Por Araceli Durantini
El Día del Niño no puede reducirse a un calendario de ofertas comerciales ni a un saludo vacío en redes sociales. Hoy, la Casa Rosada recordó algo que debería interpelarnos a todos: los niños fueron quienes más sufrieron los encierros de la pandemia, privados de su libertad y de su derecho natural a crecer jugando, aprendiendo y compartiendo. También fueron los más golpeados por la inflación, que castigó a sus familias y les arrebató lo esencial.
Sin embargo, cuidar a los niños no significa romantizar la palabra “infancias”, como repite el progresismo, ni acotar la discusión a un mes de festejos. Significa devolverles lo que realmente necesitan; educación de calidad, entornos libres y sanos, y la certeza de que su futuro no está hipotecado por la irresponsabilidad política.
El gobierno de Javier Milei plantea un cambio de rumbo, entender que los niños no son propiedad del Estado ni instrumentos de adoctrinamiento. Son individuos con derechos inalienables, y el mayor de todos ellos es la libertad. Ese es el verdadero regalo que una sociedad debe garantizarles, por encima de cualquier juguete o campaña publicitaria.
Celebrar el Día del Niño es un compromiso ético de construir un país que deje de condenarlos a la decadencia y les devuelva la esperanza. Porque no hay futuro posible si seguimos criando generaciones atrapadas entre la falta de libertad y la escasez. El único homenaje sincero es liberarles el camino.


