Por Mäuss
En el panorama económico argentino, históricamente dominado por el péndulo entre expansiones populistas y ajustes de emergencia, el proyecto que encabeza Javier Milei constituye un quiebre conceptual. Por primera vez, un presidente asume explícitamente como marco doctrinal los postulados de la Escuela Austríaca de Economía, un cuerpo teórico que, desde finales del siglo XIX, ha cuestionado el intervencionismo estatal y defendido el orden espontáneo del mercado.
Friedrich A. Hayek advertía en Camino de Servidumbre (1944):
“Nada ha contribuido tanto al auge del totalitarismo como la creencia de que podemos deliberadamente moldear el futuro de la humanidad a nuestra voluntad.”
Milei adopta esta visión para argumentar que la economía argentina ha sido rehén de ingenierías políticas que, en lugar de fomentar la prosperidad, han incubado inflación crónica, déficit fiscal y corrupción estructural. La premisa es clara: sin un cambio de paradigma, cualquier intento de estabilización será efímero.
En este esquema, el nombramiento de Luis Caputo como ministro de Economía puede interpretarse como un ejercicio de realismo táctico. Caputo, con formación técnica y experiencia en operaciones financieras internacionales, aporta la capacidad de traducir el ideario austríaco a un plan secuencialmente viable. Ludwig von Mises, en La Acción Humana (1949), sentenciaba:
“No hay medio para evitar el colapso final de un auge provocado por la expansión del crédito. La alternativa es solamente si la crisis ha de llegar antes como resultado del abandono voluntario de la expansión crediticia, o más tarde como catástrofe final del sistema monetario involucrado.”
Caputo parece consciente de este dilema. El control del déficit, la reestructuración de pasivos y la estabilización de la moneda no son solo objetivos técnicos: constituyen la condición sine qua non para liberar la economía sin provocar un colapso social.
Murray Rothbard, en Qué ha hecho el gobierno con nuestro dinero (1963), fue más allá:
“Privar a los individuos de la capacidad de elegir su medio de intercambio es la manera más eficaz de someterlos.”
Milei traduce esto en su propuesta de competencia de monedas, que, en su versión más radical, podría derivar en la dolarización. Caputo, en cambio, parece inclinarse hacia un enfoque de competencia gradual, combinando apertura y control para amortiguar los shocks.
Este binomio entre la ortodoxia austríaca y el pragmatismo financiero no es un fenómeno aislado en la historia. Ludwig Erhard, arquitecto del “milagro económico” alemán, combinó la liberalización abrupta de precios con un programa fiscal sólido para evitar la hiperinflación. En Chile, los “Chicago Boys” aplicaron un shock inicial, pero supieron modular la intensidad de las reformas frente a las tensiones sociales.
La Escuela Austríaca, sin embargo, advierte contra el peligro de compromisos excesivos. Hayek, en su discurso al recibir el Premio Nobel en 1974 (La pretensión del conocimiento), alertó:
“El mayor peligro reside en que los planificadores crean que poseen la información necesaria para diseñar un orden que solo puede surgir de la interacción libre de individuos.”
La pregunta que se impone es si el actual gobierno podrá resistir la presión de actores políticos y corporativos que buscarán preservar privilegios. Rothbard resumía la naturaleza de esta resistencia en una frase lapidaria:
“El Estado es la organización de la coacción sistemática; no se reforma, se limita o se disuelve.”
La Argentina de Milei y Caputo encara, por tanto, una encrucijada: o consolida una transición hacia la libertad económica con disciplina fiscal, o repite el ciclo histórico de retrocesos. El desafío no reside solo en la técnica, sino en la convicción política de sostener el rumbo ante la tormenta. Como escribió Mises:
“La historia del intervencionismo es una historia de fracasos.”
Si este giro austríaco prospera, no será por decreto, sino por la aceptación social de que el orden económico no es producto del diseño central, sino del libre juego de millones de decisiones individuales. El éxito o fracaso de este experimento no se medirá únicamente en reservas internacionales o en la tasa de inflación, sino en la capacidad de la sociedad argentina de aceptar, por primera vez en mucho tiempo, la responsabilidad plena de su libertad.


