Por Marcelo Velazque Pens*
En tiempos de crisis económica y desconfianza generalizada, la claridad y la honestidad en el discurso político se convierten en bienes tan escasos como valiosos. El reciente mensaje del presidente Javier Milei, pronunciado el 9 de agosto de 2025, ofrece una exposición directa y sin eufemismos sobre las causas de la inflación y el papel del Estado en la política monetaria. Más allá de las afinidades ideológicas, hay un elemento que merece destacarse: la importancia de decirle la verdad al pueblo argentino, incluso cuando esta resulta incómoda.
Milei afirmó que la inflación en Argentina no es producto de la suba del dólar, como popularmente se cree, sino de un fenómeno estrictamente monetario: la emisión excesiva de dinero por parte del Banco Central para financiar el déficit fiscal. Esta visión, respaldada por la tradición de economistas como Milton Friedman y Carl Menger, coloca el foco en la raíz estructural del problema, y no en sus síntomas más visibles.
Uno de los puntos más ilustrativos de su exposición es el llamado ‘efecto Hume-Cantillon’, que explica cómo el dinero nuevo beneficia primero a quienes lo reciben antes de que los precios se ajusten, generando desigualdades y distorsiones en la economía. En la vida cotidiana, esto se traduce en que ciertos sectores —por ejemplo, las grandes empresas contratistas del Estado— acceden a precios bajos mientras que el resto de la población enfrenta aumentos más adelante.
El presidente también cuestionó la noción de ‘traslado automático’ (passthrough) entre el dólar y los precios. Según su análisis, lo que parece una relación directa es en realidad un reflejo de un exceso previo de dinero circulante. Este enfoque invita a repensar diagnósticos apresurados y medidas cortoplacistas que no atacan la causa de fondo.
Quizás la parte más desafiante de su mensaje fue la advertencia sobre los tiempos: aun con una política monetaria seria y restrictiva, la baja de la inflación puede tardar entre 18 y 24 meses. Este llamado a la paciencia contrasta con la ansiedad social por resultados inmediatos, pero refleja una verdad que la historia económica argentina ha confirmado una y otra vez.
Decirle al pueblo la verdad implica reconocer que las soluciones duraderas no son instantáneas y que evitar la emisión para cubrir déficits requiere disciplina fiscal y política. Implica también explicar que ciertas subas de precios responden a cambios en precios relativos —como la carne o el combustible— y no necesariamente a un fenómeno inflacionario generalizado.
En una sociedad golpeada por décadas de defaults, devaluaciones y pérdida de confianza en su moneda, la transparencia y la coherencia en el mensaje oficial son tan necesarias como las políticas económicas en sí mismas. Si el compromiso con la verdad se mantiene, y es acompañado por acciones consistentes, tal vez la Argentina pueda dejar atrás el ciclo de frustraciones y recuperar no solo la estabilidad monetaria, sino también la confianza en sus instituciones.
Para que cualquiera entienda piense por ejemplo, que un supermercado tiene 100 botellas de aceite y que los clientes tienen cierta cantidad de dinero para comprarlas. Si de repente el gobierno imprime más billetes y todos tienen más plata en el bolsillo, la cantidad de botellas sigue siendo la misma, pero hay más gente dispuesta a pagar por ellas. Al principio, algunos compran al precio habitual, pero pronto el resto se da cuenta de que el stock se está acabando y está dispuesto a pagar más. El supermercado sube el precio para equilibrar la demanda. No fue el aceite el que “mágicamente” se volvió más caro por sí mismo: fue que hubo más dinero persiguiendo la misma cantidad de productos.
*El autor es Profesor Superior de Ciencias Sociales y Profesor Universitario en Ciencias Jurídicas.


