, la misma que nutrió a Borges, a Alberdi, a Vargas Llosa y a Paz, donde la palabra recobra su dignidad y la sociedad su verdadera fuerza civilizatoria.

En definitiva, la palabra no es un mero recurso ornamental ni un eco vacío, es la materia viva de la cultura, aquello que puede abrir caminos o clausurarlos. En la escena actual, tan atravesada por tensiones políticas, tecnológicas y sociales, el dilema de la palabra se vuelve urgente. Recuperar su potencia creadora, su dimensión ética y su valor estético es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo, porque al fin y al cabo, lo que decimos y cómo lo decimos es lo que queda de nosotros en la memoria de la historia.