Por Mäuss
Joaquín Benegas Lynch lo dijo sin rodeos y con absoluta coherencia con la batalla cultural que encabeza Javier Milei: cualquier empresa estatal debería privatizarse. Lo intentaron enmarcar en una falsa polémica con Salto Grande, pero su planteo es general y de principios. No se trata de un activo puntual sino de un rumbo: salir del estatismo que empobreció a la Argentina y llevar al sector productivo a ser el protagonista del crecimiento. Benegas Lynch asume la candidatura a senador por Entre Ríos con un mandato claro que también explicitó: hundir al kirchnerismo como proyecto de pobrismo, corrupción y captura del Estado.
No habla desde la comodidad de un despacho. Viene del sector privado, tiene una pyme y conoce en primera persona las garras del Estado, las regulaciones asfixiantes y la expoliación al campo que es el motor de la economía. Su ingreso a la política no es por ambición sino por deber moral, así lo explica, y por la convicción de que estamos ante un quiebre histórico. Retoma un legado liberal que arranca en 1942 con su abuelo, sigue con su padre y hoy se expresa en un gobierno que por fin va a la raíz del problema, que es el estatismo colectivista.
En lo económico, su diagnóstico es sin anestesia. Venimos del infierno y para llegar al paraíso hay que atravesar el purgatorio. Afirma que estamos a mitad de camino y que los datos ya muestran una mejora sustancial respecto del desastre heredado. Señala la caída de la inflación proyectada respecto de los picos del año pasado, la baja de la pobreza que atribuye a la normalización macro y la recuperación del salario real contra la suba de precios. ¿Estamos bien? No. ¿Estamos mejor que antes y con un rumbo correcto? Sí. Ese es el mensaje. Y agrega un punto político clave: el cambio necesita mayoría legislativa en octubre para blindar la transformación.
Su enfoque institucional también es nítido. El Congreso es el campo de batalla donde se define si se consolida el rumbo liberal o si volvemos a la vieja máquina de impedir. Por eso subraya la importancia de las elecciones legislativas del 26 de octubre. Argentina es una república y el cambio de régimen económico se convierte en ley con diputados y senadores comprometidos con la libertad. Su compromiso, dice, es tender puentes con todos los que comulguen con las ideas de la libertad, aprender de quienes hayan hecho las cosas bien y cerrar filas para impedir que el pasado nos arrastre de nuevo.
Cuando le preguntan por el rol del Estado, no titubea. Justicia y seguridad. En educación y salud, modernizar con esquemas que hagan eficiente el uso de recursos, que saquen a la burocracia del medio y que garanticen que la plata llegue a docentes, médicos, insumos y alumnos. El estatismo en estos sectores produjo salarios paupérrimos, infraestructura que se cae a pedazos y resultados académicos que avergüenzan. Hay que abrir el juego, introducir competencia, transparencia y libertad de elección.
Sobre infraestructura y obra pública, marca otro quiebre. Se acabó la caja de la corrupción. La lógica es asociación público privada, concesiones y reglas claras. Cita el dato estructural: 840 mil kilómetros de caminos en Argentina, con responsabilidades divididas entre Nación, provincias y municipios. El foco debe estar donde corresponde y sin confundir responsabilidades. A nivel nacional ya se avanza con concesiones de troncales. La política es orden, no reparto de fondos discrecionales para hacer clientelismo.
Llegado el punto de las empresas estatales, levanta la vara. Independientemente de las restricciones particulares, cualquier empresa estatal debería privatizarse. Ese es el criterio general. Casos como Enersa entran en esa lógica. Donde no funcione por decisión del mercado, que quiebre como quiebra cualquier comerciante cuando no da buen producto ni buen precio. No hay excepciones para el Estado empresario. La propiedad privada, el mérito y la competencia son el único camino para elevar salarios y productividad. Benegas Lynch lo baja a tierra con un ejemplo crudo: un albañil con el mismo oficio gana muchas veces más en un país con baja intromisión estatal y alta capitalización, porque la inversión dispara la demanda de trabajo y obliga a pagar mejor. No es magia, es mercado.
Sobre Salto Grande, la operación es obvia. Lo acusan de pretender vender un activo binacional cuando lo que plantea es un principio general pro inversión y eficiencia, reglas pro mercado y fin del privilegio estatal. Nadie propone vulnerar marcos institucionales. Lo que se propone es desterrar para siempre la lógica de la caja, la captura política de empresas, los directorios militantes y el uso partidario de tarifas y contratos. La energía debe ser abundante, barata y previsible, no el botín de una casta que durante décadas usó al Estado para enriquecerse.
La brújula ética de su discurso se sostiene en tres derechos esenciales: vida, libertad y propiedad. Desde ahí, desarma la mentira del llamado “derecho” a que el político te regale lo que primero te sacó vía impuestos e inflación. No existen los derechos sociales si no hay antes producción, inversión y trabajo genuino. La demagogia destruyó el salario real y multiplicó la pobreza. La libertad, en cambio, ordena precios, premia el esfuerzo, castiga la ineficiencia y saca a la gente de la pobreza de manera sostenible.
También hay un mensaje para la dirigencia provincial. La alianza con Juntos por Entre Ríos se ordena si hay alineamiento con la política nacional de reducción del gasto, baja de impuestos y foco en funciones esenciales. El resto es lírica. El gobernador que entienda la hora histórica tendrá un socio en el sector privado y en la Nación para avanzar. El que se aferre a la vieja Argentina del gasto improductivo quedará pegado al fracaso.
Benegas Lynch reivindica a los jóvenes y a la clase media laburante que abrazaron la batalla cultural. Volver al mérito, al trabajo y al esfuerzo. Recuperar la seguridad jurídica. Abrir la puerta a la inversión. Aumentar la producción y la competitividad. Subir salarios por productividad y no por decreto. Desarmar la casta política, sindical y empresarial que “caza en el zoológico” con regulaciones a medida para capturar rentas. En nombre de los que menos tienen, esa casta fabricó pobres. En nombre de los que menos tienen, el liberalismo propone devolver la libertad.
No hay medias tintas. El 26 de octubre se elige si seguimos a mitad del río para cruzarlo o si volvemos a la orilla del fracaso. Privatizar lo estatal no es un dogma vacío, es una herramienta para devolverle a la gente servicios mejores y más baratos, sacar a la política de donde no debe estar y liberar capital para invertir y crecer. Hundir al kirchnerismo no es un eslogan, es la condición necesaria para que la Argentina vuelva a ser un país normal. Con Milei marcando el rumbo y con voces como la de Benegas Lynch en el Congreso, ese país posible está a la vuelta de la esquina. La libertad no se negocia. Y cuando la libertad avanza, la casta retrocede.


