Por Mäuss

Premio Nobel de Literatura, novelista universal y ensayista incansable, es uno de los pocos intelectuales latinoamericanos que ha sabido tender un puente sólido entre arte y política. Su obra narrativa no se limita a contar historias: también interpela a la sociedad y pone en primer plano la tensión entre libertad y poder.

Desde La ciudad y los perros hasta Conversación en La Catedral, pasando por La guerra del fin del mundo, retrató con crudeza las fracturas de América Latina. Las dictaduras militares, el populismo, la corrupción y el fanatismo ideológico fueron siempre materia de su literatura. Cada novela, más allá de su trama, es también una reflexión sobre cómo la opresión se infiltra en la vida cotidiana y en la intimidad de los individuos.

Ese mismo impulso lo llevó a la arena política en los noventa, cuando compitió por la presidencia del Perú. La derrota ante Alberto Fujimori marcó un punto de quiebre: de ahí en adelante, su voz se consolidó como referente del liberalismo democrático en español. Nunca buscó refugio en la neutralidad cultural ni en la comodidad académica. Eligió confrontar, tanto en sus novelas como en sus ensayos, con las ideas que consideraba nocivas para la libertad.

En el plano intelectual, ha sido uno de los críticos más consistentes del socialismo del siglo XXI y de la fascinación de muchos escritores e intelectuales por proyectos autoritarios disfrazados de utopías. A contramano de la mayoría del establishment cultural, defendió que la literatura solo florece en sociedades abiertas, y que cualquier forma de tutela estatal degenera en propaganda. Esta visión lo colocó en un lugar incómodo para la izquierda académica, pero también lo transformó en un referente ineludible para quienes entienden la cultura como un acto de independencia.

Su trayectoria no se reduce a la política o la literatura: también a la reflexión ensayística. En obras como La llamada de la tribu recuperó el legado de pensadores liberales (de Adam Smith a Isaiah Berlin) y lo aplicó al debate latinoamericano. Allí insiste en que el mayor enemigo de la libertad es la mentalidad colectivista, que sacrifica la responsabilidad individual en nombre de supuestas causas superiores.

El vínculo entre arte y libertad ha sido una constante en sus intervenciones públicas. Para él, no existe gran literatura sin riesgo, ni pensamiento vivo bajo censura. Esa convicción lo llevó a defender con la misma pasión la novela como género artístico y la democracia liberal como sistema político. Ambas, en su visión, están unidas por un hilo común: el respeto por la diversidad de voces y la autonomía del individuo frente al poder.

A sus más de ochenta años continúa escribiendo y opinando en foros internacionales y medios de referencia. Sus memorias, artículos y discursos mantienen un mismo espíritu: la cultura es incompatible con el servilismo. Puede convivir con la escasez, con la adversidad e incluso con el exilio, pero nunca con la obediencia ciega al poder político.

En un continente donde buena parte de la cultura se ha alineado con la retórica progresista, su legado resulta un recordatorio incómodo. La verdadera creación surge de la libertad y no del subsidio. El arte que depende del Estado termina convirtiéndose en decorado de la ideología dominante. Frente a esa trampa, su vida y su obra sostienen una verdad simple y feroz: la literatura es, ante todo, un acto de rebelión contra toda forma de servidumbre.